domingo, 15 de diciembre de 2013

Morir para contarlo

Empiezo a tener algo de sueño. El vino, la comida y la hierba han hecho mella en mis ojos. También puedo ver los ojos de los demás. Ellos hablan, yo simplemente observo. Ríen mientras cuentan una historia que le pasó a Damián, una historia que todos presenciamos, que todos sabemos y que todos hemos contado. Nos encanta contarla. Cuando hay que contar algo siempre es Gabriel el que se erige como portavoz e incluso se levanta para darle algo de dramatismo a la historia. De Nauzet no se pueden contar cosas si está Belén delante. Es un neurótico cabrón. Siempre se enfada, y aunque no lo dice, interpreta que lo hacemos para dejarlo en ridículo delante de ella. Creo que la quiere. Creo que se quieren. No obstante Damián disfruta riéndose de él y de sus desgracias. Damián posee el humor más básico que jamás he visto. El umbral de exigencia humorística más bajo del planeta. Todo le resulta cómico, con todo disfruta, pero sin embargo su debilidad es la desgracia ajena. No le juzgamos por ello, no podría evitarlo aunque quisiera. Yo, mientras tanto, los observo, envuelto en mi propia burbuja, en una atmósfera que nos hemos encargado de crear esta noche, que es la misma que otras noches que también son atmósfera, que también son humo y que también son ojos rojos y carcajadas violentas. Me sorprendo a mí mismo sonriendo y pensando en cuánto había echado de menos este tipo de nimiedades. Cualquiera puede vernos desde fuera y no ver nada, pero nada puede ser juzgado desde fuera. No sabes cómo es algo hasta que no te ves envuelto en su atmósfera.

Minutos antes había pensado en irme ya a casa, pero, pese al mareo y al amodorramiento, las risas no cesan, la música de Gabri no deja de sonar y yo sigo disfrutando con la voz de Mónica. Habla poco, pero no me gusta perderme una sola palabra de lo que dice. Si hablase mucho quizá no me interesaría tanto todo lo que cuenta. Bah, sí, me quedo aquí. Por fin tengo unos días para disfrutar en la ciudad. Cuando acaben las vacaciones dejaré todo esto otra vez y tendré que volver a currar, y me iré de aquí, me iré del barrio, me volveré a ir lejos, y me voy y solo yo me doy cuenta de que me he ido, y todos siguen igual sin mí y soy yo el único que mira el teléfono a cada rato buscando una noticia de Damián o de Nauzet, o de cualquiera de los de la pandillita del banco. O imaginando una llamada perdida de Mónica, la cual yo respondo solo por escuchar su voz. Muchas mañanas amanezco con ese sueño entre sien y sien, pero todas las mañanas el teléfono está igual de vacío. Es una mierda. No les culpo, por supuesto. Ellos tienen sus vidas y lo que desde luego no van a hacer es preocuparse por su colega, ese chico errático al que nunca le importó estar fuera de casa. ¿Por qué iba a estar mal él en una ciudad como Barcelona? Pero voy a tratar de pensar en ello lo menos posible. Me tranquiliza que, como yo, los que esta noche me acompañan tampoco andan al ritmo que las expectativas creadas por sus amigos y familias les marcaron, sino que siguen un paso ciego sin más perro guía que la noche, la droga y el sexo. No siempre fuimos un grupito de gatos que quedaban un sábado por la noche para contarse penas nuevas y añoranzas antiguas a la luz del vino y perfumados por el hachís más duro que nunca ha llegado a nuestras manos. Hablamos como si fuésemos a morir mañana. Queremos regalarle mucho de nosotros al mundo, y no sabemos cómo dárselo. Nos sentimos arropados, sí, pero sabemos que es cuestión de tiempo que acabemos dejándonos solos como ya nos dejaron solos los demás. Poco a poco todos se van lejos. Dos o tres manzanas más allá, o quizás en otro barrio, pero en mundos diferentes. Saludas por la calle con un soso apretón de manos a aquél al que en otro tiempo hubieses abrazado, y con el que, con suerte, si alguno de los dos hubiera juntado dinero, habrías dejado el mundo aparte para ir a por unas birras. La vida funciona así. Dicen que se llama tiempo, dicen que se llama madurez, dicen muchas cosas todos. Estabilidad es como lo llaman aquellos que antes nos acompañaban en estas reuniones y ahora viven algo más cómodamente, con menos frío y con mucha menos peste a hierba y a desidia. No sé lo que es la estabilidad, pero me veo muy lejos de ella. Gastón ha tenido un hijo con Blanca. Estos dos eran dos habituales en la pandillita. Un chaval de familia humilde, adicto al juego y a las broncas, a las salidas y a las mujeres, al vicio y a lo ilegal, con una niña de papá tempranamente rebelada que se dedicó a hacer todo lo que papi le prohibió, todo lo cual se encarnaba en Gastón. Pues tienen un crío y va a colegio privado. Y nuestro colega El Petas se ha casado por la Iglesia. No hace falta que explique de qué pie cojeaba El Petas.

Las chicas se han ido casi todas. Esa necesidad de estabilidad las ha empujado irremediablemente fuera de nuestro radio. Solo Belén, Mónica, Rita y Malena siguen viniendo con nosotros. Y las veo a todas tristes. Son las que menos se ríen con los chistes de Paco, las que antes se van, las que más tarde vienen...

Como ya he dicho, trataré de pensar en ello lo menos posible. Es una noche genial y somos felices aún. No nos va mal del todo. Somos gente preparada, Damián es jefe de cocina en uno de los mejores restaurantes de Andalucía, Nauzet será uno de los más brillantes economistas del país, Jacinto publica semanalmente artículos que levantan ampollas en la red y está llamado a ser uno de los más importantes juristas de Europa...

Además, aún somos jóvenes y tenemos sueños. Uno muere cuando deja de tener sueños. Son las 5 y pico ya. Además, Mónica ya se va y Paco y Jacinto están planeando largarse también. Belén y Nauzet se marcharon hace media hora y Malena tiene que currar mañana pronto. Gabriel dice que se queda, supongo que intentará follarse a Rita. Y una vez más, lo de siempre. Damián y yo, sentados en el quicio del banco, echando vaho por la boca y con el último humeante entre nuestros dedos. Hablando de qué haremos mañana, de qué tenemos planeado hacer este próximo verano, de si pretendemos encontrar pareja. Mi plan de momento es ir a dormir a casa de mi padre. Hace tiempo que no lo veo y si mañana me levanto medianamente temprano podremos pasear por el río y charlar de literatura, necesito que me recomiende algún buen libro. Y seguramente me llevará a comer a alguno de esos sitios que solía llevarme. Mi padre es un tipo entrañable del que quiero disfrutar mientras pueda. Mañana será un gran día. Además he juntado algo de pasta para dejar a mi hermano, que la necesita para pagarse un máster en Sevilla. Y seguro que puedo ir a ver al hijo de Gastón y de Blanca. También tengo pensado llamar a Mónica. Quiero estar con ella. No sé si ella también quiere estabilidad, pero si estabilidad es no caerse, trataré de mantener el equilibrio. Me despido de Damián y me voy. Cojo mi moto. A mi edad me sigo transportando con esta tartana. Mis colegas la llaman la tostadora valiente. Abro el cofre. Tengo un doble fondo dentro en el que esconder todo aquello que la policía no debería ver. Siempre procuro no encontrarme con demasiados monos por el camino. Sé por dónde suelen ir, es como si los oliera. Paso frío y estoy cansado, pero dormiré muy bien esta noche. Estoy agotado, y este hachís nuevo que Paco ha traído desde Huelva hará el resto. Mañana será un día grandioso. Damián y yo iremos al parque con Javi, el hijo de Gastón. Al mismo parque que íbamos los tres de pequeños. Ya no hay casi jeringuillas. Después iremos a la bodega de Cristóbal. Además comeré con mi padre y sí, tengo que llamar a Moni.

Me ciega una luz. Casi me caigo y cuando recupero la vista, miro hacia atrás. Otras dos motos van con las largas puestas y van como si tuviesen prisa. Sigo conduciendo. Sigo conduciendo. Sigo conduciendo, pero está claro. Vienen a por mí. No sé qué he hecho. Mi vida está marcada por lo que dejo de hacer, y no por lo que hago. Pero sí, vienen a por mí. Es gente de mi edad, puede que más joven. No son los rumanos que suele haber por el barrio, a esos ya los conozco. Son españoles y gritan. Gritan un nombre que no es el mío. Se han confundido de persona. Llevan bates. No es a mí a quien buscan. Yo salí esta mañana con algunas ganas de morir, pero ahora quiero comerme el mundo. No sé si me van a dejar disfrutar de mis vacaciones, si se van a dar cuenta de que no me buscan a mí. Me han tirado de la moto y no me dejan explicarme. Solo golpean, golpean, golpean. No sé si podré llamar a Mónica. Creo que la quiero. Siempre temí ver morir a mi padre, pero por nada del mundo querría que mi padre me viese a mí muerto. Estoy ya al lado de su casa. Sin duda va a querer morirse cuando me vea con los sesos adornando la acera. Este día era distinto, pero no sabía que de este modo. Ellos se han confundido, pero me muero igualmente.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El Paguer de Arnold

Mi nombre es Joseph Arnold, tengo treinta y cuatro años y soy natural de Wells, al sudoeste de Inglaterra, y últimamente soy periodista bélico. Y cuando digo últimamente me refiero a que nunca lo he sido, pero hace algún tiempo ejerzo de ello. Hace no mucho que la editorial para la que trabajo se enroló en un proyecto de memoria histórica, que pretendía desentrañar algún que otro misterio, limpiar la memoria de las familias de las víctimas y hacer algo de justicia en diferentes lugares del mundo en los que hubiese habido algún conflicto, ya fuese interior o internacional, que siguiese dando coletazos o cuyas consecuencias de tipo político sociales siguiesen latentes. Esto es, claro, lo que se dice de puertas para afuera. De puertas para adentro es, como siempre, una campaña de marketing, una mentira más para captar lectores. Poco interés vi entonces y poco interés sigo viendo entre los editores jefes en la memoria colectiva de las naciones dañadas. Sea como fuere, allí estaba yo, un periodistucho recién llegado que se dedicaba a lo que le dijesen. Y no era el primer pringado de turno, ni mucho menos. Procedo del periodismo deportivo. Fútbol concretamente, como buen inglés. Cubriendo partidos de equipos ingleses en España, conocí a Carla. Ella solía estar abajo, informando desde el terreno de juego. Era una explotada poco puesta en fútbol. Bueno, ni fútbol, ni deporte, ni política, ni sociedad, ni nada. Entró en la facultad queriendo ser periodista de moda y tendencias. Allí conoció a bastantes babosos que tardaron poco en enchufarla en eventos deportivos, todos de cara al público. Eso fue seis años antes de conocerla yo. Por aquél entonces, trabajaba para la cadena líder y se encargaba de informar a pie de campo de las incidencias y de entrevistar a jugadores y entrenadores. Para ello había tenido que tragar bastante de todo, y en ese momento estaba bastante de moda entre ella y entre todos los guapos y guapas oficiales del país decir o aparentar que ellos se sienten atraídos por las mentes y no por el físico. Si esto fuese verdad, Carla nunca se hubiese interesado por mí. Y no lo digo porque yo sea muy atractivo, sino porque tampoco es que tenga una mente portentosa. Simplemente era famoso entre el periodisteo deportivo, simpaticote y, lo más importante, estaba cerca. Viví con ella siete años en Barcelona, dedicándome a escribir acerca del fútbol español en un diario bastante conocido, hasta que ella se cansó de mí y prefirió un guapo que no fuese demasiado imbécil.

Pues bien, como ya he dicho antes, no siempre ejercí de mindundi en el mundo del periodismo. Cuando conocí a mi exnovia trabajaba para el diario deportivo de más prestigio en el país. Yo estaba muy valorado dentro del gremio por mi facilidad léxica y mi fluidez pese a no ser el español mi lengua materna. Entonces fue cuando, cansado de escribir sobre fútbol y de las dolorosas reminiscencias que ello me traía, cambié de bando y acepté la oferta que me hicieron para trabajar como corresponsal en España para un importante periódico inglés. Eso fue hace dos años y hace uno que volví a mi isla y acabé en esta editorial, pero relegado al más bajo de los rangos. El motivo de mi descenso laboral ha sido probablemente mi propia desidia, que me obligó a dejarme a arrastrar como un junco en un tifón.

Pero de repente soy útil. Resulta que los cretinos de mi editorial han descubierto una manera de amortizar mi sueldo de una maldita vez, y han estimado que puedo ser el hombre indicado, por mis conocimientos con el idioma, para trasladarme a España a hacer el reportaje sobre la guerra que allí aconteció. Acepté de momento, como era de esperar. Era mi obligación, si es que aún me quedaba algo de orgullo, demostrar a esa panda de ineptos que puedo hacer un trabajo admirable, y resultar útil a la comunidad humana, actuando en favor de la memoria histórica de los pueblos. Años después he descubierto que la familia del propietario de mi editorial financió a uno de los bandos y sacó tajada como quien más del conflicto, pero bueno, también donan de vez en cuando dinero a cáritas, así que no tienen mala imagen.

En este cínico reportaje, mi cometido era informar, desvelar datos desconocidos y esclarecer los hechos ocurridos en la localidad de Paguer, al norte del país, cerca de los territorios fronterizos con Francia. Antes de nada, contextualizaré: en un clima muy enrarecido en el que reinaba el descontento, el gobierno republicano de un país tradicionalmente monárquico sufre un golpe de estado que triunfa solo de manera parcial, dividiéndose el país en diversos frentes dependiendo de si en esos territorios había triunfado la resistencia o los golpistas. La localidad de Paguer se encontraba aislada - junto con el resto de poblaciones vecinas pertenecientes a las regiones bañadas por el mar Cantábrico - de las demás ciudades bajo el dominio republicano. Por lo tanto, era una franja muy deseada por los golpistas, quienes querían proteger sus enclaves mineros e industriales en la zona, y poder trasladar la flota al mar Mediterráneo, para impedir el tráfico marítimo de sus enemigos. En este contexto, la toma norteña empezó a finales de marzo de 1937, y el bando golpista llegó a Paguer a últimos de abril.

Yo no tenía muy claro cómo enfocar mi trabajo. Pensé en aunar distintos formatos y géneros: entrevistas a autoridades, a secretarios de memoria histórica, a testigos... También un exhaustivo seguimiento de los hechos, con datos, número de muertes, un estudio de la economía de guerra, comparativas de ambos bandos...

Pero todo esto fue antes de conocer a Julen Ufarte. Decidí empezar por los testimonios, para luego contrastarlos con todo el arsenal de datos que pensaba recabar. Reuní a testigos de la guerra, personas ya ancianas que cuando el suceso ocurrió tendrían, los mayores, doce o trece años. Hablé con Josefa Calvo, con Mikel Garmendia, con Joseba López, con Ane Fernández, con Luis Astiagarraga y con Fernanda Larra, niños de la guerra. Y todo lo que me narraron me impactó sobremanera y me ayudó a comprender bastantes asuntos. Pero mi último testigo, el señor Julen Ufarte, uno de los que más jóvenes era cuando la guerra estalló, simplemente me dejó perplejo. Y no es que lo que me contase no se pareciese a lo que me contaron los demás. Todos coincidieron en cuanto a lugares, datos o nombres. Lo único que diferenciaba la historia de Julen de la del resto era la cara que ponía al recordarla. La desesperación, el hambre, la tristeza, el dolor, la muerte y el miedo me parecieron mucho más relevantes que la economía, los números de defunciones o las fechas. En ese momento comprendí que la guerra afecta a muchas cosas, pero no debería nunca la visión de las personas y la historia interna de los pueblos quedar relegada al puesto de menor importancia frente al resto de datos. El señor Ufarte pasó a ser la única fuente de mi crónica bélica, y conforme con lo que él me contó, narro yo:

"Verá usted, señor Arnold. Le contaré lo que pude ver con mis ojos de niño, algo que está grabado a fuego en mi retina y que recuerdo con suma precisión. Algo que nunca un crío debiera ver. Paguer siempre se mostró fiel a la República, no por ideología, sino por miedo. El golpe no triunfó en la región y las personas más afines a los golpistas tuvieron que huir. Fueron los que menos. Repito que no nos sentíamos afines a la República, pero tampoco al bando sublevado. Allí no había ideologías, ni economías, ni socialismos ni nacionalismos ni fascismos. Eso lo había en los gobiernos. En los pueblos solo había miedo,y el miedo disipa todo lo que no es horror, humo, sangre y pájaros que huyen.
Los golpistas vinieron por proteger sus intereses en nuestra tierra y por conquistar una zona que se mantenía resistente bajo el dominio republicano. Su objetivo por encima de todo, decían, era el bien nacional, pero el bien nacional te trae sin cuidado cuando cada día luchas por no morirte de inanición o tras recibir un tiro en la sesera. Se sabía que estaban cerca, y eso daba mucho pavor, porque no se sabía cuándo llegarían ni qué nos harían. Casi diría que deseábamos que llegasen de una vez por todas. Este sentimiento alentaba a muchos hombres que se disponían a luchar, decían que por defender a la República, creo que por obligación, pues lo que querían era defender a su tierra y su familia. ¿La República? ¡Cuánta bobada!
Recuerdo el momento en que llegaron. Fue como cuando esperaba los desfiles de gigantes y cabezudos, pero con terror en vez de con ganas y con mucho, mucho frío. Entraron por la ladera, y llegaron al pueblo un grupo de unos doscientos o trescientos monstruos de piel gris, mirada sanguinaria, piernas y brazos enormes y pistolas mágicas. Pero no magia de la buena, sino magia negra, ¿sabe usted? Cualquier historiador diría que no eran más que balas, pero no. Las balas son de plomo, y el plomo no hace tanto daño. Un grupo de treinta o cuarenta, no los más grandes - pero sí los más despiadados y de colmillos más afilados - se llevó a muchas mujeres y robaron en casi todas las casas. Mamá se fue con ellos, con esos seres de dentadura depredadora y de brazos deformes y fuertes. Con el tiempo, me enteré que ella tuvo un hijo con uno de esos monstruos, y tuvieron un monstruíto que murió en el parto. Los hombres del pueblo resistieron, y los monstruos, cada vez menos, tuvieron que retirarse. A la mañana siguiente, tiraron todos los cadáveres muy cerca de casa. El pueblo nunca ha olido tan mal. Costaba mucho respirar esa mañana, por la peste y porque, según decía mi tío Unai, duele mucho respirar para vivir cuando la vida es una gran mierda.
Era un 26 de abril inusualmente gélido. Sabíamos que volverían, todo el pueblo lo sabía. Yo quería luchar para preguntarles qué coño habían hecho con mamá, y aunque en casa intentaron retenerme, papá fue al frente, y la abuela estaba demasiado débil como para sujetarme. Y aunque no peleé, paralizado por el miedo, lo vi todo escondido tras un andamio. Esos engendros llegaron furiosos, disparando a diestro y a siniestro con sus pistolas, pero eso no fue lo peor. La derrota de la resistencia les sentó muy mal, y no vinieron aquí para perder otra batalla, claro que no. Se reforzaron. La magia de sus pistolas era más negra que el otro día, ellos más altos y fuertes, y sus caras más horrorosas. Pero no fue eso lo que determinó su victoria. Monstruos a lomos de otros monstruos voladores - estos sin rostro, claramente inferiores intelectualmente a sus compañeros golpistas, solo ejercían de medio de transporte - bombardearon sin piedad Paguer, una tierra modesta, de gentes buenas y sensatas. Una tierra que poco quería tener que ver con repúblicas o con golpes de estado, que se vio inmersa en un desastre sin retorno. Yo lo vi todo desde donde estaba, y aún no he visto escena más aterradora. No miento, Joseph, cuando te cuento todo esto y no miento cuando digo que ningún presidente, ningún clérigo ni ningún comandante deberían hablar en nombre de los pueblos.
A la mañana siguiente, todo era penumbra, frío y olor a muerto. Perros que aullaban, pólvora en las calles, hambre en los estómagos y nada más que dolor en los pechos. Dista mucho ya ese día. He hecho muchas cosas desde entonces, he ido a muchos sitios, he besado a muchas mujeres, he bebido mucho y he comido menos de lo que me gustaría. He bailado, he andado, he vuelto a llorar, he reído e incluso lo he pasado bien, pero para mí todos los días de mi vida han sido igual que ese 27 de abril de sombra, niebla y viento helado".

Y esto es todo lo que tengo. Este es todo mi reportaje. Sinceramente, dudo mucho que mi jefe quiera editarlo, dudo mucho que quiera leerlo, a decir verdad. Pero nunca lo borraré, y si me lo borran, sería capaz de reescribirlo una y mil veces. Prefiero llevarme esto a la tumba, siendo pobre y desgraciado, que colaborar a editar un trabajo lleno de datos, fechas y nombres, que se encuaderna fuera del sentimiento de las personas, fuera de los corazones y fuera de, en definitiva, la vida. Ningún editor debería nunca permitir esto. La literatura es un negocio más en el que impera la plata, pero yo, como editor de mi propia vida, decido tomar cartas en el asunto.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Crónicas diabólicas

12 de Octubre de 2076
Tras una vida entera vivida, mayor, cansado, y muy a disgusto con el mundo que le dejo a mi ningún descendiente, a uno le da por pensar. Piensa como nunca antes ha pensado, piensa con la totalidad de su capacidad, pues nada le queda ya que perder. Cada ciudadano libre es libre entre comillas, y desde los anales de la historia nadie ha gozado de libertad plena. Pero los poderosos, los gobernantes, no limitan nuestras posibilidades todo lo que ellos quisieran, pues es una tarea ardua que se les escapa de las manos siempre. Además, los que mandan no son más que personas, materia que alguien colocó para limitar todo ese potencial que una persona guarda en su interior. No recuerdo ya qué compañero me comentó que la unidad de medida más universal es la persona. Pues bien, se nos dota a cada uno cuando nacemos de un guardia civil interior que nos modera y nos matiza, que nos hace corregir nuestras palabras y retractarnos de lo hecho; que hace que en nuestras entretelas nazca y germine el arrepentimiento y la lamentación. No hay mejor manera de hacer las cosas que desde dentro. Cuando yo era joven existía un personaje cinematográfico llamado agente 007, que desapareció allá por 2020, porque honestamente esas películas eran pura basura y los guionistas no sabían ya qué inventarse. Pues este agentucho, cada vez que tenía que investigar cualquiera que fuese la cosa que le encargaban investigar, siempre se infiltraba en los adentros de las organizaciones que había de derrocar. Pues el poder también nos implanta un 007 dentro del pecho, dentro de la cabeza. Digo el poder y no los poderosos porque antes que un poderoso existe un poder, igual que para que existan cosas que huelen mal ha de existir por fuerza la pestilencia. El poder existe antes de que existan los poderosos. Pero todo poder necesita un sustento. Toda obediencia depende de una amenaza. Nadie actúa como desea actuar, sino que busca una combinación óptima entre el deseo y las represalias que podrían derivarse de esa acción. Es el miedo el que modera la vida. Por eso los viejos como yo podemos pensar con amplitud, porque no tenemos nada que perder y así la ausencia de miedo es obligada y evidente. Por desgracia, igual que se nos agota el miedo, se nos acaba la fuerza. Sin miedo a las consecuencias y con la seguridad de que me queda poco tiempo, cuento y narro esta historia que me contó un amigo una vez. El efecto que tiene el tiempo en la memoria y mis delirios de vejez, que durante la juventud fueron delirios de grandeza y hoy no son más que delirios, pueden ser artífices de algunos cambios en la historia, pero sé de forma certera que ocurrió.

Sigfrido, el hombre del que os voy a hablar, fue siempre un hombre despierto que quiso saber de todo y cualquier información era poca para él. Hombre curioso donde los hubiera, era también un señor cultivado que desde que leyó el Fausto de Goethe quedó profundamente obsesionado con el tema de la venta de almas a cambio de propósitos. Siempre se preguntaba por qué cosas sería capaz de cambiar su alma al diablo, e incluso escribió varias versiones de la obra, con finales alternativos y hasta adaptaciones contemporáneas.

Cuando allá por la década de los 40 se descubrió que el diablo existía, que siempre había existido, y que ni tiene rabo ni tridente, que cuando más se acerca a una llama es cuando enciende la chimenea y que el infierno no es más que un sotanillo en un barrio obrero, el demonio dejó de ser concebido como un ser de pesadilla y el mundo entero le perdió el miedo. Sigfrido, en concreto, se volvió loco y no dudó en visitarlo.

El diablo siempre existió. Nunca fue el mal encarnado ni un ángel descarriado ni nada de lo que la tradición cristiana decía que era. El diablo era un trabajador honrado que comerciaba con todas las posibilidades que tenían las vidas de todo el mundo a cambio de la suma de dinero requerida -lo del alma siempre fue un bulo-. El primer demonio nació carente de ese guardia civil interior y nunca dejó de practicar el ejercicio del pensamiento en toda su dimensión. Nada se le resistía y era capaz de todo. El primer miembro de la dinastía de los Diablo nació en el año 416, en la baja Edad Media. Desde que el primer clérigo supo de su existencia, se trató de adoctrinar al pueblo y convencerlo de su profunda maldad, y de marginar a Santiago Diablo -después apodado Satanás- de la vida en sociedad en un sótano de dimensiones claustrofóbicas en los suburbios de la ciudad. Desde entonces hasta 2040, la historia oficial de la familia Diablo es lo contado por la Iglesia católica. El descendiente de la dinastía que rulaba por los 40 se llamaba Gonzalo.

Sigfrido no deseaba ser ni deseaba tener, su obsesión era el saber, y Sigfrido quería conocer todo lo que nunca había sido, todo lo que nunca fue. Con 26 años, marchó de su ciudad natal para trabajar en un instituto nacional de investigación en la ciudad en la que en ese momento residía. La una distaba mucho de la otra, y tuvo que dejar a su pareja por el camino, pues no se veía capaz de estar juntos en la teoría y separados en la práctica. Las decisiones son fronteras entre la intención y el acto, y cuando Sigfrido tomó esta decisión, cruzó de frontera, cambió de país, cambió de compañía y de vida. Siempre quiso saber cómo hubiese sido su vida de haber tomado la dirección opuesta.

Una vez bajo el umbral de la puerta, tocó dos veces. No tenía muy claro qué procedimiento había de seguir en este caso, ni cómo tenía que dirigirse a él, cuántas veces llamar a la puerta, ¿tocar el timbre quizás?; o con qué voz hablar, qué registro usar, nada. Ante la ausencia de referencias, procedió exactamente igual que procedía cuando iba a por algo de hachís al barrio de los soportales amarillos. Gonzalo le abrió con una sonrisa en la cara, algo sorprendido, pues sabía que su dinastía acababa de dejar la clandestinidad hacía bien poco gracias a los trabajos de los nuevos teólogos de los 40. Se estrecharon la mano de una forma entre cordial y amigable, y pese a la cantidad de preguntas por formular que podrían tener ambos ante situaciones de esta envergadura, se va a lo que se va, los preámbulos se caen al suelo y se rompen.

- ¿Qué es lo que quieres? - poco parecía importarle a Diablo el nombre de su cliente.
- Verá usted - dijo Sigfrido esperando que Gonzalo le dijese que le tutease (no lo hizo) -, cuando vine a esta ciudad, dejé a mi pareja por la búsqueda de un trabajo que yo ansiaba, y querría saber qué hubiese pasado de haberme quedado allí.
- Entiendo. Pasa Sigfrido
- ¿Es que sabe usted mi nombre?
- ¿Esperas que conozca una versión alternativa de tu vida y no confías en que sepa tu maldito nombre? - Sigfrido, ruborizado y sintiéndose imbécil, se calló.
- Estate atento.

A día de hoy, "estate atento" fue la última frase venida de un humano que Sigfrido escuchó.

Lo que Gonzalo le mostró fue una especie de película representada por actores de clase B, una de esas comedias románticas de vidas perfectas, medidas al milímetro, de discusiones violentas que poco a poco tornan a la reconciliación, la reconciliación a la pasión y la pasión a un sexo lento, acompasado y melódico. Película de final predeciblemente feliz y de calidad más que dudosa. De esas historias que aunque nadie las querría para verlas, aunque nadie pagaría una entrada ni compraría unas palomitas para acomodarse en un cine a contemplarlas, son historias que todo el mundo querría para sí.

Dicen que la ignorancia es la base de la felicidad, y que la curiosidad mató al gato. Quizá el equilibrio sea la clave para una vida algo feliz y algo posible de sobrellevar, pero ¿acaso se puede mantener el equilibrio en el hilo de la vida cuando se vive a todo trapo?


domingo, 6 de octubre de 2013

Vertederos

No era la primera vez que me levantaba así. No tenía del todo claro a qué hora me acosté esa noche, ni qué cené, ni cuántas horas había dormido. Tampoco tenía muy claro qué día ni qué hora era.
Me levanté y la nevera estaba llena. La compra hecha. El suelo reluciente. Pero no recordaba haber comprado ni limpiado. Aun así, bien es sabido que cuando las noticias son buenas, aunque desconcertantes, se las recibe con una sonrisa. Yo sonreía esa mañana. Todo me lo encontré hecho. No sabía si había ido a currar esa semana, pero ese día, un dos de marzo, cobré mi nómina sin ningún tipo de problema. En la esquina, Rodolfo el quiosquero me esperaba con el periódico en la mano. Cuando fui a pagarle me miró extrañado y soltó algo así como una broma. Ni el quiosquero es un genio del humor ni yo soy un genio en nada. Seguí andando con la sensación del que recién despierta. No sabía ni podía verificar la realidad o la no realidad de lo que iba viendo. Todo cotidiano, por supuesto. Las señoras de mi barrio me sonreían, cosa que nunca habían hecho. Si ya me sorprendió que no ejecutaran ese mecanismo intrínseco en las ancianas snob de sujetarse el bolso cuando algún personaje de mi calaña pasa cerca de ellas, esas sonrisas amables e hipócritas – la hipocresía es una enfermedad que no cura con la edad – sencillamente me aturdieron.

Más adelante, me topé con mi vecino. Una pesadilla hecha carne. No tenía gana alguna de cruzar ningún tipo de palabra o gesto con él, pero me abordó con tanto ímpetu que no tuve más remedio. Me habló de no sé qué cuentas y alabó mi buena gestión – no sabía de qué -. Resultó que yo era el presidente de mi comunidad. Era la primera noticia que tenía de ello, pero al parecer lo hacía muy bien. Cada tres pasos que daba, recibía un “gracias por tal cosa” o un “te debo una por tal otra”. Cada frase era como una punzada en el hombro. A veces no solo duelen las balas que no mereces. A veces duele una flor cuando se inserta donde solías recibir balazos. Costumbre, supongo.

Mi agrado inicial fue evolucionando hacia un hastío repugnante. Supongo que es el mismo hastío que sienten las personas cuando se conocen mejor. Es como saborear un dulce delicioso en el primer bocado, que se torna amargo cuanto más lo masticas. Será por eso que todos mueren solos. Sea como fuere, continué caminando mi particular milla verde. Llegué al bar de al lado de mi trabajo, solo por saludar al camarero, alguien que no me desagradaba del todo.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, siete u ocho voces coreaban mi nombre. Era gente de mi trabajo. En cualquier otra situación esos coros hubieran sido la máxima expresión del sarcasmo y la ironía. Pero ese puñetero día yo estaba dispuesto a encontrarme con otra asquerosa sorpresa. Efectivamente no había sorna en las palabras de mis compañeros. Me senté con ellos obligado, y me dispuse a escuchar una ronda de adulaciones y bailes de agua. Ardía en deseos de reventarles un vaso en la cabeza a cada uno. La verdad es que podría haberles preguntado por qué me querían tanto de repente, pero me moría de aburrimiento. Tuve que irme y ni siquiera saludé al camarero.

Apenas había andado cien metros cuando vi a mi novia abalanzarse sobre mí, y mientras engarzaba sus brazos en mi cuello, me dio un beso húmedo, cálido y maravilloso. Me morí del asco. ¿En qué momento había aprendido a besar así? Fue como si mientras yo estaba en el bar aguantando a esos cretinos ella hubiese estado con otro tipo. Laura nunca había sido cariñosa conmigo. Puede que quizás al principio, pero ya no me acordaba. Yo la quería, pero también la odiaba. Pasaba mucho tiempo conmigo, pero sin ganas, sin entusiasmo. Más de una vez sospeché que aquello no era más que una pesada apuesta que ella había hecho con una amiga - con una de esas amigas malas que todas las mujeres guapas tienen – y me preguntaba a menudo por qué seguíamos viéndonos. Cuando hacíamos el amor, nunca nos mirábamos. Follábamos como follan dos mendigos solos, escuálidos y helados en busca de algo de calor. Todos preferimos la piel a los cartones. Era un conformismo sordo y ciego que nos ataba el uno a la otra. Conversábamos, sí, pero de todo y de nada al mismo tiempo. Charlábamos como charlas tú con tu vecino al que te encuentras en el ascensor. Aunque varias horas al día. Situaciones cargantes que incomodan. Pero era mi compañera. Y sí, siempre la quise. Además, sé con algo de certeza que ella diría lo mismo sobre mí.

Pero ese día, ella era atenta, cariñosa, rebosaba entusiasmo y emoción. Estaba mucho más guapa. Pero me dio más asco que nunca. “Tengo que ver a Ramón, luego nos veremos” le dije, y con un beso de refilón en la mejilla me despedí y empecé a andar. Cuando la oí llamarme cariño - ¡Por dios! ¡Cariño! – eché a correr. No era mentira. Tenía que ver a Ramón. No era que empezase a estar harto de esta situación, era que sencillamente estuve a punto de abrirme la cabeza con cualquier piedra o de pegarle un trago a cualquier bote de lejía. Hacía ya mucho que no veía a mis padres, y sería inútil ir a recabar información a ellos, pues poco podrían aportarme. Seguí corriendo a casa de Ramón y llamé a su portero automático.
-               ¿Diga?
-               ¡Ramón! Soy yo. Baja.
-                No, no. Yo te abro. Sube campeón.

¿Campeón? ¿Qué habría tenido yo que hacer para ascender de golfo, triste o melindres a campeón, nada más y nada menos? Subí los escalones de cuatro en cuatro, como mandaba la situación, y así quizá con algo de suerte me hubiese desnucado por las escaleras. No fue así y entré al piso de Ramón, donde vivía solo. Me metí hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Fui al salón y allí me acomodé en un sillón horrible que Ramón no quería tirar porque se lo había regalado su tía de Palencia. Una señora muy fea y muy desagradable, con una horrible dentadura.
-                ¡Menuda cogorza la de anoche! -  me soltó el muy soplapollas. Lo de la cogorza sí era más propio de mí, lo que más me encajó de todas las cosas que había visto o escuchado esa mañana. Me tranquilizó bastante, la verdad.
-                 Sí, sí. Mira Ramón, es muy posible que todo esto sea fruto de las lagunas del alcohol, pero no tengo las más mínima idea de qué me pasa a mí, o de qué pasa a mi alrededor.
-                 No entiendo. – Normalmente Ramón era un tío muy listo, pero no esa mañana, y menos con resaca.
-                 Hostias, Ramón. Todo el mundo me saluda por la calle, me agradece cosas que hago por ellos y me elogia. Soy presidente de mi maldita comunidad y en el curro todos me adoran. Y Laura me ha besado y me ha llamado cariño. ¡Por dios!
-                  No sé de qué te extrañas. Estos dos últimos meses has cambiado de forma radical. Eres trabajador, encantador y responsable. Haces todo cuando tienes que hacerlo y de una forma exquisita. Eres amable y tratas a todo el mundo con dulzura, no como antes. Y Laura, como todos, lo ha sabido valorar.
-                 ¡No! ¡No! ¡No! Yo no he hecho nada de eso y si lo he hecho no lo recuerdo. No me gusta mi curro ni me gustan mis compañeros. No me gustan mis vecinos ni mis padres. Joder. No me gusta este barrio... y si me apuras tampoco me gusta Laura, y lo sabes. Lo único que me seguía gustando a pesar de todo era la vida y ahora, y no antes, es cuando empiezo a cuestionármelo.
-                 Que sí, que sí. Mira, te debe haber sentado algo mal. Ve a descansar.

El resto de la conversación fueron sendos intentos – inútiles – de convencer a Ramón de mi tesis, y un machacón Ramón con más intentos – igual de inútiles – de convencerme a mí de la suya. Yo estaba seguro de que estos dos últimos meses no había hecho nada de eso. No sé muy bien lo que estuve haciendo, pero seguro que no fue trabajar con buena cara y amabilidad en un trabajo que me consume, atender a gente que me irrita y querer a una pareja que me tenía como quien tiene una obligación. Estaba seguro de ello. Si de algo me había servido conocer poco a los demás era para conocerme mucho a mí. Me volví a casa corriendo de nuevo.

Tres días después, salí de casa. Solo por pasear. Caminando, me encontré con mis sospechas. Era Laura besando a otro tipo. Se besaban como cuentan que se besan las personas que se quieren. Sentí algo de dolor, sentí algo de rabia, pero sobre todo sentí envidia. No por ser Laura, sino por el calor. Esa falta de calor que muchos llaman soledad. Cuando separaron sus labios, pude ver la cara de ese mamón. Era la mía. Era yo. Un tío con la misma cara que yo, con el mismo cuerpo y los mismos gestos. Pero era muchísimo más atractivo. Quizá porque parecía feliz. Me dediqué a seguirle. No me acuerdo de cómo me sentí siguiéndome a mí mismo, no lo sé. No tuve tiempo de hacerme un autoanálisis en un momento tan turbulento en que toda mi vida no era más que espuma. Supongo que nadie puede.

Siguiendo al “nuevo”, descubrí por qué todo el mundo me quería. Quiero decir, por qué todo el mundo lo quería a él. Lo vi en el trabajo. Eficiente, puntual. Le gustaba ese trabajo sin duda. Lo vi también en el barrio. Parecía uno de esos ridículos boy scouts que ayudan a las viejas y hacen todo tipo de servicios comunitarios a cambio de una estúpida medalla, pero sin buscar nada a cambio. Quizá solo el reconocimiento, que es como una medalla que no se ve pero se siente. Lo observé también en casa. El cabrón lo tenía todo impoluto. No se le escapaba nada. Ya lo había visto con Laura, y lo vi también con Ramón. Era el típico amigo perfecto, dispuesto a ayudar en lo que sea y con un puntito canalla. Y también lo espié cuando fue a comer con mis padres. O con los suyos, no lo sé. Era un hijo ejemplar sin lugar a dudas. Me alegré por mis padres, por lo que debían pensar y por lo que debían de sentir ahora que tenían de verdad un hijo.

Lo hacía todo bien. Pero no era yo. En cualquier comedia romántica, yo habría matado a ese idiota usurpa vidas, y una vez muerto este, hubiera cambiado, aprendido la lección, y obtenido una versión mejorada de mí. Pero no. No lo hice. Lo volví a ver besando a Laura, mi compañera, mi amiga, la persona que pese a cualquier cosa seguía conmigo en mis momentos de podredumbre – todos - , y supongo que debería haber sentido ganas de matarlo, pero sin duda él era mejor que yo. Todos lo querían. Cumplía su rol perfectamente. ¿Y qué si no era yo, si hacía de mí mejor que yo? Si la vida es un teatro, es lógico que este papel haya de interpretarlo el mejor actor. Y ese no soy yo.

Asumida mi pérdida y sabiendo que dejaba en buenas manos a mi familia, mi pareja, mi amigo, mis compañeros, mis vecinos y mi casa, decidí irme con lo puesto a buscar algún director que me ofreciese un papel que yo pudiese interpretar.

Caminé y caminé durante horas. Atravesé la ciudad de punta a punta, y cuando me quise dar cuenta me vi en un parque, en una zona periférica y desangelada. Exhausto, me senté en un banco y comencé a beberme una botella de agua que había comprado en un quiosco. Fumé un par de cigarros y me quedé traspuesto.
Cuando desperté, mi cabeza estaba acomodada sobre el hombro de un tipo. Debería haber sentido miedo, o susto al menos, pero a estas alturas, ¿qué cojones iba a sorprenderme? Aún amodorrado, me incorporé, me encendí otro pitillo y miré a mi acompañante almohada. Era Ramón.
-           ¿Qué haces aquí?
-               Yo estaba aquí antes que tú.
-               No me jodas, Ramón. ¿Qué haces aquí?
-               Ya veo que a ti también te han sustituido. Por cierto, me alegro de verte. Hacía bastantes semanas que no nos veíamos, golfo.
-                ¿Será posible? ¿Cómo puedes ser tan cretino? ¡Nos vimos hace tres días!
-                  Ese no era yo. Yo llevo aquí varias semanas.
-                  ¿Aquí? ¿En este parque? ¿En este barrio?
-                   Sí. Con los demás sustituidos.
-                   Sin rodeos, Ramón.
-                   Supongo que habrás leído a Nietzsche. Nietzsche dice que lo imprescindible surge a pesar de todo. Lo imprescindible es lo que hace falta para que la vida fluya, para que todo siga su cauce como sigue el cauce de un torrente de forma necesaria. Todas las personas tienen que cumplir su micro función para que la macro función del mundo siga sin interrupciones, según lo planeado. Tú sabes perfectamente que cuando en un bosque algunos árboles se queman, las autoridades inician una repoblación forestal.
-                     Sí que lo sé.
-                   ¿Pero a que nunca has visto a nadie en un bosque plantar nuevos árboles y retirar los árboles quemados y feos?
-                     Pues no, Ramón, yo no. Pero supongo que alguien…
-                    No, nadie. Nunca nadie lo ha visto. No sé en qué momento empezó a pasar esto, ni quién lo hace, porque nadie lo ve y seguramente nadie lo verá. Pero para que la vida funcione, los vivos han de hacerlo. Ellos. No sé quiénes son, pero son ellos, y se dedican a sustituir lo que no funciona por algo nuevo que sí. Y al igual que pasa en los bosques, nadie los ve repoblar las vidas. Pero lo hacen. Se despojan de las vidas quemadas, como la tuya o la mía, y plantan semillas de las que germina lo imprescindible, que como decía Nietzsche, surge a pesar de todo. Todos los desterrados de la ciudad vivimos aquí, o por lo menos todos a los que yo conozco. Cuando descubren que sus vidas han sido usurpadas, caminan. Y todos caminan hacia aquí. Este es el vertedero humano que ellos han colocado, a las afueras, donde no molestamos. Como un punto limpio. Nadie nos guía, es una ruta invisible que se sigue con la propia inercia del fracaso y la desorientación. Solo la sigues.


Me lo creí. Abracé a Ramón, a mi Ramón, pues el que conocí hace tres días, pese a ser su versión mejorada, era un soberano imbécil. Puede que el nuevo hiciese mejor de él que él mismo, pero la esencia estaba aquí, tirada en un banco, con barba de diez días, con una colilla en la mano y rodeado del resto de desterrados que componían el vertedero humano de la ciudad. Allí vi a Genaro el camarero, también a Rodolfo el del quiosco, y vi a mis padres. Los abracé y les prometí ir a verles muy a menudo. No obstante, pese a la necesidad de explorar lo nuevo, de escudriñar todos los rincones y conocer los entresijos de esta nueva vida, necesitaba caminar. Volví a caminar, y caminando la vi. Era Laura. La de verdad. No sé cuánto llevaba en el vertedero, y quizá yo hubiese vivido todo el tiempo excepto una pequeña porción con una Laura de mentira. Pero no. Los nuevos, los sustitutos, son todos encantadores, y ella no lo era. Ni quería que lo fuese en ese momento. Simplemente era ella. Fui a besarla. Ella me besó, me besó con ganas y con pasión. Estábamos sucios, peludos, pegajosos y con alientos sabor tabaco y ginebra, pero fue el mejor beso que hoy por hoy nos hemos dado.

martes, 7 de mayo de 2013

Feminismo

Tal día como hoy, el ministro de interior, Jorge Fernández, ha hecho unas declaraciones verdaderamente polémicas y escandalosas comparando a una mujer que aborta con el grupo terrorista ETA.

Sabemos la tendencia del PP últimamente a comparar cualquier movimiento contrario a sus propios intereses (la PAH, los escraches, ahora los abortos...) con ETA. Es lugar común. No es realmente nada nuevo.
Por otro lado, aunque polémicas y de muy mal gusto, las declaraciones de Fernández no resultan sorprendentes teniendo en cuenta que el ministro milita en el Opus Dei, la yihad cristiana.

Pero otra vez más, lo que me alarma, no son las medidas o las declaraciones de la clase dirigente o de cualquier otro grupo político, ideológico o económico, no. El objeto de mi extrañeza vuelve a ser la pasividad del pueblo, la pérdida de la conciencia de clase total y de reacción frente a los abusos. Hoy, el foco va especialmente a alumbrar al sector feminista y, en general, a todas las mujeres que permanecen impertérritas ante semejantes palabras. Claro está que las que se sientan conformes con lo dicho por el ministro poco tienen que decir aparte de asentir (siento pena, pero la raza humana es inescrutable), pero aquellas quienes en algún momento de su vida se hayan auto proclamado feministas o hayan criticado el machismo deberían preocuparse y - ahora sí - ser consecuentes con ese "feminismo" que, por cierto, hay que partir de la siguiente base:

Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.

Una vez aclarado el contexto, sigamos.

Esta ley restringe a las mujeres el derecho de elegir en una situación tan crítica como la de un embarazo no deseado o malformaciones en el feto (o cualquiera que sea el motivo del aborto) y además las declaraciones de Fernández ofenden y dañan a la mujer. Es harto obvio que cualquier feminista criticaría ferozmente tanto la medida como la posterior rajada. Y es que el feminismo es un movimiento serio que pelea contra las desigualdades, pero en estos últimos tiempos, las féminas que se auto incluyen dentro del movimiento y se declaran contrarias al machismo y al paternalismo, más que contribuir, deslegitiman el feminismo, le hacen perder fuerza y lo hacen parecer ridículo (nada más lejos de la realidad).


El feminismo del XXI se reduce a lo siguiente: se combate todo tipo de agresión de tipo físico, psicológico, laboral, etc., proferida por un hombre. Es decir, parece que todo se limita a la defensa de los derechos que afectan a su género, y está bien. Pero es una extensión del individualismo. Solo se combaten las desigualdades contra una misma. La solidaridad y la lucha por los derechos del colectivo no existe en este neofeminismo.

 Pero aún hay más amigos. Es muy común justificar comportamientos amorales desde la posición del feminismo, como si por ponerse alguien la capa de Súper Feminista se librase de cualquier censura y pudiera  engañar al resto actuando en boga del feminismo, cuando realmente se actúa en boga del más puro hedonismo narcisista. Pero no se vayan todavía.

Esta corriente feminazi manifiesta su repulsa hacia el machismo, pero solamente cuando este machismo les afecta de forma perniciosa a ellas.

No quisiera ser populista, pero mi ejemplo va a ser muy claro y de mucha actualidad. Es una estrategia de marketing muy frecuente entre los propietarios de discotecas, locales, bares... el bajar el precio de las entradas de las mujeres para que así la horda de machotes en celo acuda.

Este método (que lamentablemente funciona) es machista a más no poder pues usa a la mujer como objeto y quien no lo ve así es porque no quiere. Pero claro, esta situación beneficia a las mujeres que quieran salir esa noche gratis. Esas mismas que quizás minutos antes y probablemente minutos después vuelven a hablar de feminismo y de machismo, de derechos, de desigualdades.

Concepción Arenal, Victoria Kent o Clara Campoamor estarían de todo menos orgullosas.

El feminismo se destroza desde su propio seno, y aquellas feministas serias (que las hay) deberían dar un toque de atención a aquellas que tiran piedras sobre su propio tejado.

Cuando un movimiento quiere ser tomado en serio tiene que asegurarse de que en sus entrañas, sus integrantes, sus adeptos, sus seguidores, lo respetan tanto como pretenden que sea respetado.



lunes, 18 de marzo de 2013

Deshumanización

Aquella mañana desperté. No fue como todas las mañanas, no fue un despertar físico, sino un despertar moral, espiritual, intelectual.
Soñé que estaba en coma. Lo estaba sin saber realmente que lo estaba. El agobio y la congoja me hicieron levantarme y me pregunté en qué se diferenciaba el sueño de mi situación actual.

Salí a la calle. Todos parecían iguales, pero yo los veía distintos. Mi capacidad de juzgar había vuelto a su actividad normal y frecuente antes del letargo, facultad de la que yo solía hacer gala.
Caminaban rápido, sabiendo bien a dónde iban y a dónde volverían después. Como autómatas.
Esta película de terror, esta secuela de Hitchkock, este pueblo de robots, tenía que tener algún precedente del cual en los últimos meses no me hubiese dado cuenta.

Hacía ya un año que habíamos salido de la crisis. Los brotes verdes aparecieron, parece ser que la banca se saneó, la clase política recobró su prestigio y el déficit ya era historia.

La realidad es un cristal empañado sobre el cual tememos pasar la mano para enfrentarnos a nuestros males, a lo que de verdad acontece, y embriagarnos con todo ese vapor de pseudorrealidad, sin hacer frente a los contrastes que tras él se esconden, esperando.

La clase media dejó de existir, el estado del bienestar murió, como mueren los anónimos, sin ser atestiguado y sin que nadie llorase su pérdida. Nadie lloraba porque nadie sentía ya, como mucho, los sollozos se acumulaban entre un sentimiento global de pasividad e indiferencia.
Un país que no sentía ni padecía. La primacía del resurgir económico había ahogado, dotando de total irrelevancia, los sentimientos, la crítica, la reflexión, y lo más duro, el arte.
Una nación que ni escribe ni lee, porque no piensa.
El automatismo se había apoderado de los súbditos, capaces no mucho antes de analizar y de ser escépticos. El odio al creativo, al crítico, al reflexivo, cundió entre los feligreses de esta religión, este dogma que pretendía estrangular cualquier atisbo de humanidad, quizá sin mala intención, víctimas ellos también de la superioridad de los números, de las cifras, de las finanzas, del dinero. O quizá conscientes, a sabiendas de que sin detractores, el trabajo es un camino de rosas.

Los antiguos intelectuales, los que hacen despertar a la masa dormida, los que despiertan la razón, los Unamunos, los Sartres, los Rousseaus, habían desaparecido. O fueron atrapados por el automatismo, implantándose en su antes lúcida mente el chip del "borreguismo", o huyeron en un acto de resignación.

Esta reflexión la tracé mientras andaba unos escasos cien metros, en unos pocos minutos, cerciorándome yo mismo, pues a nadie más podía acudir, de que había recuperado mi dormida capacidad.

Seguí andando, observando al resto de víctimas, presas de las prisas, que compraban, que vendían, que comían, bebían y dormían. Pero no sentían.

Un amargo pesar me invadió, me recorrió la tráquea y me atravesó hasta las plantas de los pies. El saber que vivía en un sitio donde no se siente, ni se quiere sentir, y se castiga a quien lo hace, me provocó dolor, un dolor que trascendió del espiritual, un dolor físico, unas punzadas en el pecho y unos sudores fríos, que no había tenido antes por haber "estado en coma". No creía que fuese a soportar este suplicio mucho más.

Volví a casa derrotado, torturado por mis propios sentimientos. "Al menos siento", pensé. Pero ¿de qué sirve sentir en un mundo al que le pinchas y no grita, en el que el afecto, el amor y el cariño, habían sido sustituidos por el automatismo, la indiferencia y lo insulso? De muy poco. O de nada.

En mi pecho un cuchillo. En el suelo una nota. En ella, estas palabras:

"Sin humanidad, no hay humanos".

No esperaba que nadie lo viese, era tan solo la purga de mi conciencia.

miércoles, 23 de enero de 2013

Estereotipos

Cada persona es un mundo. Comportamientos, opiniones, gustos, deseos, ansias, pensamientos, ambiciones... las hay de todos tipos. Nadie tiene algo igual que otro. Nadie es diferente, pues nadie es igual. No existiendo la igualdad no puede existir la diferencia, puesto que al desaparecer un concepto necesariamente desaparece su opuesto a carecer de sentido.
La gama cromática humana es infinita, llena de matices, no habiendo un mismo rojo ni un mismo azul. Es la diversidad la que mueve el mundo. La oposición de contrarios, que decía Heráclito, es lo que actúa como motor del género humano. Es esta, la convivencia de diferentes, la esencia de la naturaleza del ser.

Hasta aquí, todo parece irrebatible, y todo lector deberá estar de acuerdo con lo que acaba de revisar. Verdades irrefutables, que atienden a la lógica y la razón. Pondríamos la mano en el fuego por estas sentencias que bien podríamos decir conforman una ley universal.

Pero es entonces, es aquí, una vez asumido lo verdadero de estas palabras, cuando introduzco el conflicto.

"No hay ninguno igual que otro". Es lo que se puede resumir de lo anteriormente asimilado. Entonces, un concepto más o menos reciente irrumpe en todo este clima de diversidad humana, y hace tambalear todos estos argumentos, planteando el siguiente incómodo dilema racional; el estereotipo.

El estereotipo, en el contexto antropológico, es el modelo de persona, que física e intelectualmente, tiene dos funciones: regir y ser amado. Rige al igual en condición (por ejemplo, el estereotipo de hombre rige a los que son hombres) y es amado por el de condición opuesta (las mujeres si seguimos este ejemplo).
Con la evolución de los convencionalismos sociales aparece el estereotipo, que va cambiando en función de lo que en el contexto social del momento se considera más deseable. Pero va más allá.

El estereotipo es un gran arma. Sirve a quien lo quiera utilizar, no importa con qué menester (véase a los gobernantes, los diseñadores de moda o los medios de comunicación) para convertir a esos seres llenos de matices en ovejitas más para el rebaño, cuyos balidos son indiferenciables unos de otros.

Siendo regido por o amando un estereotipo, se pierde cualquier atisbo de originalidad o independencia, y se sucumbe a la más insustancial y aburrida de las igualdades.

Pero amigos, que esta necedad no nos haga dudar de la necesaria diversidad inherente a la especie humana.
La ley que expone que "todas las personas son diferentes" no ha muerto, no ha perdido un ápice de vigencia y sigue siendo la reina.

"¿Entonces? ¿Ahora qué? ¿Cómo se resuelve el terrible conflicto que nos plantea la aparición del estereotipo en este panorama?"

Pues lo dicho. La ley sigue vigente y no se debilita. Solamente hay que introducir al estereotipo en este teorema, como si introdujésemos una "y" en una ecuación con el fin de despejarla. Veamos:

Todas las personas son diferentes. Quien sigue los estereotipos no lo es. Ergo los susodichos no son personas.

Dicho está. La lógica y la razón hablan por sí solas, no necesitan más sustento que ellas mismas.
Si eres contrario a los estereotipos, tranquilo, no eres el antihéroe. Simplemente eres persona. Ódialos, sigue odiándolos, que no hay nada más bello que ser humano y que estar vivo.