jueves, 10 de abril de 2014

Afrodita era una zorra: capítulo 1


 (Edu está sentado en una silla frente a su portátil. Detrás de él, Senén gesticula de forma obscena e infantil. Edu sigue a lo suyo, hablando hacia la webcam, dirigiéndose a quién sabe quién).

EDU: (dirigiéndose sola y exclusivamente a la cámara, ignorando en la medida de lo posible a Senén, cuyos gestos van aumentando en obscenidad progresivamente hasta caer en lo escatológico. Tímidamente empieza su discurso). Hola. ¿Qué tal? Realmente esto que estoy haciendo, este vídeo que estoy grabando, no sé si lo verá mucha gente. No sé siquiera si verá la luz. Mis amigos están hartos de tratar este tema conmigo, de oírme hablar de ello, y para no agobiarlos más y también y sobre todo para obtener algún consejo menos disparatado y absurdo que los que me ofrecen mis colegas, es por lo que me he decidido. (Carraspea. El tono del discurso comienza a ser más grave). A mis veintiún años soy virgen. Pero la movida no es esa. Lo realmente inusual es que me da absolutamente igual. Lo que yo realmente busco es amor, ese amor que me lleve al sexo. Nunca me resultó fácil entablar una conversación coherente con ninguna chica. La verdad es que me intimidan bastante. Pero no sé por qué.
La gente confunde el amor con la compañía. Se siente sola, y busca compañía para paliar su soledad. Lo que la gente no sabe es que la compañía no es incondicional, mientras que el amor sí. Por eso, la única compañía incondicional es la que nace fruto del amor. Lo que la gente sí sabe es que la compañía es la prima fea del amor, y que cuando una persona está de verdad abatida, la compañía no es medicina, no es remedio, no es solución. La verdadera soledad es la que se siente igual cuando te sientas solo en un parque a echar de comer a las palomas que cuando estás bebiéndote una copa en un garito rodeado de amigos. Por eso, porque somos una generación de pusilánimes incapaces de soportar la soledad, nos lanzamos a la calle, a los bares, e incluso a las bibliotecas, en busca de algún amante potencial que borre toda esa soledad con un beso, con una caricia. La última opción suele ser irse de putas. Realmente dudo que los puteros busquen simplemente echar un polvo. El porno ha avanzado mucho y las técnicas de masturbación cada vez son más sofisticadas y originales. Dudo que  a nadie le dure tanto una erección como para coger el coche y plantarse en un local de luces perdido en las profundidades de cualquier carretera comarcal. No es la lujuria el motor de esta acción, no es el deseo tampoco el que sustenta estos negocios. El verdadero motor de todo esto es la soledad. La gente que no es capaz de follar gratis, tampoco suele ser capaz de encontrar el amor fácilmente. Por eso recurren al sexo como sustitutivo del amor. Es como cuando llegas a casa a las cinco de la mañana totalmente borracho, imaginando que cuando llegues tendrás en el poyo de la cocina, platito con platito, unas croquetas, o unos boquerones fritos, o un bocata de mortadela con aceitunas, yo qué sé. El caso es que cuando llegas recuerdas que no tienes a nadie que te cocine, abres resignado el frigorífico y te comes un par de salchichas crudas. Pues eso.
(Mientras, Senén sigue con lo suyo, mostrando en segundo plano a la cámara un amplio repertorio de guarrerías y bailoteos varios).
Yo, sin embargo, no me siento solo. Disfruto de mi compañía cuando la tengo y de mi soledad cuando la compañía se va. Simplemente sufro por la vana ilusión de encontrar algo de amor, algo de lo que aún no he podido disfrutar en veintiún años. Ni de nada que se le parezca. Soy un romántico en un lugar y en una época de pragmáticos superficiales y egocentristas. Al menos, no padezco del común síndrome de la envidia. En parte, porque mis amigos tampoco es que sean gente con especial suerte en esa materia tan ambigua que es el amor.

(Cambio de escenario. Mientras Edu termina su digresión, Nauzet se fuma un canuto sentado solo en un banco del parque. La voz de Edu va disminuyendo en volumen hasta que desaparece. Una chica atractiva se sienta en el mismo banco que Nauzet).

CHICA: ¿Puedo sentarme?

NAUZET: Sí, claro. (A Nauzet le sienta bien que la chica quiera sentarse a su lado pese a haber bancos vacíos. Incluso le sorprende).

CHICA: (tras intercambiar algunas palabras con Nauzet y sintiéndose a gusto) ¿Me das una calada?

NAUZET: (Tras mirarla unos segundos) ¡Aaaaamiga! Aquí está la trampa ¿no? La letra pequeña. Detrás de cada buena acción humana se esconde la más asquerosa de las intenciones. Cuando has venido he dicho: “mira qué chavala más salá, que viene aquí y se sienta conmigo aunque tenga pinta rara y haya más bancos”. Pero qué va, tú solo quieres una triste calada. Pues te la daría tía, porque es fruto de la madre tierra y todos somos hermanos y todas esas mierdas, pero ya he malgastado mi tiempo contigo, ¿sabes? Y no voy a malgastar también mi yerba. Nos veremos (se despide con un gesto característico que hace siempre Nauzet al saludar y al irse).

EDU (voz en off): (sigue narrando.  Después del paréntesis, continúa su reflexión). A algunos, como Nauzet, su desconfianza y su introspección les hace cerrarse en banda a cualquier posible relación. ¿Cómo te vas a enamorar de alguien, si te cuesta dar la hora cuando te la piden?

(Mientras, se ve a Nauzet marchándose indignado mientras sigue fumando).

(Cambio de escenario. Aparece Licho encendiendo un cigarro en la calle, apoyado en la pared. Hay una chica al lado suya. Licho decide interactuar con ella).

LICHO: Hola. ¿Qué tal? ¿Esperas a alguien?

CHICA: Qué va (tras saludar con la cabeza). He salido a tomar el aire durante el descanso. Trabajo aquí, en el centro comunitario (se gira y señala el recinto que se encuentra tras la pared donde Licho estaba apoyado). Soy agente de la condicional, pero también tengo bastante de psicóloga, aunque no haya estudiado la carrera (ríe). Me llamo Lola, por cierto.

LICHO: (tremendamente avergonzado). Yo soy Licho. Encantado (se dan dos besos). ¿Quieres un cigarro?

LOLA: Pues sí, estaría bien. ¿Y a ti? ¿Qué te trae por aquí? No suele haber mucha gente relativamente normal por estos lares (ríe).
(Sale por la puerta un compañero de Lola para avisarla. Acabó el descanso. Tiene que regresar al curro).

COMPAÑERO: Vamos, Lola. Al tajo. Hoy tienes un nuevo delincuente en tu grupo de trabajo a la comunidad. He estado ojeando su ficha (ríe). Tiene pinta de ser un prenda de mucho cuidado. (Mira a Licho y se dirige hacia él, curioso). ¡Coño, pero si es éste! ¿Qué pasa, os conocéis? Bueno, qué más da. (Dice interrumpiendo a Lola, que iba a hablar). Tú (a Licho), corre a ponerte el mono y aséate un poco, parásito.
(Licho obedece al agente, no sin antes lanzarle una mirada de rabia contenida. A Lola no la mira, la esquiva avergonzado. Se marcha hacia adentro con la cabeza gacha).

EDU (en off): (sigue su monólogo). A otros, como Licho, las circunstancias los inundan, les ahogan. Decía Ortega… o Gasset, no me acuerdo, que alguien es él y sus circunstancias. En este momento Licho es todo circunstancia.

(Mientras, se ve a Licho alejarse alicaído).

(Cambio de escenario de nuevo. Aparecen Edu y Senén sentados en la terraza de un bar).

EDU: Illo, Senén, hay dos chavalas detrás tuya que son tela de guapas. Míralas, pero con disimulo, tú sabes.
(Senén se gira muy bruscamente antes de que Edu termine la frase).

EDU: Tío, menos mal que te he dicho que te gires disimuladamente…

SENÉN: Ts, sabes perfectamente que esa es una frase inútil, macho. Una frase innecesaria. Yo las llamo frases sobrantes.

(Edu le interroga con la mirada, a lo que Senén responde).

SENÉN: A ver, son frases que sobran en la lengua. No las palabras que la componen claro, sino el orden en el que se combinan. Son frases que decirlas o no decirlas da lo mismo, porque va a surtir el mismo efecto se digan o no: (enumera) mira disimuladamente, a ver si quedamos y nos tomamos una cerveza, avísame cuando vayas a correrte…

EDU: Interesante teoría. (Se calla unos segundos). Podríamos entrarles a esas dos niñas ¿verdad?

SENÉN: (indiferente). Sí, supongo

EDU: ¿Sí? ¡Venga, vamos allá! Me levanto y les digo algo amable. Tú no te pongas nervioso y mantente tranquilo.

(Edu se levanta y va hacia la mesa donde están las dos chicas. Senén le acompaña unos pasos atrás, muy calmado, casi somnoliento. Tras intercambiar un par de palabras, una de ellas le dice a Edu que se van a ir a otro garito, y les proponen acompañarlas. Ellos dos acceden de muy buena gana. De camino, las palabras fluyen lentas pero agradables, tímidas pero simpáticas. Hasta que Senén empieza a aullar y a ladrar. Al principio las chavalas lo toman como una broma, pero el volumen, la intensidad y la frecuencia de los aullidos y ladridos aumentan hasta ponerse a cuatro patas y morder a una de ellas en el tobillo. Acto seguido sale huyendo. Edu, con suma naturalidad, tras hacer un gesto de resignación con los hombros a las chicas, sale corriendo tras él).

(Edu por fin lo alcanza. Senén le ladra. Edu le da una colleja en la nuca y se calma).

EDU: Va, Senén, calma bonito, ya pasó (con naturalidad, como si fuese un procedimiento habitual). Venga, buen chico (le da una galleta perruna como premio. Senén le observa, jadeando. Edu saca de su bolsillo una correa y se dispone a ponérsela, pero Senén se resiste). ¡Senén, cojones! Mira, te la voy a poner igual. Tienes dos opciones: o eres buen chico, te pongo la correa y nos vamos dando un paseo, o te la pongo de todas maneras y te dejo ahí atado a una silla. Bueno, a una silla no porque te la llevas por delante, pero… ¡a una farola! Una farola no tienes polla de tumbarla ¿eh?

(Senén accede finalmente y deja que su amigo le ponga la correa).

EDU: Muy bien. Toma tu dentastix.

(Los dos se van dando un paseo mientras se escucha la voz en off de Edu).

EDU(off): Por último, está la gente como nosotros, como Senén o yo, a los que nuestras taras no nos permiten acceder al amor. Dicen que el amor es una fuerza igualadora, pero discrepo. No es fácil entablar una relación amorosa cuando te crees un puto perro. Es uno de los muchos desórdenes que tiene Senén, desórdenes de los que ya os iré poniendo al día, porque se necesita tiempo. Yo, que llevo toda la vida con él, estoy ya muy acostumbrado, pero el puto Dr. House se hubiese frotado las manos si hubiese conocido a este pavo.

(Cambio de escenario. Aparecen Edu, Nauzet y Licho parodiando a House y su equipo médico).

EDU: Señores, el paciente sufre unos episodios de desquicio por los cuales pasa a creerse un perro y a actuar como tal. ¿Qué puede ser? (coge el rotulador y se dispone a apuntar en la pizarra, no sin antes dibujar un perro con el prepucio gigante).

LICHO: Podría ser lupus, Dr. House.

EDU: ¿En serio? ¿Lupus? Llevamos ochocientos mil capítulos de serie y ningún puto paciente del hospital ha tenido lupus incluso cuando los indicios apuntaban a ello, ¿y va a ser ahora?

NAUZET: De hecho tiene bastante sentido, Dr. House. Desde que trabajo aquí, los enfermos nunca tienen lo que creemos que tienen al principio. Como aquella señora que pensamos que tenía una pulmonía y en realidad se había tragado un mapache.

LICHO: Tiene razón, Dr. House. Al final siempre tenemos que hacer una investigación del carajo. Siempre acabamos yendo a la casa de los pacientes y todo.

NAUZET: Eso es ilegal, ¿verdad?

LICHO: Tiene que serlo. Y además, ¿no hay más putos médicos en este hospital, Dr. House? Siempre estamos pringa ’os hasta el cuello nosotros. Yo sé que el tema de la sanidad en Estados Unidos está chungo, pero es que a mí no se me están pagando las horas que yo echo aquí, Dr. House.

NAUZET: Eso es cierto, Dr. House. Además, siempre nos encasquetan a los enfermos más chungos a nosotros, cojones. Es que llevo aquí seis años y todavía no me ha venido ninguno con una apendicitis, ni una gastritis, ni un herpes genital… y esos marrones al final siempre nos los comemos los curritos, Dr. House, porque cuando luego usted se va a tontear con Candy nosotros dos seguimos currando.

LICHO: Además, Dr. House, esa mujer pasa de usted. ¿O no se da cuenta? Que llevamos ya no sé cuántas temporadas y todavía no os aclaráis, por dios santo.

NAUZET: Además esa tía ya es pureta, Dr. House. Para cuando de verdad se la ligue ya ni va a estar buena ni nada. Y usted es un hombre atractivo.

EDU: ¡Bueno, se acabó ya la parodia, cojones! ¡Vaya dos tíos “jartibles”! (Exasperado, se quita la bata, tira el bastón y mira a cámara, quedándose él solo en el plano). Lo que Senén verdaderamente tiene se llama licantropía.

NAUZET (solo voz): ¡Illoooo como el de Harry Potter!

EDU: Sí, bueno. No como el de Harry Potter exactamente, ni como el otro maromo, el del “queprúsculo” ese. Se trata de un síndrome psicológico real. (Se saca un papel y lee). Es un desorden mental por el cual el individuo entra en trance y pierde la noción de su identidad, transformándose en un animal. La mayoría de enfermos que sufren este síndrome suelen convertirse (hace el gesto de las comillas) en lobos o perros.

(Nauzet y Licho aparecen en el plano).

NAUZET: Pues yo me convertiría en ornitorrinco, loco.

LICHO: ¿En ornitorrinco? (Extrañado)

NAUZET: Por curiosidad, tío.

(Cambio de escenario. Edu y Senén siguen paseando. Senén vuelve a la consciencia y deja de creerse perro. Se incorpora poco a poco, con la ayuda de su amigo).

SENÉN: (estirándose) ¡Qué dolor de columna, tío!

EDU: Anda que vaya tela… Corre, vamos al coche. Hemos queda’ o en La Colina con esta gente.

(La voz en off de Edu se funde con una canción mientras los chicos hacen su camino hacia la colina. Nauzet espera, ya allí, sentado en un banco mientras disfruta de otro peta. Licho sale de los servicios a la comunidad y se dirige hacia allá, y Edu y Senén arrancan el coche en la misma dirección).

EDU(off): La Colina no es ni siquiera una colina de verdad. Es simplemente un montículo en medio del parque del barrio, que tampoco es nuestro barrio. Senén y yo somos los únicos que vivimos en el centro, pero siempre nos reunimos cerca de donde viven Nauzet, Licho y Ramiro. Por cierto, aún no os he hablado de Ramiro, quien ha asistido hoy por primera vez a la terapia para adictos al sexo a la que está obligado a ir. ¿Que por qué?

(Flashback: primeros días de Julio de 2013. Cambio de escenario: aparece Ramiro en una estación de tren, mirando atento los horarios).

RAMIRO: Pfff… Aún tengo que esperar hora y tres cuartos.

(Se sienta en uno de los asientos de la estación, apático. De repente, su móvil suena. Lo coge y ve quién está llamando: “llamada entrante de Laura”. Extrañado, responde).

RAMIRO: ¿Diga?

LAURA (al teléfono): Ramiro, me ha dicho Edu que te vas dos meses a currar a Valencia.

RAMIRO: Pues sí. Me ha salido un currete. No es gran cosa, pero me van a venir bien dos meses apartado
de tanto calor. Me ha extrañado mucho que me llames. ¿Ocurre algo?

LAURA: Bueno… ocurrir no ocurre nada, pero me gustaría verte antes de que te vayas. ¿Estoy a tiempo?

RAMIRO: (mira la hora). Sí. Si te das prisa te da tiempo. Estoy en la estación de trenes. ¿Vienes o qué?

LAURA: Sí. En diez minutos estoy allí.

RAMIRO: Perfecto. Ahora nos vemos. (Cuelga). ¿Qué querrá ésta?

(A los diez minutos, puntual, llega Laura. Se ven y se saludan con dos besos).

LAURA: ¿Qué pasa, Rami? ¿Qué tal estás?

RAMIRO: Pues bien, aquí. Se me ha hecho muy raro que me llames después de… bueno ya sabes… de aquello que…

LAURA: (tajante) de que te follases a mi abuela.

RAMIRO: Pfff… es que Laura, así dicho suena muy feo.

LAURA: Suena a lo que es, Ramiro. No me jodas.

RAMIRO: Bueno, ¿qué pasa? ¿Que has venido a recriminarme movidas?

LAURA: No, claro (más amable, reculando). He venido a verte a ti (le pone ojitos).

(Cambio de escenario. Laura y Ramiro se besan en los servicios de la estación. Laura empieza, muy sensualmente, a desnudar a su ex novio. Cuando al fin está completamente en cueros, coge su ropa y se marcha corriendo, rapidísima).

RAMIRO: (estupefacto y tras respirar hondo). Sí hombre…

(Ramiro sale de los servicios intentando que nadie lo vea. Tiene suerte. En los baños no hay nadie. Piensa mucho en las opciones, pero no hay ninguna salida alternativa y Laura le ha quitado todo lo que llevaba encima. Se maldice varias veces y la maldice a ella también. Harto de esperar una solución que nunca va a llegar, se decide a salir).

RAMIRO: No voy a estar aquí todo el día, y menos en pelotas. Ea, de perdidos al río.

(Ramiro abre la puerta de los servicios y echa a correr como alma que lleva al diablo. En su carrera, se topa con dos agentes de la policía nacional que lo detienen de inmediato).

EDU (voz en off): Al mes y medio, Ramiro recibió una multa por exhibicionismo y una sentencia judicial que le obliga a asistir semanalmente a terapia. Laura prestó declaración y definió a su ex novio como “un peligroso adicto al sexo, pero dentro de la legalidad, sin maldad ninguna”.

(Cambio de escenario. Senén, Edu, Nauzet y Licho esperan en el banco a Ramiro. Cuando éste llega, empiezan las burlas).

EDU: ¡Hombre! ¿Qué tal tu primer día de terapia?

NAUZET: Illo, ¿os dan bromuro a la entrada? Bueno, aunque en realidad, tiene más sentido que os lo den a la salida. Sí, porque si entre vosotros dentro de vuestro clima de perversión queréis hacer guarrerías… guay; pero cuando salgáis a la calle con las personas normales no mola que vayáis ahí psicóticos perdidos. Lo que sí que tienen que repartir por cojones son condones, tío. P’ a que no vayáis por ahí pegándole venéreas a la peña. Y para que no tengáis descendencia hasta que os reinsertéis, claro.

SENÉN: ¿Y hay alguna que esté buena o qué?

LICHO: En verdad qué puto mal rollo… Con todos los enfermos ahí… Tiene que haber cada personaje (ríe)…

RAMIRO: A ver… (responde a sus colegas por orden de intervención). Bien, gracias. No, no hay bromuro. Condones tampoco. Sí, sí que hay alguna (ríe pícaro). Y no, no son enfermos. Son gente totalmente normal. Gente como vosotros (piensa un momento en lo que acaba de decir). Bueno, ¡qué cojones!¡ gente muchísimo más normal que vosotros!¡ Dónde va a parar!

LICHO: Oye, cuida’ o…

RAMIRO: Tú sabes que yo no quiero faltar, pero es la verdad, hombre. Este pavo (señalando a Senén) se cree un puto perro, no me jodas…

EDU: Ahí nos ha da’ o…

RAMIRO: De hecho, yo os recomiendo, ¡qué coño! Os insto a que vengáis conmigo.

LICHO: Tss… ¿para qué? El que está malito eres tú, macho. ¿Qué pintamos nosotros ahí?

RAMIRO: ¿Malito por qué, cabrón? Malito éste (señala a Senén), que se cree un perro.

SENÉN: ¿Otra vez lo vas a decir, colega?

RAMIRO: Lo siento, tío. Bueno, el tema es: no se trata de ninguna enfermedad, joder. Nuestra terapeuta nos ha explicado que cualquier cosa es potencialmente una droga. A cualquier cosa nos podemos hacer adictos. Incluso a cosas sanas. Como el sexo, joder. ¡El sexo es sano!

NAUZET: (interrumpiéndole). Bueno, depende del nivel de perversión…

RAMIRO: La terapeuta también nos ha explicado que…

NAUZET: (interrumpiéndole otra vez) ¿Está buena la terapeuta?

RAMIRO: (harto de su colega). Sí…

NAUZET: Vale. Puedes seguir.

RAMIRO: Pues eso. Nos ha dicho que hay mucha gente que es adicta al sexo y no lo sabe. Y yo estoy
seguro de que vosotros lo sois.

LICHO: Qué va, macho. Eso que estás haciendo, en psicología tiene un nombre: se llama reflejo. Estás reflejando tu circunstancia en la de otra persona para hacerlo más llevadero…

SENÉN: Mal de muchos, consuelo de tontos.

LICHO: ¡Eeeexacto! Y eso está muy feo, macho.

RAMIRO: ¿Qué reflejo ni qué pollas? ¿En serio piensas que estoy reflejando? ¿Quieres que vaya uno por uno?

LICHO: Adelante.

RAMIRO: Perfecto. Veamos: tú eres un adicto al sexo (señalando a Edu).

EDU: ¿Yo? Pero si soy virgen, desgracia’ o.

RAMIRO: ¡Más a mi favor! ¡Más enfermo todavía! Eres un adicto pese a no saber si mola o no. Eres como el capullo aquél que todos los días llamaba a tu primo Jairo para que le pasase coca y en la vida la había proba’ o.

EDU: (haciendo memoria). El Teta… ¿qué habrá sido del notas ese?

RAMIRO: se murió el año pasado. Pero la movida no es esa, la movida es que eres un adicto. Un adicto a algo que aún no has probado, pero un adicto al fin y al cabo. Lo tuyo es más grave aún si cabe.

EDU: Tú bien sabes que yo no busco sexo, yo busco amor.

TODOS: (al unísono) ooooohhhh (jocosos).

RAMIRO: Pero si es lo mismo, cojones.

EDU: ¿Lo mismo el amor y el sexo? ¿Desde cuándo?

RAMIRO: ¡Pues de toda la puta vida, macho! ¡Desde que el mundo es mundo! Afrodita, la diosa griega del amor, que fue engendrada al caer las pelotas de Urano al Mar Egeo… ¡Afrodita era una zorra! Estaba todo el día por ahí golfeando. No había dios en el olimpo que no hubiese pasa’ o por la cama de la puta Afrodita. Y vayas tú a creerte que el matrimonio la calmó o algo. Qué va, hombre. La muy penca se casó con Hefesto pero estaba siempre que si Ares que si Adonis… Menos mal que al final Hefesto se enteró. Por culpa de Helios, que era una pedazo de chivata el muy maricona…

SENÉN: (interrumpiéndole). Illo ya está, ¿no?

EDU: Solo alguien como tú puede hacer una versión tan asquerosa de la Grecia clásica…

RAMIRO: De versión nada, nene. Los putos griegos, que estaban todo el día ahí liados… Pero son los padres de la civilización occidental, civilización en la cual tú vives y cuyos valores abrazas. Así que reconoce de una puta vez que el sexo y el amor son la misma cosa.

NAUZET: (dirigiéndose a Edu). La verdad es que lo ha argumentado perfectamente el muy cabrón.

RAMIRO: (a Nauzet) ¡Y tú también eres un adicto!

NAUZET: Yo qué cojones voy a ser un adicto al sexo. Esta mañana sin ir más lejos he rechaza’ o a una chavala por no darle una calada.

RAMIRO: Que tengas una adicción mayor no quita que seas adicto al sexo. ¿Cuánto llevas sin tener sexo?

NAUZET: Pff… Pues una barbaridad.

RAMIRO: ¿Ni contigo mismo?

NAUZET: Hostia, tú. Se me habían olvidado las pajas. Pues desde ayer. Pero vaya, que en cuanto llegue a mi “keli” me hago otra macuca ¿sabes o no? Yo es que voy a una diaria. No lo perdono. Eso te mejora el cutis la circulación la próstata los leucocitos…

LICHO: Los bíceps…

SENÉN: La vista es lo que se te puede joder.


NAUZET: ¡Qué va, hombre! ¡Eso es solo si miras el vídeo desde muy cerca!

LICHO: ¿Vídeos? Yo es que soy más de imaginarias, macho… Me monto unas películas, tío… Pero con argumento y todo eh.

(Edu se mantiene al margen de la conversación).

RAMIRO: Bueno Nauzet, acabas de declarar que eres un adicto. Siguiente.

NAUZET: No, amigo. La movida es que cascársela fuma’ o es un placer de la hostia. Una cosa lleva a la otra…

RAMIRO: Te equivocas. No eres adicto al sexo porque fumes. Lo serías aunque no fumases. Lo que pasa es que son vicios que casan muy bien. Adicciones complementarias se llaman, que lo han dicho hoy en terapia.

NAUZET: ¿Tú qué estás haciendo? ¿Terapia o un máster?

RAMIRO: (a Licho). Tú también lo eres, por supuesto.

LICHO: ¿Yo? Pero mira que eres pardillo… Que yo ligue no quiere decir que sea un adicto al sexo.

RAMIRO: Macho, ligas p’ a follar.

LICHO: “El fin justifica los medios”. Nicolás Maquiavelo. 1469 – 1527.

RAMIRO: Ya. Y si el fin es follar – y encima follar con las que tú follas – imagínate cómo de asquerosos serán esos medios de los que me hablas. Si el fin justifica al medio, el medio también justifica el fin. Es un silogismo disyuntivo clarísimo. Además, estás en servicios a la comunidad. A saber qué habrás hecho.

LICHO: (haciendo un gesto que le quite importancia y cambiando de tema rápidamente). Pero entonces ¿dónde está el umbral que mide esa adicción? ¿Qué línea tiene alguien que pasar para dejar de ser una persona normal y pasar a ser un adicto al sexo? Porque si yo soy un adicto, tú eres un súper mega adicto al sexo enfermo depravado asqueroso.

RAMIRO: ¿Por?

LICHO: Macho, pues porque hay una gruesa línea que separa ligar los findes p’ a follar de tirarte a la abuela de tu novia. O sea, doble delito: adulterio y gerontofilia.

RAMIRO: Lo de adulterio te lo acepto, pero de gerontofilia nada, chaval.

LICHO: Venga no me jodas. Ahora vas a saltar con lo de que…

RAMIRO: ¡Que esa señora está muy buena, cojones! Que tuvo a la madre de Laura muy joven, y la madre de Laura la tuvo muy joven a ella. No llega a los sesenta y cinco, coño.

LICHO: Y lo dice como si nada. Illo, que te saca varias generaciones. Que esa mujer ha visto jugar a Di Stefano, ha visto estrenar Casablanca, ha vivido el franquismo y la transición, se ha comprado el primer disco de Mocedades… ¡Que cuando Martes y Trece daban las campanadas ella era ya vieja, cojones!

RAMIRO: De acuerdo. Yo soy un enfermo que te cagas. Pero estoy en aras de reinsertarme. Lo he aceptado, que es el primer paso. Y tú deberías hacer lo mismo.

LICHO: Vaya “usté” a la mierda.

(Se hace un silencio).

SENÉN: ¿Y yo?

RAMIRO: (lo mira de arriba abajo). Tú te crees un perro, tío.

(Entre risas, Senén se lanza a por Ramiro y finge que le muerde un brazo. La música se funde con la voz en off de Edu, que con sus últimas palabras cierra el capítulo uno).

EDU (off): ¿Quién sabe si realmente somos adictos? Todo es cuestión de percepciones. Al fin y al cabo, la vida tiene demasiadas cosas chulas como para no hacerse adicto a ninguna. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Calle Trafalgar (cap3)

Desperté. Me incorporé, con los codos apoyados en la cama, mientras pensaba en la noche de ayer y en qué vendría hoy. Sin duda, si el karma existía, hoy sería un día tranquilo y apacible. Pero recordé que había hospedado a Timoteo sin consultarlo antes con Jandro. La peor sensación del mundo es despertar lleno de energía e ir recordando en hilera todas las cosas que has de resolver. Mientras me vestía, ensayaba mentalmente lo que le diría a Jandro. Preparaba cuidadosamente todas las razones por las cuales había invitado a un narcotraficante desconocido a vivir con nosotros de forma indefinida. Me anticipé a todas sus posibles respuestas y las fui desglosando una a una hasta rebatirlas todas. Todo ello lo hice mientras me quitaba el pijama. No obstante, fue en vano. Solo había pensado en cuánto odia Jandro que se tomen decisiones a sus espaldas, pero había olvidado por completo la capacidad de persuasión de Timo. Cuando llegué al salón, los dos disfrutaban de una birra y una bolsa de altramuces mientras se contaban sus aventuras y desventuras amorosas. Timoteo tampoco había tenido mucha suerte en sus relaciones. Sandra, quien solía ser su novia, lo dejó en la estacada en el momento en que dejó de poder conseguirle droga gratis. Había algo peculiar en su forma de narrar su historia con ella. Era prolijo en detalles y no le importaba contar las cosas tal y como pasaron pese a lo mucho que había sufrido, pero lo hacía de forma comedida, como si midiese el nivel al que se abría a nosotros para no romper a llorar. Al ver que le costaba tragar saliva y que su garganta se anudaba, quise desviar la conversación hacia un punto menos doloroso.

-   ¿A qué hora te has levantado?
-    Pronto. Fui temprano a casa de Ronco y llevo toda la mañana intentando vender esta maravilla por el barrio –dijo mientras me mostraba un chivato muy bien cargado.
-   ¿Intentando?
-    Sí, hermano. Tras toda la mañana vagando de acá para allá, no he encontrado en el barrio una sola persona  que quiera comprar. Al principio, simplemente lo dejé estar, pero cuando ya eran diez u once las personas que rechazaban mi mercancía, no he podido evitar preguntar por qué.
-   ¿Y qué han dicho?
-    Todos parecían estar bien servidos, y los que no, me decían que podían conseguir algo mucho mejor cuando quisiesen.

      Me extrañó mucho lo que me dijo. Timoteo sin duda no estaba menos perplejo, pero lo decía con ese inherente gesto de indiferencia que tanto me enervaba, y parecía no importarle; nada más lejos de la realidad. Yo había probado el material en otras ocasiones –gracias a Bernardo El Ascuas- y tenía claro que era imposible encontrar algo así en Sevilla. Algo de tanta calidad no se encuentra fuera del circuito de la costa atlántica, yo lo sabía, y Timoteo también. No quise creérmelo. Que alguien de La Gracia no quiera comprar lo que Timo traía y al precio al que lo vendía era como si un perro sarnoso harto de pienso de tercera o cuarta fila rechazase una pata de jamón de la dehesa. Quería ver aquello con mis propios ojos.
 
     Nada más salir del piso, paramos en la cochera de en frente,  que tenía la portezuela por donde salen los peatones abierta. Detrás se oía reír y charlar a tres o cuatro personas. Nos asomamos y vimos a tres chicas y un chico sentados en sillas de playa. Si no estaban fumando, acababan de apagar el último, pues en aquél garaje se respiraba felicidad. Jandro y yo estábamos seguros de que Timoteo simplemente había tenido mala pata esa mañana, pero que sería coser y cantar vender nuestra yerba por el barrio. Cuando tocamos a la puerta, entramos en la cocherita con el pertinente permiso de quienes allí estaban y les ofrecimos nuestro oro, nos despacharon como si les acabásemos de poner una mierda en la cara. Alguno incluso se rió, pero su mueca retrocedió al lanzarle Timoteo la misma mirada que me lanzó a mí cuando no quise beber de su copa. Nos fuimos de allí bastante confusos. Seguimos nuestra ruta, hablando con los yonquis nostálgicos de la calle Jesús Nieto, con los gitanos de los pisos de protección oficial, con los viejos que consumen para paliar los dolores de su osteoporosis, con los estudiantes ingenuos, con las amas de casa que disfrutan de una buena recompensa antes de acostar a los niños, y no hubo nadie que quisiera adquirir lo que le ofrecíamos. Hasta El Costra nos rechazó. Dimos aquello por perdido. Estábamos confusos y contrariados, especialmente Timoteo, que acababa de pagar doscientos euros a Ronco. Volvimos a casa y, tras el almuerzo, cogimos un par de papeles y un mechero y decidimos darle salida a la inversión de Timo como mejor sabíamos. “No sé qué coño está pasando aquí, pero lo voy a averiguar”, repetía continuamente. Nadie le contestaba, y realmente él no esperaba contestación. Estaba hablando consigo mismo, pero en voz alta, para aportar esa seguridad y ese empaque que aporta un pensamiento en voz alta. Nosotros no éramos más que unos testigos colaterales y circunstanciales de aquella promesa que se hizo a sí mismo en ese momento.

      Nuestro día a día en la facultad era bastante incierto. Cuando nuestro errático horario nos permitía ir a clase, nos dedicábamos a vagar por allí, totalmente desubicados. En uno de esos momentos de desorientación entramos en la clase equivocada, en segundo de periodismo, donde me pareció ver a Manuela. Al terminar las clases nos la volvimos a cruzar un par de veces, pero Timoteo aseguraba que en la vida había visto a esa mujer. Yo estaba bastante convencido en un principio, pero poseo la desagradable habilidad de dudar de mí mismo hasta el punto de dar por ilusorias escenas de mi vida totalmente reales. Sin embargo, su forma de mirarnos a Timo y a mí era algo peculiar. Coincidimos en el parque donde los estudiantes de la facultad yacen en el césped como lagartos, eliminando con cerveza y otras sustancias isotónicas cualquier vestigio de aprendizaje. Allí estaba ella, o una persona que se le parecía mucho, conversando con un grupo reducido, buscándonos con la vista, mirándonos por encima del hombro de sus compañeros y girando bruscamente el cuello cada vez que nuestra vista coincidía con la suya. No tenía claro si nos miraba como se mira a alguien a quien se conoce o simplemente miraba como miraba todo el mundo a la gente con pintas como la de Timo o la mía.

-   Yo creo que sí que es ella.
-    No. Créeme, soy bueno con las caras y no, no es ella.
-   ¿Entonces por qué razón se disloca el cuello cada vez que uno de los dos la pilla mirándonos?
-     Pues porque somos atractivos, macho. Día a día tengo que lidiar con situaciones incómodas como esta. A nadie le gusta que le descubran mirando a una persona que le atrae, hermano, porque el cortejo es competición, y las miradas muestran debilidad.
-    ¿Has fumado?

Tras un rato prudencial, y muy a pesar de Timoteo y su romántica teoría del cortejo, Manuela –porque era Manuela- terminó por acercársenos, disipando nuestras dudas con un “me tenéis totalmente intrigada”. Lo que vino a continuación sí que no me lo esperaba.

Yo atendí poco a lo que decía. Había algo en ella que me resultaba familiar, pero al mismo tiempo me parecía muy diferente a cualquier persona que yo hubiese podido conocer nunca. Al fin y al cabo, todos aquellos a los que he conocido, todas las amistades que he tenido o todas las conversaciones que he entablado han estado marcadas por el interés. En lugares como los que yo vivía y como los que sigo viviendo, todo es gobernado por el interés. Nadie se te acerca si sabe de antemano que de ti es imposible sacar algún beneficio. Es la selva. La selva tiene una única ley; la de sobrevivir, y cuando te riges por esa sola ley el tiempo es mucho más que oro. Nadie lo perdía por gente como yo o como Timoteo, y es por eso que desde muy pequeños quisimos andar metidos en líos y en trapicheos para que alguien pudiese querer sacrificar algunos minutos por nosotros. Sin embargo, Manuela parecía ser una de esas personas capaces de ofrecer su tiempo, su atención o su amabilidad sin necesidad de obtener una recompensa por ello. Aquello me pareció genial y bastante sorpresivo, pero el estar divagando sobre la condición humana hizo que no me enterase de casi ninguna frase que Manuela pronunciase en ese momento, por tanto no comprendí por qué estaba tan intrigada con nosotros. Timo, que poseía y sigue poseyendo una inteligencia bastante más práctica que la mía, me lo pudo explicar.

La noche en la que Timoteo pasó a ser un inquilino más de la calle Trafalgar, la noche en que yo sufrí la angustia de creer morir inminentemente, cuando hablábamos con Manuela y su amiga Adela y decidimos ir a por unas copas mientras Timo me preguntaba que a cuál de las dos me pedía, un tipo se acercó a ellas dos y les advirtió que éramos gente peligrosa, impredecible y sanguinaria. Les aconsejó alejarse de nosotros de inmediato, y así hicieron ellas, algo incrédulas, pero pensando que tal vez fuese lo mejor. Aquél hombre no les pidió nada a cambio, simplemente las miró marchar. Según Manuela, era un adulto de unos treinta y pico, de media altura, carácter calmado y con pelo corto. Según ella terminó la descripción, Timo bramó lenta y nítidamente: “Ronco”.

-    Es Ronco. Encaja a la perfección con lo que ha dicho.
-    ¿Estás seguro? Tampoco ha sido una descripción excesivamente exhaustiva. Quiero decir, pudo ser cualquiera. Puede haber decenas de miles de pavos en Sevilla que tengan esas características, no me jodas.
-     ¡Venga, hostia! No hace falta ser la puñetera Jessica Fletcher. Primero hace que las chicas huyan de nosotros, y después me vende esta yerba que resulta que nadie quiere, yerba que seguramente haya vendido previamente él para hacer que nadie quiera comprarme. Eso si no ha ido por La Gracia dando órdenes expresas de que no compren mi material. Ese mamón quiere vengarse porque yo lo desplacé del panorama cuando me convertí en el protegido de El Fantasma, como antes lo había sido Matías Mentor y como lo era el propio Ronco antes de que yo empezase a pasar por Cartaya. Es un hijoputa vengativo y calculador. ¡Vamos a por él!

Empezaba a cogerle el tranquillo a Timoteo, y cuando te hacía algún tipo de proposición sin antes consultarte, sin interpelar contigo y sin pedir en ningún momento tu opinión era porque realmente no le importaba, porque dijeses lo que dijeses, hicieses lo que hicieses, aunque te agarrases con las uñas de los pies y de las manos al asfalto, aunque apelases a la calma, a la reflexión y a la cordura o te encomendases a los dioses griegos, aquello iba a suceder. Fuese lo que fuese que él quisiese que sucediera. Me arrastró fácilmente de un zarandeo y ni siquiera me permitió despedirme de Manuela. Una vez más me iba de su lado sin yo querer. Sentí que poco importaba lo que yo quisiese. Era algo que había sentido toda mi vida, algo de lo que estaba huyendo cuando vine a Sevilla, pero quizá ese algo que me impedía realizar lo que verdaderamente quería no era más que yo mismo.

Estábamos allí. Ya habíamos llegado al bloque donde Ronco vivía, bastante cerca de nuestro piso, a unos quince minutos andando, en un barrio mucho más acomodado que el nuestro. Timoteo sabía perfectamente cuál era su planta y su puerta, también su portero automático, pero antes de llamar, nos detuvimos debajo del umbral de la puerta del bloque y miramos hacia los lados, también hacia arriba y hacia atrás. Es el tic del que tiene miedo. Miedo de haber tomado una decisión irrevocable pero que no sabe a dónde le llevará ni por qué la ha escogido entre multitud de opciones más. No obstante, allí estábamos, y quizá yo estuviese dispuesto a desandar lo andado y caminar atrás, de vuelta a nuestra anterior vida, la que teníamos antes de ir a por Ronco. Pero Timoteo no lo estaba. Aún no tenía las suficientes derrotas a su espalda como para ser consciente de que no existe un número finito de derrotas, sino que alguien puede perder tantas veces como decida jugar. Cuando empiezas a perder más de lo que ganas, descubres que el “eso no puede pasarme a mí” no existe. Es entonces cuando adoptas la vida del perdedor, coges su estética, su himno y su bandera.

-    ¿Diga?
-    ¿Ronco? Soy Timo. ¡Abre!
-     De acuerdo. Sube

No tenía nada claro lo que iba a hacer cuando nos abriese la puerta. No sabía de hecho qué era lo que Timo quería hacerle, si robarle, pegarle una paliza, pedirle explicaciones  o si iba a quemarle la mercancía. Tampoco sabía cómo. ¿Qué posición adoptaría? ¿Se haría el remolón un buen rato hasta que Ronco se diese cuenta de que lo sabía todo o se lo diría directamente, de sopetón? Tal vez ni siquiera pretendía hablar con él. A lo mejor le lanzaba un puñetazo a la nariz según Ronco abría la puerta, aprovechando que tendría la mano en el pomo y no podría cubrirse. Y aunque no lo sabía y la curiosidad me martilleaba el estómago, sabía que no era conveniente preguntarle. Haría que Timo perdiese los nervios y desde luego eso no nos interesaba a nadie de los que estábamos implicados en todo este asunto. Tocó el timbre y Ronco abrió. Estaba viendo un partido de fútbol. Se sentó en el sofá donde estaba antes de abrirnos, se lamentó por una ocasión que su equipo había fallado y nos ofreció un par de cervezas que aceptamos de momento. Los niños de barrio aceptamos una cerveza aunque nos la ofrezca el mismísimo diablo. El anfitrión se incorporó, fue a la cocina y nos trajo nuestras dos latas de rubia. Mi compañero se amorró a ella y la succionó en medio minuto. Aquello era un don. Cuando lo fui conociendo más, tuve ocasión de comprobarlo mejor. El muy cabrón era capaz de tragarse lo que fuera en cuestión de segundos. Hay personas que pueden controlar conscientemente órganos que normalmente funcionan de forma involuntaria. Timo concretamente controlaba la epiglotis a su antojo. Era un súper poder que le permitía alcanzar la embriaguez en el momento que le placiese. Terminó su birra y la dejó en un posavasos, de forma muy educada. Ronco, que había presenciado el show, carcajeó y exclamó sorprendido: “¡Dios! Eso ha sido la hostia!” Timo se dirigió muy lentamente a él. La suerte estaba echada. Timo volvió a hacer gala de esa capacidad de autocontrol emocional que yo atisbé cuando nos habló de su ex novia. Manejando a la perfección la situación, se dirigió a su paisano:

-    Devuélveme mi dinero. ¡Todo!
-   ¿Por qué? ¿No te gusta el material?
-    ¡No lo hagas así, Ronco! ¡No trates de engañarme, so mierda!
-    ¿Pero de qué coño me hablas?

Timo no esperó más. No reculó, no dio opción a la pacificación, no quiso conocer opiniones ni oír a nadie explicarse y le asestó un bofetón con la mano abierta. Como un correctivo, pero de intensidad cuadruplicada. No sé si el alcohol había hecho que perdiese los estribos o si lo que había hecho que mi amigo saliese de su órbita fue un exacerbado sentido del honor y el orgullo.  En cualquier caso, yo me quedé inmóvil un metro detrás de ellos dos, en el mismo sitio que me había colocado nada más entrar, acodado en un precioso mueble de caoba donde Ronco tenía puestos los posavasos. No creo que Timo me hubiese llevado allí para ayudarle en una pelea, sino para hacerle más ameno el paseo a casa de su enemigo. Si quisiera un compañero de lucha, yo no era el más indicado. De todas maneras, Timoteo lo sabía. Si su objetivo era pegar, hubiese llevado a Jandro, que al menos medía metro noventa y algo. Yo no era más que un sparring. Por eso, me quedé allí como un pasmarote mientras veía al gordo de Timo darle un segundo bofetón a Ronco, que seguía tratando de dar explicaciones. No sé si alguna vez habéis intentado explicar algo mientras os zurran un palizón, pero ya os digo yo que no es una tarea especialmente fácil. No importa que lo que quieras explicar sea un tratado filosófico o una receta de cocina. Es imposible. Cuando Ronco recibió la tercera hostia, decidió no volver a intentar establecer ninguna conversación y empezó a defenderse, primero tímidamente, con un agarrón y un puñetazo en el hombro, y después con uñas y dientes, ante la feroz respuesta de Timo, que le propinó un cabezazo y un tremendo golpe en la boca en cuanto su oponente le golpeó la primera vez. Fue el pretexto que Timoteo necesitaba. Fue la mecha que encendió el cohete. Una vez que Ronco le tocó, Timoteo dio rienda suelta a toda su ira, a todo su enfado, a toda su frustración, y les puso nombre y apellidos. Tobías Martínez, “el Ronco”, no era más que el protagonista de su último traspié, pero en ese momento lo convirtió en responsable de todas las desgracias ocurridas desde que era niño. Timo nunca había pegado a nadie, nunca lo necesitó. Pero en ese momento, una vorágine de rabia contenida atizaba al que antes había sido su socio hasta dejarlo casi noqueado. En un momento puntual de la batalla, Ronco se recompuso y enganchó un par de veces la cara de mi amigo. Entonces, aquello se convirtió en una marabunta de golpes, un desorden total de patadas, bocados en los brazos, ganchos, directos y reveses cuyo ejecutor era imposible de identificar. Yo, observando desde el mismo punto, era incapaz de distinguir quién daba y quién recibía, hasta que el enfrentamiento se saldó con Ronco cayendo a mis pies, destrozándose la nuca contra el precioso mueble de caoba donde yo había apoyado mi cerveza. Fue un golpe brutal. Estoy seguro que escuché perfectamente el sonido de su cráneo reventando contra el mueble. Timo se quedó paralizado. Yo entré en la más profunda de las histerias. Hicimos todo lo que hacen en las películas para ver si aquél tipo que se desangraba tenía aún pulso, pero solo lo hacíamos por curiosidad médica, pues estuviese o no muerto, nuestro único plan era salir de allí despavoridos sin que nadie nos viese. Estaba muerto. Indudablemente. ¿Qué hacer? Ante una situación así, no puedes discurrir en cuál sería la mejor solución, ni elaborar una lista de pros y de contras. Hay determinadas situaciones en la vida en las que la única solución factible es huir. Limpiamos la sangre y dejamos a Ronco yaciendo inerte junto al precioso mueble de caoba contra el que se había abierto la cabeza. Sin mediar palabra entre nosotros ni con el difunto, nos fuimos raudos. Adiós, Ronco. Nos veremos en el infierno o en donde quiera que se reúnan los muertos indeseables, indignos del paraíso, que ya fueron indeseables en vida.
Llegamos a casa. Jandro no estaba. No sabíamos dónde había ido. Comimos. A lo largo de mi vida he tenido muchos episodios de hambre voraz por diversos motivos. Matar a un tío es la que más hambre da de todas. Después del almuerzo, me aliñé un cigarro, me armé de valor y rompí el silencio más horrible de mi vida.
 
-    Has matado a un tío.
-    Lo sé. – Timo aniquiló con una mirada toda mi inquietud- Las personas como tú o como yo no pueden   morir sin haber matado a alguien.
-    ¿Qué probabilidad existe de que nos pillen?
-      Poca. Ronco y yo solo hemos contactado una vez en Sevilla. Le he comprado una sola vez. Seguramente ni siquiera sus demás contactos en la ciudad conocen esta transacción. Además, yo no soy un enemigo conocido de Ronco. En teoría, yo nunca tendría ningún motivo para matarle, que la gente sepa.
-     ¿Y estás seguro de que efectivamente tenías un motivo para matarlo?
-      Espero que sí. No me gusta matar a nadie en balde.

El muy asqueroso ya hablaba como un jodido asesino. En ese momento no me extrañó que yo hubiese tenido miedo de que matase, y hasta volví a pensar que aquél gordo con el que vivía era un homicida. Pero tenía razón. Timo no era ningún sospechoso habitual. Toda su vida como traficante había estado amparado por su minoría de edad y por la protección de El Fantasma. No figuraba en ninguna lista de posibles delincuentes, la policía no le conocía de nada, y el resto de narcos y mafiosos aún le tenían miedo por la gran estima que El Fantasma le tenía. Nada. Era muy remota la posibilidad de que aquello nos salpicase de manera jurídica por ningún lado. De manera psicológica, no nos había salpicado, nos había inundado. Nos estábamos ahogando en la sangre de Ronco. Al menos yo. 

sábado, 18 de enero de 2014

Calle Trafalgar (1 y 2)

Una vez instalados, abrimos un par de birras, brindamos y callamos durante un largo rato. Los dos habíamos tenido unos días plenamente agotadores y los dos teníamos muchísimas cosas en las que pensar. Ni siquiera teníamos ganas de cerveza, o al menos yo no, pero habíamos acordado que cuando encontrásemos un piso decente, abriríamos dos latas antes que nada. Nuestro primer año de universidad. Hay tantas puertas esperando que giremos el pomo que ni siquiera nos hacemos una idea. Sevilla es una ciudad de posibilidades sin ninguna duda. Es cierto que no somos de muy lejos, de hecho estamos al lado, pero, pese a la cercanía, nunca habíamos estado en la capital, y las diferencias con nuestra Córdoba natal son abismales. Cuando digo la capital me refiero a la de Andalucía, claro. Solemos referirnos a la región como si fuese parte independiente y diferenciada del país, casi como un protectorado marroquí. Tenemos una idiosincrasia muy propia, casi se podría decir que tenemos pinceladas separatistas, pero tampoco somos tontos. Sería de locos. Seríamos el tercer mundo, carne de invasión de cualquier país con anhelos imperialistas. Quita, quita, demasiado jaleo. Sonaba tópico, pero empezaba una nueva etapa. Teníamos lo que queríamos. Estábamos fuera de la ciudad por fin, lejos del barrio. Una ciudad como Córdoba no tarda en quedársete pequeña. Estábamos hartos de ver las mismas caras y los mismos sitios, y de oír siempre las mismas cosas. Yo acababa de salir –escaldado-  de una relación que copó casi toda mi adolescencia, y Jandro había sido sentimentalmente pisoteado apenas hacía una semana por Raquel, la niña de la que llevaba enamorado desde los once años. Nuestros amigos, que eran pocos, habían salido fuera la mayoría, y una minoría muy ruidosa se había quedado en el barrio. Pero ese sector no era ejemplo y sigue sin serlo. Mucho ha llovido desde entonces  y  los que no han muerto por sobredosis o alguna ETS están atrapados en un bucle de depresión, falta de higiene, venéreas y desempleo. Era el momento idóneo para huir y acoplarse en cualquier otro sitio relativamente lejano.
-        
 -          -  Vaya zorra, ¿eh? – dijo Jandro interrumpiendo una pausa dramática que se estaba pasando de larga -.
-           -  ¿Quién?
-          -  Pues Ana, ¿quién va a ser? Mira que irse con otro…
-          -  ¿Es esta tu forma habitual de romper el hielo?
-          -  Lo siento, tío. Simplemente quería empatizar, ya sabes… yo también estoy jodido.
-          -  Si querías hablar de ello no era necesario que me recordases lo mío, pero bueno. Nunca fueron lo tuyo ni las relaciones sociales ni la sutileza. A ver, dime, ¿qué te pasa?
-          -  ¿Qué va a pasar, tío? Pues Raquel…
-          -  Ya, lo mismo que te lleva pasando desde hace siete años. No sé para qué pregunto.
-          -  Te llevaste tú toda la sutileza que me falta a mí ¿verdad? Serás capullo.
-          -  Tienes que cambiar de cuento, colega. Eres monotemático. Cuando sales y conoces niñas siempre les acabas hablando de Raquel. En serio, ¿por qué coño haces eso?
-          -  Y supongo que sabes que eso está mal porque tú manejas a la perfección el manual de la seducción, ¿no?
-          -  No sé qué quieres decir.
-          -  Has estado mucho tiempo con Ana, una chica realmente mona, pero te la ligaste hace ya casi cuatro años. Vamos, asúmelo hermano. Estas desentrenadísimo. Acuérdate de la noche aquí en Sevilla, hace tres días, cuando vinimos a buscar piso -.


Sí que lo recordaba. De una forma muy difusa y no sin algunas lagunas, pero sí.
Esta historia, la de los dos colegas que abren unas birras en su piso recién alquilado, empieza un domingo veintidós de septiembre, un día antes de empezar el curso. En el último momento, en el descuento, como a nosotros nos gustaba. Habíamos vivido un verano turbulento y septiembre estaba siendo un mes de calma tras una tormenta estival, y nosotros estábamos aún atontados. Cuando quisimos acordar, era diecinueve y todavía no teníamos piso. Ese mismo día pude convencer a mi hermana de que nos llevase en su coche, y en Sevilla nos hospedamos en casa de Dani, el novio de Izaskun, una amiga de mi hermana Matilde.  Matilde tenía entonces veintinueve años y estaba viviendo todavía con nuestros tíos, esperando alguna jubilación que la mandase como interina a algún instituto. Ella siempre fue como una madre, ya que a mi madre de verdad la tuvieron que internar en un centro psiquiátrico cuando yo tenía cuatro años. Afortunadamente, y es muy duro escuchar esto – más aún decirlo -, no guardo ningún recuerdo de mi madre estando cuerda. Sería mucho peor y más traumático haber vivido la evolución de una madre buena, cálida y acogedora a una loca de remate. Quizá es por eso que puedo hablar de ello sin excesivos tapujos, a diferencia de Matilde. Mi padre murió cuando yo cumplí los quince.  Desde entonces, vivimos con mis tíos, con un tren de vida bastante más estable, aunque en el mismo barrio. Viví una de las situaciones más desagradables posibles en uno de los lugares menos adecuados de la ciudad. Quizá es por eso que mi adolescencia la pasé en la calle, tonteando con muchas drogas y esquivando, por fortuna, muchas otras. Mis tíos eran más viejos y más permisivos que mis padres, y se les partía el corazón al decirle que no a algo al pobre Ginés, a su sobrino favorito, huérfano de padre y de madre demente. Desde luego mis juntas no fueron las más aconsejables, y de las de entonces pocas conservo. Realmente ni siquiera por aquél entonces, una época en la que se magnifica mucho la amistad y cualquier conocido es amigo cercano, nos considerábamos amigos entre nosotros. Éramos todos chavales cortados por la misma tijera, interesados y desleales. Compartíamos lo que tuviésemos que compartir, y si al día siguiente no nos veíamos, no pasaba nada. Fumar juntos, morir solos. A día de hoy sigo desconociendo el paradero de la mayoría de ellos. Solo sigo viendo a El Avispa, con el que aún sigo saliendo frecuentemente  por Sevilla (me lo encontré aquí, por lo visto se había mudado), y del que ya os contaré más adelante. En aquel contexto de droga y desorientación, conocí a Ana, una de esas niñas pijas a las que, quién sabe si por desobediencia, por originalidad o por curiosidad, les atraen los perros callejeros. Yo volqué todos mis anhelos de cariño y contacto en ella, y ella me los devolvió. Fue bastante bonito hasta que me dejó por otro, cosa que ya os he contado y que aún no me explico.

El jueves a las dos de la tarde llegamos a casa de Dani e Izaskun. Vivían en San Jacinto, un barrio periférico sevillano. Dani tenía una pequeña discográfica y un estudio muy coqueto, encima del cual vivían ellos, en una casa de tres plantas, estrechas las escaleras, pero muy anchas las habitaciones que se situaban en torno a estas. Dani e Izaskun realquilaban la casa a otras parejas para poder seguir arrendados allí. Tenían un pequeño huerto ecológico en la terraza, y uno de los mejores micro cultivos exteriores de marihuana de toda la ciudad, aseguraba Dani. Los tomates estaban exquisitos, y la yerba no estaba peor. Se nos fue la hora de las manos, y salimos a las siete a buscar piso. Vimos dos, en barrios atractivos y turísticos, muy decepcionantes y caros. Eran ya las diez de la noche y, exhaustos por la cantidad de posibles hogares que habíamos buscado esa tarde,  cogimos un bus y volvimos a casa de Dani. En la cena, nos dijo que en una nave del polígono de al lado, celebraban el cumpleaños de un buen amigo, y que él iba a ir. A día de hoy sigo sin saber si aquello fue una invitación, pero nosotros lo tomamos como tal y nos dispusimos a asistir.
Ana me había dejado dos días atrás, y yo aproveché para tomarme esa noche como la primera juerga de soltería con Jandro. Yo solía burlarme de él porque no era nada hábil con las chicas, y yo siempre tuve más éxito pese a ser el más feo de los dos. Realmente él y yo siempre fuimos muy diferentes. Nuestros padres eran amigos, crecimos juntos, en la misma escuela y el mismo barrio, pero los avatares de mi vida se tornaron convulsos y ese tsunami de circunstancias nos separó, cuando iniciamos nuestra pubertad, en dos islas distintas. Esto se acentuó cuando los padres de Jandro consiguieron cambiar al niño de colegio y afincarse en la mejor parte del barrio, la más céntrica y que linda con Los Juncos, un barrio que no dejaba de ser obrero, pero de obreros pudientes, de esos que ganan mil euros y pico al mes y se creen aristócratas. No obstante, volví a ver a Jandro a los dieciséis años, varios después de habernos separado. Ana me había invitado a una fiesta de una amiga suya en un chalet, con gente rica y en un barrio de ricos. Yo me encontraba desubicado, pero pronto me percaté que los niños ricos toman las mismas drogas que los niños como yo, con la única diferencia de que iban a barrios como el mío a pillarlas, muertos de miedo, mientras que nosotros convivimos con ellas. Quiero decir, la droga en sus entornos está peor vista, pero se la meten igual que nosotros. Entonces pude desenvolverme mejor, y cuando comenzó la ingesta, me encontré con Raquel, quien hacía unos años asistía a mi colegio. Una niña alta, morena de ojos negros y tez blanca, que me dijo que quería presentarme a su mejor amigo. Ese amigo era Jandro. Nos abrazamos y nos pusimos al día, entre otras cosas tuve que explicarle que Raquel me había dicho que era su amiga, y no su novia como él afirmaba. Ese día acabó nuestro divorcio involuntario, y volvimos a ser inseparables. Yo podía aportarle la picardía que le faltaba y que necesitaba para que la gente, y en especial aquella perra de Raquel, no se lo comiesen con papas. Él me aportaba la parsimonia, la estabilidad y la bondad. Además ninguno de los dos teníamos un amigo de verdad. Hasta ahora. Finalmente, y como muchos imaginaréis, ni yo acabé siendo un joven taimado y sensato pero pícaro ni él acabó siendo un chaval perspicaz y espabilado pero noble. Más bien nos contagiamos lo peor de cada uno. Yo acabé siendo un golfo huevón y él acabó siendo un huevón golfo. Lo suyo con Raquel no salió bien, puede que en gran parte por mis nefastos consejos, pero eso ya lo sabéis. Esa noche, en la fiesta del amigo de Dani, yo quería que se olvidase al fin de ella, y estaba dispuesto a darle  algo así como una masterclass. Derramaba arrogancia por los poros. No me acordaba de cómo se conquistaba a una chica – quizá en parte porque nunca lo he hecho -, pero también se me olvidó que se me había olvidado. Cuando me acerqué a una chica, la saludé y me quedé en blanco, empecé a recordarlo. Cuando repetí el proceso unas seis veces, me cercioré. Jandro y Dani se rieron en mi cara mientras compartían un humeante y bebían unas copas. Fui para donde estaban ellos para contarles mi fracaso y disculparme por mi soberbia, pero antes que yo llegaron dos chicas muy atractivas que se pusieron a hablar con ellos. Ellos las atendieron muy simpáticos, no sin antes mirarme burlones y lanzarme algún guiño. Iba con la intención de disculparme, pero tras tal afrenta, no podía volver con el rabo entre las piernas. Si tenía algo de amor propio, esa noche tenía que ligar con alguien. Entonces vi clara la solución: si iba totalmente ebrio, las palabras fluirían con más facilidad  – aunque con menos nitidez -, y mi problema estaría resuelto. Como ya sabéis por anticipo de Jandro y como imaginaríais aun sin tener datos, fracasé estrepitosamente. Lo verdaderamente lamentable es que ese gran plan, basado en fumar y beber hasta caer redondo, sigue siendo mi técnica de seducción actualmente. Resulta obvio, pero aclararé que sigue sin tener éxito alguno. Esa noche, la noche que estrené método, bebí cinco copas de ginebra - algo épico, pues soy alguien con un estómago realmente delicado- y fumé siete aliñados –en ese terreno sí que soy más resistente-  del hachís más tosco que he probado nunca. Me acerqué a una niña muy bajita y bastante mayor que yo, morena y con el pelo muy rizado. Tenía los ojos marrones y la nariz muy pequeña y muy bonita. Soy un fanático de las narices, así que le dije que me parecía muy guapa, tal cual lo pensé. Ella sonrió y se presentó. Lo había conseguido. No me había trabado ni quedado sin palabras, así que había cumplido mi objetivo y me crecí. Empezamos a mantener una conversación más o menos coherente, por lo que me crecí aún más, y en un alarde de inteligencia y sensatez pedí una cerveza y un tequila y me los tomé mientras seguía charlando con la mujer de la nariz bonita. No sé en qué punto de la conversación desconecté, y solo podía pensar entonces en las ganas que tenía de vomitar. Me venían las arcadas de forma muy violenta, pero claro, no podía ausentarme, pues aquello estaba ya hecho, o eso creía yo, así que me limité a disimular. Tanto disimulé y tan bien lo hice que ella no se esperaba ni por asomo lo que se le vino encima. Yo tampoco me esperaba lo que se me vino a mí encima. Me soltó una hostia, tan improvisada como precisa y sonora. Ella no parecía una chica excesivamente pulcra, pero a nadie le gusta que le viertan una mezcla de ginebra, birra, tequila, jugos y bilis a partes iguales encima de la camiseta. Es todo lo que recuerdo de aquella noche.

-         -   Tienes razón, mamonazo. Lo de aquella noche fue totalmente ridículo – dije al fin. Jandro siempre tuvo una gran facilidad de sonsaque. Seguía ahí, sentado en la silla, con la cerveza en la mano, espetándome, y tuve que admitirlo.
-          -  Totalmente vergonzoso, si me permites matizar.
-          -  Sí, bueno, como sea. Aun así, a eso es a lo que me refería, hermano. Ahora tenemos la oportunidad de resarcirnos de malas experiencias pasadas, conoceremos nueva gente, nuevas chicas. No vas a tener que recordar a Raquel. ¡Vivimos en una de las mejores ciudades del mundo, hermano!
-          -  Sí, tienes razón. No tenemos motivo de queja. Además vivimos en un buen barrio y tenemos un piso de puta madre.


Y de verdad que lo era. Jandro daba mucha importancia al barrio en el que viviéramos. El estatus y el aspecto de los habitantes, la imagen que tuviese el barrio en la ciudad y lo que la gente dijese de él, por eso para él encontrar piso fue un logro mucho mayor que para mí. Yo no tenía demasiados requisitos, pues tampoco tenía un listón especialmente alto.  Era seguro que todo esto era por influencia de sus padres. El apartamento era un bajo con vistas a la calle y con habitaciones espaciosas que daban a un patio interior, así que adiós a mi sueño de montar un cultivo de exterior y ganar algo de dinero vendiendo en un barrio que, según mis expectativas, contaría con pocos proveedores residentes. Nada más entrar, una cocina pequeña pero equipada, y a mano derecha, un salón amplio con un televisor de pantalla plana. Este conectaba con un pasillo largo que terminaba en un cuarto de baño. A la derecha se situaban nuestros cuartos: primero el mío, el de Jandro el último, y en mitad el más reducido, destinado a un tercer compañero que teníamos que encontrar (una tarea que aún no habíamos iniciado). En cuanto al barrio, era un barrio bien. O al menos, la parte que nosotros habíamos visto hasta ese momento (solamente la parte sur). Como digo, la parte sur era una muy buena parte para vivir. De hecho los pisos de esa zona eran todos muy caros. Lo que yo llamo sur no corresponde con el punto cardinal exacto, sino con lo que yo entiendo por sur según mi perspectiva espacial (poca y mala). Este “sur” es la calle Simancas, una larga avenida a la que se accede desde el puente, y según se avanza se pueden ir viendo el Parlamento de Andalucía, la muralla y la Basílica de La Gracia, virgen que da nombre al barrio. Obviamente era un lugar harto concurrido por turistas, por lo que la zona estaba llena de bares, tabernas, restaurantes y hoteles. Todo esto encarecía cualquier posible alquiler. Nuestro piso, sin embargo, era mucho más barato, pues estaba en una perpendicular que separaba Simancas con Doctor Pascal, lo que yo llamaba y sigo llamando “norte”. Nosotros accedimos, tanto cuando vimos el apartamento como cuando definitivamente nos instalamos, por Simancas, por eso no sabíamos cómo era de verdad el barrio. De hecho, si lo hubiésemos sabido, Jandro nunca hubiese accedido a alquilarlo. El barrio de La Gracia empieza precisamente en calle Simancas, siguiendo hacia el oeste hasta bastante antes de la mitad de la muralla. En dirección al este llega hasta el puente del Almirante. El puente y el comienzo de la muralla distan apenas doscientos y algo metros. Era y es un barrio estrecho. La parte sur –mi sur- era como ya dije Simancas. De ahí en adelante, todo era norte. Así lo concebíamos nosotros (quizá la culpa fuese de las drogas). La Gracia fue tradicionalmente un barrio obrero - pero no de obreros pudientes como los de Los Juncos, sino de obreros pobres como los de mi barrio de Córdoba, El Sainete- hasta que en plena calle Simancas, la zona más céntrica y calmada de La Gracia de los años 40, terminaron de construir la Basílica de La Gracia en 1949. Cuando en 1969 la Basílica fue consagrada, los propietarios de hoteles y restaurantes, así como los hosteleros quisieron trasladarse a la zona y así aprovechar el mucho turismo que traería la Basílica de la virgen con más devotos de la ciudad. Además, el sector público también invirtió mucho en la zona, a solo algunos metros de la Isla de la Cartuja (ínsula bañada por el Guadalquivir, de ni 10 kilómetros de diámetro, totalmente desierta y dejada), en la cual quería el ayuntamiento situar el proyecto de la Expo, que no llegó a la capital hasta el 92. Los constructores también quisieron aprovechar la coyuntura para poner bloques de pisos en los muchos descampados que había en el barrio. Pero todos ellos parecieron no reparar en algo tan obvio y tan palpable que nunca había dejado de estar ahí, mientras ellos hacían sus planes y se instalaban acá o allá. En La Gracia estaba el comedor social y las viviendas de protección oficial, además de ser tradicional residencia de los inmigrantes. Toda esa gente no iba a irse de ahí, ni tampoco había nada por lo que pudiesen echarles, pues no sería legítimo. Años después he sabido que por aquél entonces llovieron los sobornos a jueces para que ordenasen inminentemente desalojar varias zonas de la barriada, pero esos hijos de puta no se salieron con la suya. Para mediados de los ochenta, ya todos los habitantes que habían llegado a ocupar las nuevas viviendas se habían ido. Es lógico, he visto a muchas familias irse del Sainete. Es un tipo de barrio en el que si te quedas es porque no tienes más remedio. Por aquél entonces ya solo la calle Simancas seguía siendo zona de interés turístico y comercial, además de bonita. Las demás calles de La Gracia volvieron a ser lo que eran, pero ésta ya se había consolidado como calle bien, por lo tanto empezó su triste pero irremediable divorcio con el resto de la zona. Desde entonces y hasta ahora, todo siguió igual. Igual en cuanto a estructura, pues en un barrio de esta índole nunca dejan de pasar cosas.

La primera vez que Jandro y yo conocimos las entretelas del barrio más allá de la cómoda y emblemática zona de Simancas, fue un día después de acoplarnos en el apartamento. Cuando llegamos de la facultad, nos dirigimos para hacer la compra semanal a Casa Trini, que según nos dijo la vecina, estaba al final de nuestra misma calle en dirección a Doctor Pascal. Nuestro piso estaba en mitad de la calle Trafalgar. La calle no tenía ni tiene más de tres metros de amplitud. La calle estaba llena de viviendas, tanto a un lado como a otro. Eran bloques de dos bajos y dos primeros, todos con pequeñas terrazas que daban al exterior, de manera que unas estaban en frente de otras formando una especie de corrala. Llegando al final de la calle, la peña flamenca Torres de la Gracia, que daba un ambiente tremendamente bullicioso a la vecindad, y un patio interior dependiente de uno de los bloques de pisos, que conectaba Trafalgar con la paralela, la calle Jaspes. Una vez se llegaba al final, Trafalgar se acababa y a mano derecha se ensancha mínimamente y se accede a la calle Jesús Nieto, que desemboca en Doctor Pascal. Jesús Nieto era frecuente meeting point de cuatro o cinco yonquis que se congregaban, con un litro de cerveza en una mano y con un porro de apaleado en la otra, a hablar quién sabe sobre qué; supongo que sobre las cosas tuvieron o de las que podrían llegar a tener, que es la conversación habitual de los que no tenemos nada. Una vez llegamos a Doctor Pascal, como por arte de magia, ¡puf! Un barrio nuevo. En el medio de la calle, el comedor social suministraba por partida doble: suministraba comida a aquellos que la necesitaban, y suministraba al barrio todos los gorrillas que necesitase y alguno más. Entre todos ellos el que más destacaba era  El Costra. El Costra no cobraba por los servicios que prestaba a los conductores, de hecho era el único que no lo hacía, pero su dedicación y compromiso con este noble oficio eran tremendos. En cuanto un vehículo (el que fuese) se acercaba a su recta, él corría como un gamo para guiarlo con enérgicos y exageradísimos gestos hasta su aparcamiento. No obstante, si el conductor no quería aparcar, El Costra nunca se ofendía. Muy lejos de ello, ofrecía un exhaustivo servicio informativo sobre dónde había otros aparcamientos libres en cualquier zona del barrio. Era gorrilla por vocación.
En una bocacalle de la misma Doctor Pascal, el centro de terapia ocupacional, y algo más adelante, al final de ésta, los minúsculos pisos de VPO y el albergue municipal. Y en el epicentro de todo esto, la calle Trafalgar. Es decir, toda la gente de la calaña indeseable en cualquier otro barrio, tenía un resort en el nuestro. No es clasismo lógicamente lo que hay en mis palabras –pues yo siempre he formado y sigo formando parte de esa mala calaña-, sino veracidad. Por mucha solidaridad que se regale a la hora de hablar y por muy progresista y tolerante que uno pueda considerarse, nadie querría vivir en un barrio como El Sainete o La Gracia. Cuando salía con Ana, conocí a Fernando Ponce, un amigo suyo que vivía en un chalet en uno de los barrios de las nuevas zonas residenciales, cuyos padres decían estar muy a favor de la integración de las clases menos favorecidas, y atacaban ferozmente el racismo y la discriminación. Me caían muy bien hasta que un día invité a Fernando a casa de mis tíos y le prohibieron terminantemente ir. Fue entonces cuando me di cuenta de que hablar es gratis. De todas maneras, podía y puedo entender que a Fernando no le dejasen venir a dormir al Sainete.  La política de integración es siempre la misma: ayudar, pero desde lejos, sin mezclarse. Si las ayudas llegasen cuando, como y en la cantidad que deberían llegar, quizá nuestros barrios no serían tan conflictivos, pero eso es agua de otro molino.
-      

             -  No puede ser, hermano. Estamos otra vez en El Sainete, en El Sainete de Sevilla…
-          -  La verdad es que se parece mucho – dije riendo. Aunque no estuve contento con el descubrimiento, la situación me pareció irremediablemente cómica.
-          -  ¡No puede ser, tío, no puede ser! Llevo una vida entera huyendo del barrio y me encuentro con esto. Soy un desgraciado, joder.
-          -  No te pongas así, hombre. Es un barrio obrero, sin más. Lo del comedor social es algo temporal, quiero decir, los yonquis no están aquí todo el día, y aquí están todas las facultades de ciencias de la salud, es decir, hay muchos estudiantes más además de nosotros –aunque intentaba relajarme, no podía parar de reírme. Su cara era un auténtico poema. Mis esporádicas risas restaron convicción al argumento, inevitablemente.
-          -  Vete a tomar por culo.
-          -  Mira, Jandro, sea como fuere, la alternativa no existe. Si tan malo es el barrio, simplemente no lo frecuentaremos. Y relájate ya, cojones.


Mis amables palabras parecieron relajar inexplicablemente a mi amigo, que dejó de hablar del tema. Compramos todo lo necesario en Casa Trini y cocinamos pasta. Comiendo, hablamos de fútbol, y una vez comidos, era la hora de bajarnos los humos con más humo que sube. Mientras saboreábamos cada calada, no dijimos nada. Era nuestro momento de la concordia, y teníamos muchas cosas que asimilar. Cuando la colilla se apagó, terminó ese sacro momento y tras un silencio prudencial, tratamos el tema del tercer compañero.

2

Jandro había puesto muchos carteles por su facultad. Estudiaba medicina, a cien metros de casa, por la parte buena. Yo estudiaba periodismo algo más lejos, en La Cartuja. Nuestro anuncio de “Se busca compañero de piso” no era demasiado elaborado. No lo recuerdo con excesiva precisión, pero era algo así: “se busca compañero de piso para compartir piso –no teníamos una técnica de escritura demasiado depurada- en la calle tal y tal. El piso es tal y cual y el precio es Pascual”. Estoy seguro de que era algo así. Comprensiblemente, nos llegaron pocas llamadas y Jandro y yo ya nos preocupábamos más por conseguir algún curro o algún trapicheo que nos permitiese pagar el piso entre los dos que por encontrar al tercero, opción que ya habíamos casi desechado. Yo podía conseguir yerba en El Sainete muy barata y muy buena. Es ese tipo de droga a la que solo tienen acceso unos pocos privilegiados, muy familiarizados con la materia y el proveedor. Al resto de compradores, se les vende solamente una porción de ese oro que se mezcla con una parte muy generosa de mierda. Pero esa opción, dadas las circunstancias actuales, era inviable. No podía ni quería volver al Sainete porque no quería encontrarme con Ana y por motivos que ya os contaré. Lo único que me ataba allí eran mis tíos, y ya tendría tiempo de visitarlos en navidad. Matilde está continuamente moviéndose, viajando, por lo que la vería sin necesidad de volver al barrio. Por otra parte, en La Gracia no se iban a dejar engañar con el material que yo pudiese traer para vender el doble de caro. Aunque muchos no supiesen escribir ni sumar, todos sabían cuánto era un gramo. Además, si algo sobraba en aquél barrio era droga y eran camellos. Jandro planteó la posibilidad de currar de dependiente o de camarero en algún sitio no demasiado lejano, y pese a la pereza que aquello me daba, había que empezar a asumir que nadie querría vivir con nosotros y que no teníamos dinero para pagar aquello entre los dos.

Tres días después, Jandro llegó a casa diciendo que había hablado con el dueño del bar de al lado, Bar Paco, un bar que derrochaba clase y elegancia.

-         -   He salido de clase pronto y he ido a hablar con él. Paco dice que le hacen falta dos camareros, porque los que estaban antes se han casado –entre ellos- y está sin personal. A mí me ha puesto a currar toda la mañana, y me ha dicho que mi amigo podía venir esta tarde. O sea, tú. Nos van a pagar en negro, lógicamente. A mí me ha cogido de momento, y no soy ningún virtuoso. Solo ve y no la cagues.
-          -  ¿A qué hora tengo que estar en el tugurio ese? –no me gustaba trabajar-.
-          -  A las siete, puntual.

Era lo que había. No rechisté. A las siete estuve allí como un clavo y empecé a fregar platos sin haber apenas hablado con Paco

-         -   ¿Tú eres Ginés, no?
-          -  El mismo
-          -  Pues venga, a currar.

Era un tío con una conversación apasionante Paco. Un hombre rechoncho y de media estatura al que se le empezaba a ver el cartón, alcohólico y bastante pesetero. Muy tópico, la verdad. Puede que eso reste calidad a la historia, pero era exactamente así.

Me puse a fregar platos con la cabeza gacha, tratando de tardar lo menos posible para ponerme a hacer lo siguiente que Paco me encomendase. Quería causar buena impresión el primer día. Cuando lavé toda la vajilla salí a servir las mesas. Dicen que abril o mayo son meses idóneos para visitar Andalucía, pero octubre es seguramente mejor. El calor no se ha ido, pero se está yendo, y las gentes que huyen del bochorno estival vuelven repletas de ganas de volver a su cálida casa, y los estudiantes llegan todos en hordas, aún ociosos sin exámenes, a ingerir todo lo posible. Los extranjeros, quemados aún, se resisten a irse del paraíso, y en la calle huele a algo que no se sabe exactamente lo que es, porque no hay ningún árbol en flor, pero es un olor que a todo el mundo embelesa. De verdad que me esfuerzo en describirlo, pero supongo que no podría terminar de explicarlo del todo bien. Además era viernes. La calle estaba tan bonita que hasta el antro de Bar Paco estaba lleno, así que me entretuve mucho sirviendo refrescos a los padres que iban con sus hijos, vermús a los viejos del dominó, vino tinto al snob que quiere dárselas de entendido enólogo para encandilar a alguna muchacha, cervezas a los estudiantes, de unas y otras edades, a los que yo pedía la documentación según me pareciese y según las ganas de molestar que tuviese en el momento. Vi llegar a un chaval de mi edad más o menos que se sentó en una mesa con tres niñas. “Cómo se lo montan algunos”, pensé. Me quedé mucho rato observándole, con más o menos disimulo. Me parecía haberle visto alguna vez. Era alto -no tanto como Jandro, pero sí que mediría metro ochenta y algo-, de hombros anchos y barriga prominente. Sin embargo, tenía culo de pollo y piernas de alambre, y unos ojos marrones y pequeños y una pronunciada nariz aguileña. Pensé que ese tipo era bastante peculiar, y que era imposible que lo hubiese visto en algún otro sitio sin acordarme de él. Le fui sirviendo copas de ron a él y a sus tres acompañantes. No era ni mucho menos un chico atractivo, pero parecía tener a las tres completamente pendientes de lo que él dijese o hiciese. Cuando ya llevaban cuatro o cinco copas, me chistó de una forma muy desagradable y me pidió unos chupitos de tequila. Cuando se los traje, totalmente ebrio, me dijo que me conocía.
-         
       -  Yo a ti te conozco.
-          -  ¿Está usted seguro, caballero? –empezaba a utilizar las mismas muletillas que todos los camareros y solo llevaba un día-.
-          -  Sí, seguro, segurísimo.
-          -  Bueno, yo a usted no lo recuerdo –iba ya a irme para seguir con mis labores, pues creía que el gordo me estaba tomando el pelo-.
-          -  Tú te llamas Ginés. ¿A que sí? –aquello sí que me sorprendió. Había hecho ya el ademán de marcharme, pero en cuanto escuché mi nombre me di la vuelta y me quedé clavado, mirando a aquél tipo.

Por fin averigüé de qué lo conocía. Para mi desgracia, no sólo sabía quién era ese tipo, dónde lo conocí, su nombre y sus apellidos, sino que además le debía un favor tan gordo como él. Como a todo lo malo de mi vida, lo conocí en El Sainete. Se llamaba Timoteo, era de un pueblo de Huelva y tenía no sé qué familiares en el barrio. Un fin de semana de mayo de hace ya un par de años, fue a hacerles una visita a esos allegados que tenía –y no sé si sigue teniendo- allí. Timoteo venía de un barrio como el nuestro, y como un animal en terreno extraño que busca a los demás de su especie, no tardó mucho en conocer a los demás cachorros. Mayo es un mes genial para visitar Córdoba. La mezcla de los naranjos en flor, el bullicio de las calles, el ambiente festivo y el clima hacen que incluso los sitios como El Sainete tengan un embrujo especial. El Avispa, mi único amigo del barrio, me llamó para tomar unas cañas con él y con un colega al que había conocido hace poco. Allí estaba, allí vi a Timoteo por primera vez, tomándose una caña y saboreando un cigarro en la terraza del bar Cala. Era el bar bueno del barrio, al que íbamos en ocasiones especiales, y concretamente en mayo. Las demás veces íbamos a El Cordón, el bar más angosto del barrio, el único bar donde nos dejaban fumar. Esta amnistía corrió como la pólvora en el barrio y el bar Cordón se convirtió en el bar de moda hasta hace unos años, cuando les pusieron una multa y tuvieron que cerrar. Era temprano, no eran más de las seis de la tarde, hora a la que nos gustaba reunirnos para ser los primeros del Cala y poder ver cómo los demás iban llegando. Son las pequeñas cosas que nos gustan a los que somos de ciudades pequeñas.  Estando yo con Timo –así es como le llamaban- y El Avispa, vimos llegar a Bernardo El Ascuas. 

Dejadme que os cuente la historia de Bernardo El Ascuas:
Es historia viva de El Sainete. Nacido y criado en el barrio, Bernardo provenía de una larga estirpe de trabajadores del campo, proletarios, currelas de la construcción, empleados temporales y demás explotados. Creció en un entorno de ingenuidad y de sumisión al superior, que en ningún caso llevó a ningún miembro de su familia a alcanzar la estabilidad ni tampoco la felicidad. El chico se prometió a sí mismo que nunca se sometería ante nadie y que él sería su propio jefe. Pese a que el nene era espabilado y ambicioso –ambas cualidades insólitas en su familia-, no podemos olvidar que pasó su infancia en El Sainete, y además en los noventa. Las nuevas drogas que se dieron a conocer en la década y la propensión de los niños del barrio a probarlas todas no le ofrecieron el mejor marco en el que labrarse un futuro. De la ecuación ambición más astucia más drogas resultó lo evidente. Berni tardó poco en hacerse un hueco entre los camellitos de medio pelo de la zona. A los trece años ya pasaba chivatos de yerba a mil pelas debajo de los soportales. A los veinte, alquiló un piso en los soportales y montó su negocio en casa. A los treinta, los soportales eran suyos y ya no vendía hachís ni marihuana si no eran al por mayor. Era uno de los mejores contactos de uno de los traficantes que más kilos movían por Andalucía, Pedro El Fantasma. Le llamaban así porque nadie lo había visto nunca, y quienes lo habían visto tenían terminantemente prohibido describir su aspecto. La gente le tenía pavor. Era algo así como el Voldemort de la droga. El Ascuas era el empleado de Pedro que más pasaba en Andalucía después de un tío de Huelva. Pues bien, Bernardo era vecino de mis tíos, vivía donde yo, en los soportales de Fachique –bautizados así por ser el lugar del asesinato de Fachique, un gitano del barrio-. Vivía en el piso de abajo. Mi padre solía decir que si viviese encima de  una librería, sería su perdición. Me alegro de que muriese sin saber que la perdición de su hijo la supondría tener al camello debajo. Cuando Berni aún pasaba de cuatro en cuatro gramos, yo era su mejor cliente. En realidad El Ascuas era para mí más que un dealer un prestamista. Siempre me fiaba y yo se lo devolvía cuando podía. Era una suerte que por aquél entonces yo tampoco estuviese fuera de los circuitos del trapicheo. Me dedicaba a vender a los niños pijos de las zonas residenciales. Vendía mierda mala a los más tontos para poder comprarle mierda buena al más listo. No obstante, ese tipo de negocios tienen fecha de caducidad, la fecha en el que el más espabilado entre los torpes se da cuenta de que le estás vendiendo serrín.  Una vez que mis ingresos se convirtieron en cero, lo que antes eran veinte euros fiados fueron multiplicándose en una progresión aritmética que se prolongó dos meses en el tiempo. Bernardo conocía a mi familia, y conocía mi tragedia. Siempre fue bastante benévolo, pero era una persona muy orgullosa, y cuando los orgullosos consideran que te estás aprovechando de ellos, solo puedes correr. Y es cierto eso de que puedes correr pero no esconderte. Dos meses después, ahí estaba El Ascuas, sentándose en la terraza del Cala mientras pedía una caña. En cuanto lo vi, me puse la capucha y le pedí a Timo las gafas de sol. Lo que se me olvidó fue avisar a El Avispa de que me andaban buscando. En cuanto este pronunció las palabras “¿A qué juegas, Ginés?”, las piernas de Berni se accionaron como un resorte y vino a por mí. Antes de pedirme nada de lo que le debía u ofrecerme cómodas cuotas de pago, me zurró dos preventivas. La diferencia entre una preventiva y una hostia normal radica en la forma de la mano (abierta en lugar de cerrada) y en la contraprestación (las preventivas no se devuelven). Una vez mi prestamista se calmó, me dijo de forma calmada: “dame lo que me debes o te mato”. En cierta medida, me alegré de que se hubiese apaciguado, pero por otra parte me asustó muchísimo la frialdad y el temple con los que me exigió el pago inminente de mis deudas. El único dinero que yo tenía eran dos euros para dos cañas. No le iba a decir que no lo tenía, pero ni mucho menos podía meterme la mano en el bolsillo y ofrecerle mi botín, pues las siguientes no serían preventivas, y además Bernardo conocía muchísima más gente que yo en el barrio. Bernardo dejó de espetarme por un segundo para mirar a quienes me acompañaban, supongo que para comprobar su masa corporal para estar prevenido ante una inminente reyerta. En cuanto vio a Timoteo, su semblante tornó desde un rojo acalorado inicial hasta una palidez enfermiza. Después, se dirigió hacia él con un gesto que expresaba respeto y miedo a partes iguales. El gordo no se inmutó, y se limitó a preguntar cuánto dinero le debía.
-      
              -  Setecientos cincuenta –dijo el muy cabrón-.
-          -  ¡Setecientos cuarenta, maricón! –salté yo automáticamente. Fue un acto reflejo. Cuando El Ascuas me miró de forma asesina me relajé bastante.
-          -  Pues se van a quedar en setecientos cincuenta, puto moroso.
-          -  Joder con el redondeo… - cuando vives en un sitio como El Sainete, siempre tienes que tener la última palabra, seas quien seas. El silencio es para los ricos.
-          -  Pues aquí los tienes – Timoteo se lo sacó de la cartera con un gesto de indiferencia, como si le aliviase quitarse billetes de encima. Bernardo se limitó a callar e irse.


Y en líneas generales, aquello fue lo que pasó. Ya sabía por qué me sonaba la cara de aquél gordo. Podríamos haber tenido en común cualquier experiencia, como  haber coincidido en una juerga, o en clase, o haber intentado conquistar a la misma niña, pero no. Tenía que deberle pasta. Nueva vida, nueva ciudad, nuevo barrio, y aun así nada más llegar ya estaba envuelto en la misma tesitura en que solía estar siempre. Obviamente aquél gordo iba a querer de vuelta los setecientos cincuenta pavos que me había dejado aquél día, salvándome de un palizón mortal, y de hecho seguramente me la devolviese él para demostrarme que lo que Timo te da Timo te quita. Por suerte para mí, llevaba toda la tarde, sin saberlo, emborrachando a base de bien al hombre en cuyas manos estaba probablemente mi vida o mi muerte. Es difícil matar a alguien cuando te cuesta incluso articular palabra. Eran las once menos cuarto, y faltaba muy poco para que mi turno acabase. Con suerte, Timoteo no repararía en mí, se centraría en seguir bebiendo como un cosaco, yo podría irme a casa y no volver a verlo nunca más. Sevilla es muy grande. Pero cuando salí de dentro del bar, para ver si alguien quería que le sirviese otro trago antes de que me fuese, el gordo me hizo un gesto con la mano al que yo acudí con suma rapidez, pues por mucho miedo que tuviese, nunca es adecuado ignorar a según qué tipo de gente cuando te están llamando. Las tres muchachas ya se habían ido. Timo me pidió otras dos copas. “Jodido ansias” pensé. Cuando volví con los dos gintonics, me ordenó que me sentase con él.
-         
       -  Ésta copa es tuya. Vamos, bebe.
-          -  No me gusta la tónica, Timo.
-         -   Bebe, cojones, y no me hagas un feo.- El muy cabrón tenía las mismas costumbres que los mafiosos. Aquello empezaba a recordarme a las películas de gánsteres en las que cogen a un pringado que ha hecho alguna cagada y lo llevan toda la noche con ellos, mareándole, manteniéndole con la incertidumbre, prolongando su inminente e irremediable defunción, hasta que al fin, no sin antes haberle dado una vana esperanza de que conservará su triste vida, le pegan un balazo en la sien.

No rechisté y me fui bebiendo la copa de poco en poco. Es verdad que al estar ebrio, mis posibilidades de ganarle en un enfrentamiento físico se elevaban, siendo nulas en circunstancias normales. Pero había un gran inconveniente en que fuese hasta el culo de alcohol: los borrachos son completamente impredecibles. No sabes lo que van a hacer, y además, tampoco puedes preverlo, pues a un borracho nunca le cambia el gesto. Cuando, además, el borracho es el protegido del mayor traficante de la región, han de saltar todas las alarmas. Yo estaba con todos los músculos agarrotados, preparado para lo que pudiese venir. Se me debió notar.
-          ¿Qué te pasa?
-          Nada… nada en absoluto.
-          ¿A qué hora terminas el turno?
-          Ya lo he acabado, estaba a punto de irme a casa.
-          De eso nada, colega. ¡Es viernes! Tú te vienes conmigo. Apenas son las once, además esta noche invito yo, que hace mucho que no nos vemos.
En cualquier otra circunstancia hubiese visto el cielo abierto al oír esa frase. Los chicos nacidos en familias como la mía nunca podemos rechazar una invitación, sea de quien sea. Se podría decir que es incluso amoral. Pero mis temores estaban demostrando ser ciertos. Aquél mamón me iba a tener deambulando toda la noche por los antros más lúgubres de la ciudad hasta que al fin, cuando ya me hubiese drogado lo suficiente, me matase.

-         -   Pues venga, ¡vámonos de aquí! –dijo él antes de que yo confirmase mi asistencia. Total, ¿acaso tenía que hacerlo?
-          -  Pues vamos allá.– dije aparentando seguridad, aunque realmente estaba aterrorizado.

Se notaba que Timoteo había estado más veces en Sevilla que Jandro y que yo. Conocía las calles, los bares e incluso a la gente. De camino desde bar Paco al siguiente garito tuvimos que pararnos a saludar a al menos cuatro grupos de personas de distintas edades. Sorprendentemente, me llevó a la céntrica zona de La Raíz, atestada de bares y discotecas, y ocupada por grandes manadas de estudiantes y Erasmus (una raza que merece mención aparte). Timo no me había llevado aún a ningún sitio desolado y recóndito en el que asesinarme a gusto, recreándose, sino que se estaba haciendo de rogar. Primero, querría hacerme disfrutar de una última copa y quizás un último humeante antes de quitarme la vida. Supongo que también desearía estar él algo más sobrio y emborracharme más a mí. Se estaba haciendo el remolón, y eso me ponía muy nervioso. Entramos a un garito en el que ponían rock and roll, pedimos dos copas y empezamos a hablar de música. Tenía mucha conversación, podía hablar absolutamente de todo, quizá por eso le gustaba tanto marear la perdiz antes de matar a la gente. Pensé que quizá querría cobrarme también las copas a las que me estaba convidando. Me apetecía muchísimo beber. Estaba cagado de miedo y necesitaba relajarme. Quizá ganase determinación, aunque perdiese facultades físicas. Las copas fueron cayendo y las horas pasando, e incluso estuvimos hablando con algunas chicas de forma muy amigable, y Timo no mencionó en ningún momento la posibilidad de marcharnos a otro sitio. “¿Me querrá matar aquí?”, pensaba yo continuamente. No obstante, pese al miedo a morir y la incertidumbre que me estaba haciendo pedazos el estómago, estaba disfrutando de la conversación como pocas veces lo había hecho. Las muchachas con las que estábamos eran muy simpáticas y cultas, grandes conversadoras también. Una se llamaba Adela, y estudiaba algo relacionado con la economía, era pelirroja y con unas mejillas adorables. Manuela, su amiga, era una gran saxofonista que estudiaba periodismo como yo. Era morena de ojos negros, con unas clavículas muy atractivas. Timoteo me llevó a la barra a pedir otras dos copas. Eran ya las cinco en punto. Estaba seguro de que en ese momento me iba a comunicar que nos íbamos a otro sitio más remoto y tranquilo, incluso era posible que tuviese el coche aparcado cerca de ahí o que tuviese un jodido chófer para asuntos como éste.

-         -   Escúchame, hermano. Tenemos a esas dos chavalitas en el bote.– desde luego no era eso lo que esperaba oír. Me tranquilizó bastante.
-          -  ¿Tú crees?
-        -    Del todo seguro. ¿Cuál te pides? –no quería confiarme, pero era posible que Timo no quisiera matarme.
-          -  ¿Pedirme? No sé… no creo que sea muy ortodoxo eso de pedirse a una persona.– le hubiese dicho que era un cerdo, pero pese a que mis temores se habían difuminado bastante, no quería perderle el respeto.
-          -  ¡Venga ya, cojones! Es una forma de hablar. Lo que no es ortodoxo es intentar ligar los dos con la misma.– el muy cabrón tenía respuestas para absolutamente todo.
-          -  Ya, pero es que no se…
-         -   ¡Que a cuál te pides, hostia!
-          -  A Manuela.
-          -  ¡Ya está! ¿Tan difícil era decirme cuál te gusta más de las dos?– volvía a estar seguro de que ese hijoputa quería matarme. Solo estaba tratando, en un acto de piedad, de darme mi última noche en compañía de una mujer.

Cuando nos dimos la vuelta, las dos amigas ya se habían marchado. Miramos a un lado y a otro para cerciorarnos, pero sí, se habían ido. “Pues nada, en fin…” oí murmurar a Timo. Entonces lo supe con certeza. Era el momento. Hay distintas reacciones ante una muerte segura e inminente. Muchos huyen, otros se enfrentan con rabia a su asesino. Yo, simplemente me resigné. Asumí con dignidad que era mi hora. No pensaba estar más tiempo haciendo el soplapollas. Si quería matarme, que lo hiciese ya.

-          -  De acuerdo, mátame ya y acabemos con esto rápido.
-          -  ¿Qué dices? –dijo Timo exhalando una carcajada enorme.
-          -  ¿No vas a matarme?
-          -  ¿Matarte por qué?
-          -  Pues porque te debo muchísima pasta, tío.– dije en un acto de suma ingenuidad, pues parecía que de verdad deseaba que aquél gordo me matase.
-         -   ¿Sí? ¿De qué y de cuándo?
-          -  Pues de cuando le pagaste mi deuda a El Ascuas, en el bar Cala, en el Sainete. De hecho esa es la única vez que nos hemos visto a parte de hoy.
-          -  ¡Ah! ¡Es verdad! Bueno, no pasa nada. Ya me los irás devolviendo. Ni mucho menos iba a matarte, Ginés. Qué cosas tienes.
-          -  Ah. Bueno, siento haberlo pensado…– no solo me sentí avergonzado, sino que además había pasado un mal rato increíble en balde y, por bocazas, tendría que pagarle los setecientos cincuenta pavos que había olvidado que le debía.
-          -  Ni me acordaba. Cuando manejas tanta pasta como yo manejaba, lo que te di es sencillamente calderilla.
-          -  ¿Manejabas? ¿Lo has dejado? –pregunté interesado.

El resto de la noche, hasta que cerraron el bar en el que estábamos y mucho después, sentados en un banco, Timo me contó su historia, historia que yo os contaré:

Timoteo Valera nació en Cartaya, Huelva, en el 93. Cartaya es un pueblo de ricos y pobres, es decir, los que trafican y los que consumen. Nadie en ese pueblo estuvo carente de contacto con la droga desde los 90 en adelante. Huérfano de padre y de madre profesora, Timo destacó desde pequeño por su arrolladora inteligencia. Los profesores andaban siempre detrás de Josefina, la madre del chaval, para convencerla de que, por favor, si podían, se marchasen del pueblo, donde Timoteo no iba a poder formarse adecuadamente. Con tan solo ocho años el niño dejaba atónitos a los profesores con sus razonamientos, y era capaz de resolver operaciones totalmente inaccesibles para los demás niños de su edad. Pero habían comprado un piso y estaban estrenando hipoteca, por eso doña Josefina rehusó los consejos de sus compañeros docentes y el niño tuvo que crecer allí. El chico empezó a conocer el mundo, o al menos Cartaya, la porción del mundo que a él le había tocado conocer. Una porción del mundo en la que o comes o te comen. Los niños del pueblo empezaron a tontear demasiado temprano con las drogas, y Timoteo, convencido de que quería ser de los ricos que venden y no de los pobres que compran, empezó a trapichear a la corta edad de doce años. Pese a ello, el pequeño mamoncete revolucionó el mercado. Por las tardes, cuando decía a su madre que iba a la plaza a jugar al fútbol, cogía la bicicleta y se iba hasta Punta Umbría, un pueblo de costa a menos de dos kilómetros de Cartaya, que pese a estar muy cerca, no tenía playa. Además por aquél entonces estaba llegando una mercancía de increíble calidad que venía desde el Algarve portugués y de la que solo llegaba una pequeña proporción que se quedaba en las localidades más próximas. Una de ellas era Punta Umbría, donde el pequeño Timo pilló sesenta euros por primera vez tras romper la hucha que tenía en su cuarto. Nunca dijo dónde la compraba y poco a poco nadie en Cartaya quiso comprar a nadie que no fuese él. A los dieciséis, Ronco, el que era el dealer del pueblo antes de irrumpir Timo en el panorama, le ofreció la posibilidad de vender a medias para El Fantasma, con quien él habló una vez por teléfono para ultimar los detalles del trabajo. Antes de ir a por  la mercancía, Ronco le recogería en la puerta de la casa abandonada e irían hacia Albatros, en Cádiz, donde Matías Mentor, el contacto de El Fantasma en la capital, les haría la entrega. Una vez lo hubiesen vendido, volverían a Albatros a llevar el dinero  –menos el porcentaje que les correspondía- y a recoger la siguiente entrega. Timo cuadruplicaba cada mes el número de ventas de Ronco, y El Fantasma quiso deshacerse de él para que el joven cartayero trabajase solo y sacase mayor beneficio. Cuando cumplió los dieciocho años ya era la mano derecha de Pedro El Fantasma, quien le compró un coche y le pagó la licencia de conducción para que pudiese seguir yendo a Albatros sin problema. No obstante, Timo nunca llegó a conocerlo. Se comunicaban por cartas, y alguna que otra vez hablaron por teléfono. El resto de veces, Matías Mentor actuaba de mediador. Fue por eso por lo que una vez que acabó el bachillerato, se vino a Sevilla, donde se matriculó en periodismo, pese a no llegar a asistir a ninguna clase en los dos años que llevaba matriculado. Simplemente necesitaba engañar de forma piadosa a su madre, quien lo crió sola y no querría saber que su único hijo era uno de los mayores traficantes de Andalucía. Alquiló un piso en el centro, desde donde podía distribuir por toda la ciudad. Además, Albatros era el primer pueblo gaditano desde Sevilla, lo que facilitaba el transporte y reducía el riesgo al no tener que pasar por la costa, donde eran muy habituales los controles de mercancía.

Pero esa noche Timo me confesó que no podía hacerlo más. Recordaba los ojos de su madre cuando las gentes del pueblo le comentaban lo inteligente y simpático que era su hijo. Se sentía orgullosa de haber podido criar a un hijo tan admirable en un ambiente tan poco propicio y sin un referente paterno. Todas las noches soñaba con ello y le castigaba muchísimo. No podía seguir con aquello, por lo que rompió los lazos comerciales con El Fantasma y Matías Mentor y se propuso, este año sí, empezar la carrera que siempre había querido estudiar y que su madre siempre quiso que estudiase. En verano había vendido mucho, y ahora se estaba dedicando a pulir todo ese dinero negro antes de iniciar su nueva vida. Llevaba todo septiembre viviendo en uno de los hoteles más caros de Sevilla, invitando a copas a todo cristo y llamando a chicas de compañía. Timoteo me estaba empezando a caer de maravilla –quizá por lo que nos hermanamos cuando nos bebemos unas cuantas copas- y sabía que estaba buscando un piso cerca de la facultad, así que le ofrecí ser nuestro compañero a cambio de saldar nuestra deuda. Ahora que lo pienso, quizá fue eso y el dejar de currar en Bar Paco lo que me empujaron a proponérselo, realmente aún no me caía tan espléndidamente bien.

-         -  ¿En serio? ¡Joder, eso es una gran idea, tío!– dijo encantadísimo.
-          -  Claro que sí, hermano. Será un placer compartir piso contigo.
-          -  Me parece un plan genial, en serio. Mañana mismo me pienso instalar.
-          -  Por cierto, has dejado de pasar definitivamente, ¿no?– saldar la deuda y dejar el curro no me parecieron beneficio suficiente, también quería droga gratis.
-          -  Sí, a gran escala sí. Pero quiero seguir vendiendo por el barrio, de forma mucho más relajada, para sacar algo de pasta. La semana pasada estuve hablando con Ronco. Está en Sevilla, sabe que soy bueno con las ventas y me dará hachís de El Algarve y marihuana de Albatros. Es imposible conseguir algo parecido por aquí.

Estaba deseando irme a casa. Pensar que vas a morir y prepararte para ello es mucho más agotador de lo que parece, pero a Timo no le importaba eso. Estaba demasiado entusiasmado con compartir piso con un colega después de vivir solo tanto tiempo, y aún estaba borracho y eufórico, así que cogimos el coche, llegamos a su hotel, empaquetamos todas sus cosas y nos fuimos de vuelta a casa. Exhausto y preguntándome por qué se habían ido sin decirnos nada esas chicas tan agradables me tiré en la cama aún vestido y me dejé morir –metafóricamente esta vez- sin perspectiva de despertar demasiado temprano.