lunes, 18 de noviembre de 2013

Crónicas diabólicas

12 de Octubre de 2076
Tras una vida entera vivida, mayor, cansado, y muy a disgusto con el mundo que le dejo a mi ningún descendiente, a uno le da por pensar. Piensa como nunca antes ha pensado, piensa con la totalidad de su capacidad, pues nada le queda ya que perder. Cada ciudadano libre es libre entre comillas, y desde los anales de la historia nadie ha gozado de libertad plena. Pero los poderosos, los gobernantes, no limitan nuestras posibilidades todo lo que ellos quisieran, pues es una tarea ardua que se les escapa de las manos siempre. Además, los que mandan no son más que personas, materia que alguien colocó para limitar todo ese potencial que una persona guarda en su interior. No recuerdo ya qué compañero me comentó que la unidad de medida más universal es la persona. Pues bien, se nos dota a cada uno cuando nacemos de un guardia civil interior que nos modera y nos matiza, que nos hace corregir nuestras palabras y retractarnos de lo hecho; que hace que en nuestras entretelas nazca y germine el arrepentimiento y la lamentación. No hay mejor manera de hacer las cosas que desde dentro. Cuando yo era joven existía un personaje cinematográfico llamado agente 007, que desapareció allá por 2020, porque honestamente esas películas eran pura basura y los guionistas no sabían ya qué inventarse. Pues este agentucho, cada vez que tenía que investigar cualquiera que fuese la cosa que le encargaban investigar, siempre se infiltraba en los adentros de las organizaciones que había de derrocar. Pues el poder también nos implanta un 007 dentro del pecho, dentro de la cabeza. Digo el poder y no los poderosos porque antes que un poderoso existe un poder, igual que para que existan cosas que huelen mal ha de existir por fuerza la pestilencia. El poder existe antes de que existan los poderosos. Pero todo poder necesita un sustento. Toda obediencia depende de una amenaza. Nadie actúa como desea actuar, sino que busca una combinación óptima entre el deseo y las represalias que podrían derivarse de esa acción. Es el miedo el que modera la vida. Por eso los viejos como yo podemos pensar con amplitud, porque no tenemos nada que perder y así la ausencia de miedo es obligada y evidente. Por desgracia, igual que se nos agota el miedo, se nos acaba la fuerza. Sin miedo a las consecuencias y con la seguridad de que me queda poco tiempo, cuento y narro esta historia que me contó un amigo una vez. El efecto que tiene el tiempo en la memoria y mis delirios de vejez, que durante la juventud fueron delirios de grandeza y hoy no son más que delirios, pueden ser artífices de algunos cambios en la historia, pero sé de forma certera que ocurrió.

Sigfrido, el hombre del que os voy a hablar, fue siempre un hombre despierto que quiso saber de todo y cualquier información era poca para él. Hombre curioso donde los hubiera, era también un señor cultivado que desde que leyó el Fausto de Goethe quedó profundamente obsesionado con el tema de la venta de almas a cambio de propósitos. Siempre se preguntaba por qué cosas sería capaz de cambiar su alma al diablo, e incluso escribió varias versiones de la obra, con finales alternativos y hasta adaptaciones contemporáneas.

Cuando allá por la década de los 40 se descubrió que el diablo existía, que siempre había existido, y que ni tiene rabo ni tridente, que cuando más se acerca a una llama es cuando enciende la chimenea y que el infierno no es más que un sotanillo en un barrio obrero, el demonio dejó de ser concebido como un ser de pesadilla y el mundo entero le perdió el miedo. Sigfrido, en concreto, se volvió loco y no dudó en visitarlo.

El diablo siempre existió. Nunca fue el mal encarnado ni un ángel descarriado ni nada de lo que la tradición cristiana decía que era. El diablo era un trabajador honrado que comerciaba con todas las posibilidades que tenían las vidas de todo el mundo a cambio de la suma de dinero requerida -lo del alma siempre fue un bulo-. El primer demonio nació carente de ese guardia civil interior y nunca dejó de practicar el ejercicio del pensamiento en toda su dimensión. Nada se le resistía y era capaz de todo. El primer miembro de la dinastía de los Diablo nació en el año 416, en la baja Edad Media. Desde que el primer clérigo supo de su existencia, se trató de adoctrinar al pueblo y convencerlo de su profunda maldad, y de marginar a Santiago Diablo -después apodado Satanás- de la vida en sociedad en un sótano de dimensiones claustrofóbicas en los suburbios de la ciudad. Desde entonces hasta 2040, la historia oficial de la familia Diablo es lo contado por la Iglesia católica. El descendiente de la dinastía que rulaba por los 40 se llamaba Gonzalo.

Sigfrido no deseaba ser ni deseaba tener, su obsesión era el saber, y Sigfrido quería conocer todo lo que nunca había sido, todo lo que nunca fue. Con 26 años, marchó de su ciudad natal para trabajar en un instituto nacional de investigación en la ciudad en la que en ese momento residía. La una distaba mucho de la otra, y tuvo que dejar a su pareja por el camino, pues no se veía capaz de estar juntos en la teoría y separados en la práctica. Las decisiones son fronteras entre la intención y el acto, y cuando Sigfrido tomó esta decisión, cruzó de frontera, cambió de país, cambió de compañía y de vida. Siempre quiso saber cómo hubiese sido su vida de haber tomado la dirección opuesta.

Una vez bajo el umbral de la puerta, tocó dos veces. No tenía muy claro qué procedimiento había de seguir en este caso, ni cómo tenía que dirigirse a él, cuántas veces llamar a la puerta, ¿tocar el timbre quizás?; o con qué voz hablar, qué registro usar, nada. Ante la ausencia de referencias, procedió exactamente igual que procedía cuando iba a por algo de hachís al barrio de los soportales amarillos. Gonzalo le abrió con una sonrisa en la cara, algo sorprendido, pues sabía que su dinastía acababa de dejar la clandestinidad hacía bien poco gracias a los trabajos de los nuevos teólogos de los 40. Se estrecharon la mano de una forma entre cordial y amigable, y pese a la cantidad de preguntas por formular que podrían tener ambos ante situaciones de esta envergadura, se va a lo que se va, los preámbulos se caen al suelo y se rompen.

- ¿Qué es lo que quieres? - poco parecía importarle a Diablo el nombre de su cliente.
- Verá usted - dijo Sigfrido esperando que Gonzalo le dijese que le tutease (no lo hizo) -, cuando vine a esta ciudad, dejé a mi pareja por la búsqueda de un trabajo que yo ansiaba, y querría saber qué hubiese pasado de haberme quedado allí.
- Entiendo. Pasa Sigfrido
- ¿Es que sabe usted mi nombre?
- ¿Esperas que conozca una versión alternativa de tu vida y no confías en que sepa tu maldito nombre? - Sigfrido, ruborizado y sintiéndose imbécil, se calló.
- Estate atento.

A día de hoy, "estate atento" fue la última frase venida de un humano que Sigfrido escuchó.

Lo que Gonzalo le mostró fue una especie de película representada por actores de clase B, una de esas comedias románticas de vidas perfectas, medidas al milímetro, de discusiones violentas que poco a poco tornan a la reconciliación, la reconciliación a la pasión y la pasión a un sexo lento, acompasado y melódico. Película de final predeciblemente feliz y de calidad más que dudosa. De esas historias que aunque nadie las querría para verlas, aunque nadie pagaría una entrada ni compraría unas palomitas para acomodarse en un cine a contemplarlas, son historias que todo el mundo querría para sí.

Dicen que la ignorancia es la base de la felicidad, y que la curiosidad mató al gato. Quizá el equilibrio sea la clave para una vida algo feliz y algo posible de sobrellevar, pero ¿acaso se puede mantener el equilibrio en el hilo de la vida cuando se vive a todo trapo?


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