jueves, 13 de diciembre de 2012

La paja en el ojo ajeno

Era una tarde de niebla espesa repartida de forma desigual por la ciudad y empezaba a caer esa lluvia que cala pero no moja. Entré en una taberna y pedí un vaso de cerveza. Paseé la mirada y escogí un sitio que estaba muy cerca de un radiador. El ambiente era agradable y la temperatura se agradecía, pues fuera empezaba a helar.
Había quedado con un amigo entre cuyas virtudes no figura la puntualidad. La espera y el aburrimiento me obligó a buscar algún divertimento alternativo mientras me bebía esa cerveza sin presión.
Divisé a un grupo de colegas de edades distintas, pero adultos todos ellos. Por el contexto de la conversación deduje que podrían ser compañeros de trabajo. Estaban enfrascados en una acalorada conversación, y por la intensidad y por la pasión con la que discutían, decidí que ellos fuesen mi entretenimiento.
El más joven de ellos había iniciado este debate contando que él y su novia habían discutido por no sé qué cosa, supongo que por esas cosas insignificantes por las que se pelea con alguien querido.
Se le veía algo molesto, pero la actitud de sus camaradas no fue la de ofrecer consuelo, sino que le hacían ver que no estaba actuando de la forma que se debe. El más mayor, seguramente ya ebrio, se levantó copa en mano y con estas palabras inició un discurso que por su altivez bien podría tratarse de alguna doctrina o un tratado que cambiase el mundo:
- Mateo, por tu juventud y tu inexperiencia cometes grandes fallos. A las mujeres no hay que darles la oportunidad de enfadarse, ni adoptar una actitud dubitativa ante ellas, ni hacerles entrever que tienen la razón, pues en su naturaleza está ser tercas y testarudas. Si eres espabilado, no le darás nunca la razón, y antepondrás tu dignidad varonil a reconocer que sus argumentos son ciertos, o te castrará, metafóricamente hablando, claro.

Todos rieron e hicieron alguna que otra broma esporádica e irrelevante, excepto Mateo, que mientras hacía un gesto al camarero para que le sirviese otra copa de vino, replicó:
- No sé, Carmelo, si estás en lo cierto. Sea mujer u hombre el adversario en una discusión, si tiene la razón, habrá que dársela. Ha sido mi terquedad la que me ha hecho encabronarme y salir de la casa dando un portazo, y no la suya.

Otro compañero que les escuchaba, después de haberse estado mordiendo la lengua, interrumpió al joven
- Desde luego, de mujeres sabes poco. No les des motivos para creerse superiores, porque no sé si es una cosa adquirida o algo innato en ellas, o una glándula que les hace segregar algún tipo de sustancia, pero son altamente propensas a enaltecerse, y ante una situación ventajosa para ellas, gustan lucir la tenia de los vencedores y erigirse como las mandamases en la relación. Si eres listo, Mateo, no lo permitirás.

Los compañeros, y hasta el tabernero, asintieron, se levantaron e incluso aplaudieron, en lo que parecía un ritual primitivo de cromañones o en una adaptación contemporánea del Banquete de Platón, todo es cuestión de percepciones. Mateo respondió no obstante:

- Bien sabéis que os respeto... pero Ramiro, no sé si estáis en lo cierto.
- Perdón por la tardanza.
Mi tardón amigo había llegado interrumpiendo mi observación, y habiendo detestado su tardanza, en este momento deseé que se hubiera retrasado un poco más. Seguí atendiendo a la conversación de la mesa de al lado, con disimulo y de reojo para no ser insolente, y por lo que atisbé, el debate dio para poco más. Vi que Mateo se marchó y que alguno de los compañeros hacía algún comentario del tipo "es buen chaval, pero sabe poco".
Empecé a conversar con mi amigo y acabamos la noche no muy tarde, cuando el tiempo dio una tregua.

Ayer, otra vez esperando, me pareció ver a dos figuras difusamente conocidas. Sabía perfectamente que les había visto en algún sitio, pero no sabía dónde. Discurrí algo más y caí en la cuenta. Eran Carmelo y Ramiro, e iban acompañados de sus mujeres, las cuales, entre risas, ante la pasiva mirada de resignación de sus maridos, se contaban:
- Mi Carmelo es que siempre ha sido muy calzonazos, desde joven hizo lo que yo quise.
- Tres cuartos de lo mismo que mi Ramiro, Herminia. Pero son dos buenos hombres.

No pude evitar reírme y proseguí mi camino pensando que quiénes somos para juzgar sobre las circunstancias de otro, y más cuando nunca lo hacemos desde una perspectiva real. Lo ridículo del asunto me hizo reflexionar, y, hoy en día, cuando me piden consejo, sintiéndolo mucho, nunca respondo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Carta a los que mandan

Este escrito tiene la intención de pedir perdón de una vez por todas, de desprenderse al fin de la crítica afilada y la queja, de deshacerse de malas palabras y de cuestionar a quien lleva las riendas, tragar orgullo, arrimar el hombro y disculparse.
Esta carta es de perdón, y el destinatario son los que mandan.
Sin, por favor, caer en la trampa de que los que mandan son solo los gobernantes. No queremos quedarnos ahí. También hacer las paces con los grandes empresarios, las multinacionales, los "mandamases" de los medios de comunicación con más llegada y los máximos representantes del sector liberal.
El remite no es ni más ni menos que quien escribe, pues no quisiera poner en boca de otros lo que sale de mi puño y letra. Si algún individuo o colectivo se sintiese identificado, sería de agradecer no obstante.
Sin más dilación, rodeos ni preámbulos, llega el momento más duro, el de pedir perdón, algo que no es fácil de hacer y que cuesta trabajo. Desprenderse de esa cabezonería y terquedad que nos hace anclarnos en una idea y agarrarnos a ella como un clavo ardiendo sin detenernos a reconocer nuestros más penosos errores.

Perdón por creer que contamos con unos derechos que no han de ser violados, perdón por luchar por ellos, por defendernos, por convocar estúpidas protestas en un ridículo intento de preservar nuestras libertades, disculpas por no defender y acatar las decisiones del estado que nos machaca, siento haber puesto en tela de juicio medidas justas como los desahucios, los recortes en sanidad y educación, la reforma de empleo, y un largo etcétera de soluciones justicieras, que además eran las únicas que podían tomarse.
Estoy arrepentido de no haberme creído vuestras palabras en mítines, siento no haberme sometido a ese sentimiento de unión patriota en todos vuestros actos, y haber dudado de vuestra identificación con el bien común. Me duele mucho haber llegado a pensar que en algún momento no hayáis hecho lo mejor para el pueblo, en una absurda opinión de que solo favorecéis a quien os interesa, para fomentar la privatización y la extrema liberalización, aliándoos con bancos y grandes empresas.
Me siento muy dolido por no haberme creído ese estereotipo de mujer y de hombre que los medios intentan vendernos, y haber dudado de su existencia. Lamento haber opinado que esas parias como pobres, obreros, parados, minusválidos o inmigrantes merecían una oportunidad, me siento un tonto al haber tenido el pensamiento estalinista de que la justicia era para todos, sin distinciones.

Por todo esto, y por muchas más atrocidades, quiero, pese a llegar a ser redundante, pedir perdón.


martes, 9 de octubre de 2012

Yokos y Johnes

Todos sabemos que un grupo o conjunto que se precie, sea de lo que sea, cuenta con constantes modificaciones en el número de individuos.
Estas modificaciones pueden producirse de dos formas: por deserción o por destierro. 
La deserción está duramente castigada con el más insultante de los desprecios, y ni siquiera la historia puede absolver a quien deja su grupo por decisión propia. Bien lo saben, por ejemplo, Rosa Aguilar o Luis Figo. Pero estas personas son recordadas siempre, pues el odio y el rencor es algo que siempre perdura.
Los desterrados en cambio marchan por decisión ajena, y despiertan sentimientos piadosos y compasivos, como Trotski o Vicente Del Bosque. En cambio, como las condiciones de piedad y compasión son sentimientos efímeros que se evaporan, los desterrados son personajes generalmente vencidos por el olvido.

Pues bien, el arte, como fenómeno que engloba diferentes disciplinas, debe ser indudablemente considerado grupo. 
Y dentro de las subdivisiones artísticas hay una de ellas cuyo destierro es inminente. La música. Culpa suya, pues se ha corrompido, las juergas y las malas compañías le han pasado factura, y cuando es lunes en el mundo del arte y la música tiene que madrugar y volver al tajo es difícil mirar a los ojos. La arquitectura le observa con aires de superioridad y el cine ya no quiere salir con ella los viernes. Y pide perdón igual que lo pide el maltratador, sabiendo que lo volverá a hacer.

Esta fractura de las relaciones con las demás compañeras y este no ser el de antes no ha venido por casualidad ni de repente, y es que al igual que John Lennon degeneró por culpa de un segundo, si la música descuidó a sus Beatles es porque también tiene una Yoko. 
Esta Yoko son los electrolatinos. 
¿Los qué? Se preguntarán los (afortunadamente) más desconectados de la televisión radio e internet en los últimos años. Pues bien, mi definición tratará de ser lo más descriptiva posible:

Electrolatino: dícese del género musical que combina el reggaeton (o algún tipo de subgénero, perdonen mi ignorancia en el argot "wisinyandeliano") con la música dance. Habitualmente interpretada por vocalistas que suelen ser de Vallecas, Torrelodones, Roquetas o Guarromán, con un acento incomprensiblemente latino.
Incomprensible porque dudo alguno de ellos sepa situar Puerto Rico en el mapa.
Sus videoclips nos muestran a una horda de chicas despampanantes que acuden en bandada embriagadas por el magnetismo y el indudable atractivo que rezuman estos electrolatinos, generalmente calvetes y gordinflones. 
Es curioso ver como el público femenino tiende a ser aficionado a esta música, cuyas letras y vídeos degradan a la mujer.

Y es que amigos, a cada uno le puede gustar lo que quiera, pero independientemente de esto, en el arte hay unos cánones, y considerar que lo bueno o lo malo en arte es algo subjetivo es un error. 
Os dejo esta crítica corrosiva mientras Freddy Mercury, Kurt Cobain y Enrique Urquijo siguen revolviéndose en sus respectivas tumbas.

domingo, 12 de agosto de 2012

Patriotismo e hipocresía

Tiempos difíciles son los que atraviesa este nuestro país.
Crisis económica y descontento social están en la boca de todos. Las quejas de los dos bandos que monopolizan España retumban en todos los medios, mientras con igual fuerza, pero con menos resonancia lo hacen también lo que algunos quieren llamar minorías.
La clase dirigente sigue en su línea, y echar balones fuera es el recurso más utilizado. El gobierno actual usa la falacia de la situación heredada del anterior gobierno, la cual no puede ser resuelta de otra forma. Son unas víctimas, no pueden hacer otra cosa, somos injustos si protestamos.
Mientras, desde el otro bando, no nos decepcionan, y demuestran que pueden ser igual o más sinvergüenzas que ellos. Negar todo es su estrategia.
Dicen que si repites una mentira mucho tiempo puedes llegar a creértela, pero la verdad es algo tangible.

A propósito del símil de despejar balones, también una avalancha de éxitos deportivos llegan a nuestras tierras, y ahí es cuando olvidamos todo lo demás y lucimos con ferviente orgullo nuestras banderas. Quizá estos sean los únicos éxitos que tenemos en el momento.

Y es eso, la mezcla de lo bueno con lo malo, lo que hace aflorar sentimientos de diversa índole, pero todos relacionados con España. Se puede pensar que todos estos sentimientos, sean cuales sean, indudablemente son patriotas.

Pero hay una corriente de librepensadores e intelectuales que opina que el patriota no es eso.
El más patriota es el que más grita, el que asiente y no rechista, el que más fuerte se parte la camisa si marcamos un gol.

Otra corriente de absolutas moscas cojoneras y aguafiestas, sin embargo, lo que hacen es quejarse de las malas situaciones o las injusticias del país, pretender mejorar la situación por otros modos que ellos ven más viables e incluso algunos, según los rumores, hacen un tipo de actos vandálicos y atroces a los que los más técnicos llaman huelgas y manifestaciones.

Por supuesto, esta segunda corriente lo único que pretende es corromper esta nuestra patria, y nadie lo duda. Estos narcisistas y egoístas que, bárbaros ellos, son capaces de defender sus derechos laborales y sociales.
Ni que decir tiene que la primera corriente es mucho más española que la otra, pero ¿por qué?
Pues porque si España dice algo, ellos acatan, ellos trabajan, ellos sacan a España adelante, ellos obedecen y se comprometen con la tierra. Pero su patriotismo esconde parte de hipocresía.

Su concepto de España no es el núcleo completo de población y la clase dirigente que nos representa, sino que va acorde con los dignos de su respeto. Por supuesto no con esa escoria, ese cubo de basura lleno de parias como rojos, republicanos, sindicalistas y demás polillas dispuestas a roer las vigas de la madre patria.

Hablando en plata, esta corriente patriota es la derecha. Ser español es ser de derechas, si despejas la ecuación. También es posible que te permitan el lujo de ser considerado español si no eres muy afín a la derecha, pero tampoco a la izquierda, pero trabajas y no te quejas ni haces preguntas.
Es decir, al ignorante no le molestarán, asume tu explotación y tu esclavitud y vivirás feliz, amigo.
Ese es el lema claramente, aunque no nos lo quieran decir, ni lo queramos ver.
Pero es un secreto a voces. Lástima que en este país vivamos con los tapones puestos no sólo para dormir.

Yo, personalmente, y es opinión personal, no un criterio que trate de imponer, pienso que el patriotismo no existe.

Español, aplicando la lógica más aplastante, será todo aquél que nazca en España o se nacionalice.
Todos defendemos unos intereses, individuales o colectivos, pero iguales de egoístas son los personales que los colectivos, puesto que colectivo nunca será global, y en caso de serlo, será pseudoglobal, es decir, se impondrán los intereses de unos a otros y se nos venderá el bulo de que esto va para todos.

Vivimos en un mundo hipócrita, y apelar al sentimiento nacionalista no es más que una forma de reclutar a los que se dejan, a las mariposas que atraídas por el néctar de las banderas, de las imágenes, del amarillo y del rojo, vuelan a donde les quieren llevar, sin pararse a pensar un poco.

domingo, 10 de junio de 2012

Amigo motorista

Amigo motorista:

Sé que te han mirado con cara del más repugnante de los desprecios al adelantar una enorme hilera de coches que esperaban un semáforo. Sé que cuando se abre dicho semáforo no te dejan salir el primero, y sé que cuando intentas meterte entre dos vehículos te hacen la cobertura para que sea como sea, no pases.
Sé que por muy prudente que seas en tu conducción siempre serás "el niñato de la motito". Sé que te has caído y la atención que te han prestado te ha resultado insuficiente. Sé que te habrán robado el bombín, y puede que algún espabilado te haya robado alguna vez las carcasas. Sé que después tú has sido el espabilado que ha ido a robar otras, y sé que tienes un amigo que te dice: "¿me puedes llevar?" Y sé que te dura más el depósito en reserva que lleno. Sé que piensas que no es normal la frecuencia con la que te vuelve a brillar el piloto rojo del aceite, y que la mayoría de veces pasas de él.
Sé que cuando la compraste dabas vueltas como un tonto y que la tenías impecable, y que algún día se te pasó por la cabeza, o incluso lo hiciste, limpiarla.
Sé que no hiciste los test de la autoescuela y que seguramente se te olvidaron los guantes para ir a hacer la parte práctica.
Sé que si se te ha pinchado una rueda se ha dado cuenta antes tu colega que tú y sé que te han dicho: "te echa mucho humo el escape".
Sé que has visitado el taller y te han dicho: "esto te pasa por hacer el tonto".
Sé que tu madre piensa que conduces un AirBus y teme por tu frágil vida.
Seguramente te hayas quemado la pierna alguna vez con este y sé seguro que pasas frío cuando es invierno por las mañanas. Sé que te creíste más chulo, más atractivo y más viril cuando empezaste a conducirla.
Sé que es una vida dura, aunque sea también bonita.

Pero amigo motorista, yo, a diferencia de los anuncios de teletienda, no tengo la solución. Solo tengo un abrazo empático y un mensaje de ánimo.

Dirección General de Tráfico.

Es broma.

martes, 5 de junio de 2012

Estudio sociológico vol.1


Bueno, hace ya bastante tiempo (concretamente desde que el nuevo fenómeno irrumpió sin avisar y de manera irreversible en nuestras vidas) que dije que haría un particular estudio sociológico sobre estos seres increíbles y fascinantes, que a todos nos tienen perplejos y cuyo origen y procedencia nos resultan difusos y difíciles de explicar.
Estamos hablando, cómo no, del modernito, este nuevo espécimen que ocupa nuestras aceras, patios, plazas, institutos y hospitales (sí, uno de mis primeros descubrimientos es que ellos también desarrollan enfermedades y se hacen daño, sienten y padecen; son seres vivos en principio).

Era hora, dicho esto, de ponerse manos a la obra, de no demorarme más, o cuando quisiera ya sería uno de los muchos que habrían ahondado este asunto, y mi trabajo carecería de validez.

Mi estudio ha terminado ya, y las conclusiones, más o menos elaboradas, mejores o peores, están ahí. Me gustaría compartir todos los aspectos. No tiraré de topicazo, sino que me basaré en la más veraz de las investigaciones.

Primero, y aunque creo que todos ya, a estas alturas de la película (de terror, por supuesto) sabemos qué es el modernito, diré que es ese individuo de pantalones pitillo, camisas o polos ajustados (estén fuertes o no, eso da igual, si están, gordos, presumen de lorzas), peinados inverosímiles y cuyo referente visual son los concursantes de “Hombres mujeres y viceversa”. Su referente cultural e intelectual es inexistente, pues esta nueva raza tiende a ser bastante ignorante, y no quiero generalizar, pero aun así, lo hago.

Empecemos por su origen. La pregunta frecuente es: “¿el modernito nace o se hace?” Pues verán ustedes, se hace. Es algo así como una digievolución, puesto que el modernito es un fenómeno reciente y nadie ha nacido siéndolo.
Muchos opinan, con bastante acierto, que están a caballo entre el pijo y el cani, pero yo he profundizado. He querido suponer que es una confusión de estilos con mucha más personalidad y antigüedad, como el gafapastas, el indie, el bakala o el skater.

A continuación, sus influencias. El modernito bebe de otros movimientos, como los anteriormente nombrados. Pero lo asombroso de esta especie no es cómo se influencia, sino cómo influye al resto. Es el movimiento “cultural” con más llegada de las últimas décadas, pues en menos de dos años ha contagiado las capas de la sociedad.

De este modo, los pijos se modernizan y los canis también, pero parece haber huesos más duros de roer, sectores de la población que se resisten a la “modernización”.

Esto es lo mejor que he podido hacer, sin más. Esto tiende por supuesto al amplificatio, y de hecho me encantaría que a mi teoría se le añadiesen muchas más ideas, o incluso se rebatiera, hasta entre todos poder explicar este suceso, genial o fatídico, eso ya depende, pues, pese a la imagen caricaturesca de este texto, que recuerden, es humorístico o eso pretende, en la variedad está el gusto.

Esto es dicho sin acritud, y a quien este artículo le pique, le sugiero coger el objeto puntiagudo más próximo, y aliviárselo.

Prioridades

A mediados de junio empezará la Eurocopa de Ucrania y Polonia, y desde meses atrás todo el país vive inmerso en un profundo sin vivir, un preguntarse qué jugadores irán, o quiénes pueden ser los rivales más peligrosos, un debatir si debe ir uno u otro, que puede dividir o juntar a las dos Españas. Y es que ya son más poderosas las Españas de Barça y Madrid que las que dividían el país unas décadas atrás, en los antecedentes y las postrimerías de la Guerra Civil.

Y aquí es donde llega la cuestión, el poder unificador o separador que tiene este deporte, el deporte rey. Es capaz de movilizar a todas las capas de la población, desde el alcalde hasta el yonqui más sucio de tu barrio.

Y produce un enorme escozor que, en su mayoría, el adulto medio se movilice más para ir a ver el partido de su equipo, o para celebrarlo en la plaza más multitudinaria de la ciudad, o para protestar por un abusivo precio de los abonos o las entradas, mientras este mismo individuo, por lo general, tiende a quedarse quieto cuando le roban su dinero, o cuando vulneran sus derechos o los de cualquier otro compañero, y por supuesto, jamás antepondrá una reivindicación por motivo social o laboral a un partido de su equipo.

Ni que decir tiene que si los asuntos políticos o sociales movilizaran de la misma forma que lo hacen los deportivos, se confirmaría la teoría de Marx de que la lucha de clases es el motor del cambio social. Quizá sería motivo de enfrentamiento y división entre colectivos, pero más convenientes son los enfrentamientos por conflictos de intereses reales que por cuestiones deportivas, que ni nos dan de comer ni nos quitan el pan de la boca.

Además, es cosa ridícula la forma en la que se critica cómo chupan fondos algunas entidades, y se obvia cómo hacen lo mismo los clubes de fútbol, la mayoría de ellos endeudados hasta las cejas, con Hacienda, con los propios empleados, o un club con otro. No hay problema en entregar subvenciones a clubes. Mientras tanto, se está dejando de lado lo público, arriesgándonos a perder un estado de bienestar, lo que nos mandaría de un plumazo unos cuantos lustros atrás.

Por supuesto que la juventud nos miramos en las generaciones anteriores, y es demasiado y preocupantemente frecuente la figura del gracioso gordinflón que, independientemente de su estatus social, su liquidez, su clase o su ideología, prefiere cualquier tipo de evento futbolístico a defender su interés.

Con esto, no pretendo criticar deportivamente al fútbol, ni alentar a su boicot, simplemente opino que las prioridades más vale mantenerlas bien ordenadas, así el peligro de que se llenen de polvo es menor.