martes, 9 de octubre de 2012

Yokos y Johnes

Todos sabemos que un grupo o conjunto que se precie, sea de lo que sea, cuenta con constantes modificaciones en el número de individuos.
Estas modificaciones pueden producirse de dos formas: por deserción o por destierro. 
La deserción está duramente castigada con el más insultante de los desprecios, y ni siquiera la historia puede absolver a quien deja su grupo por decisión propia. Bien lo saben, por ejemplo, Rosa Aguilar o Luis Figo. Pero estas personas son recordadas siempre, pues el odio y el rencor es algo que siempre perdura.
Los desterrados en cambio marchan por decisión ajena, y despiertan sentimientos piadosos y compasivos, como Trotski o Vicente Del Bosque. En cambio, como las condiciones de piedad y compasión son sentimientos efímeros que se evaporan, los desterrados son personajes generalmente vencidos por el olvido.

Pues bien, el arte, como fenómeno que engloba diferentes disciplinas, debe ser indudablemente considerado grupo. 
Y dentro de las subdivisiones artísticas hay una de ellas cuyo destierro es inminente. La música. Culpa suya, pues se ha corrompido, las juergas y las malas compañías le han pasado factura, y cuando es lunes en el mundo del arte y la música tiene que madrugar y volver al tajo es difícil mirar a los ojos. La arquitectura le observa con aires de superioridad y el cine ya no quiere salir con ella los viernes. Y pide perdón igual que lo pide el maltratador, sabiendo que lo volverá a hacer.

Esta fractura de las relaciones con las demás compañeras y este no ser el de antes no ha venido por casualidad ni de repente, y es que al igual que John Lennon degeneró por culpa de un segundo, si la música descuidó a sus Beatles es porque también tiene una Yoko. 
Esta Yoko son los electrolatinos. 
¿Los qué? Se preguntarán los (afortunadamente) más desconectados de la televisión radio e internet en los últimos años. Pues bien, mi definición tratará de ser lo más descriptiva posible:

Electrolatino: dícese del género musical que combina el reggaeton (o algún tipo de subgénero, perdonen mi ignorancia en el argot "wisinyandeliano") con la música dance. Habitualmente interpretada por vocalistas que suelen ser de Vallecas, Torrelodones, Roquetas o Guarromán, con un acento incomprensiblemente latino.
Incomprensible porque dudo alguno de ellos sepa situar Puerto Rico en el mapa.
Sus videoclips nos muestran a una horda de chicas despampanantes que acuden en bandada embriagadas por el magnetismo y el indudable atractivo que rezuman estos electrolatinos, generalmente calvetes y gordinflones. 
Es curioso ver como el público femenino tiende a ser aficionado a esta música, cuyas letras y vídeos degradan a la mujer.

Y es que amigos, a cada uno le puede gustar lo que quiera, pero independientemente de esto, en el arte hay unos cánones, y considerar que lo bueno o lo malo en arte es algo subjetivo es un error. 
Os dejo esta crítica corrosiva mientras Freddy Mercury, Kurt Cobain y Enrique Urquijo siguen revolviéndose en sus respectivas tumbas.

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