lunes, 18 de marzo de 2013

Deshumanización

Aquella mañana desperté. No fue como todas las mañanas, no fue un despertar físico, sino un despertar moral, espiritual, intelectual.
Soñé que estaba en coma. Lo estaba sin saber realmente que lo estaba. El agobio y la congoja me hicieron levantarme y me pregunté en qué se diferenciaba el sueño de mi situación actual.

Salí a la calle. Todos parecían iguales, pero yo los veía distintos. Mi capacidad de juzgar había vuelto a su actividad normal y frecuente antes del letargo, facultad de la que yo solía hacer gala.
Caminaban rápido, sabiendo bien a dónde iban y a dónde volverían después. Como autómatas.
Esta película de terror, esta secuela de Hitchkock, este pueblo de robots, tenía que tener algún precedente del cual en los últimos meses no me hubiese dado cuenta.

Hacía ya un año que habíamos salido de la crisis. Los brotes verdes aparecieron, parece ser que la banca se saneó, la clase política recobró su prestigio y el déficit ya era historia.

La realidad es un cristal empañado sobre el cual tememos pasar la mano para enfrentarnos a nuestros males, a lo que de verdad acontece, y embriagarnos con todo ese vapor de pseudorrealidad, sin hacer frente a los contrastes que tras él se esconden, esperando.

La clase media dejó de existir, el estado del bienestar murió, como mueren los anónimos, sin ser atestiguado y sin que nadie llorase su pérdida. Nadie lloraba porque nadie sentía ya, como mucho, los sollozos se acumulaban entre un sentimiento global de pasividad e indiferencia.
Un país que no sentía ni padecía. La primacía del resurgir económico había ahogado, dotando de total irrelevancia, los sentimientos, la crítica, la reflexión, y lo más duro, el arte.
Una nación que ni escribe ni lee, porque no piensa.
El automatismo se había apoderado de los súbditos, capaces no mucho antes de analizar y de ser escépticos. El odio al creativo, al crítico, al reflexivo, cundió entre los feligreses de esta religión, este dogma que pretendía estrangular cualquier atisbo de humanidad, quizá sin mala intención, víctimas ellos también de la superioridad de los números, de las cifras, de las finanzas, del dinero. O quizá conscientes, a sabiendas de que sin detractores, el trabajo es un camino de rosas.

Los antiguos intelectuales, los que hacen despertar a la masa dormida, los que despiertan la razón, los Unamunos, los Sartres, los Rousseaus, habían desaparecido. O fueron atrapados por el automatismo, implantándose en su antes lúcida mente el chip del "borreguismo", o huyeron en un acto de resignación.

Esta reflexión la tracé mientras andaba unos escasos cien metros, en unos pocos minutos, cerciorándome yo mismo, pues a nadie más podía acudir, de que había recuperado mi dormida capacidad.

Seguí andando, observando al resto de víctimas, presas de las prisas, que compraban, que vendían, que comían, bebían y dormían. Pero no sentían.

Un amargo pesar me invadió, me recorrió la tráquea y me atravesó hasta las plantas de los pies. El saber que vivía en un sitio donde no se siente, ni se quiere sentir, y se castiga a quien lo hace, me provocó dolor, un dolor que trascendió del espiritual, un dolor físico, unas punzadas en el pecho y unos sudores fríos, que no había tenido antes por haber "estado en coma". No creía que fuese a soportar este suplicio mucho más.

Volví a casa derrotado, torturado por mis propios sentimientos. "Al menos siento", pensé. Pero ¿de qué sirve sentir en un mundo al que le pinchas y no grita, en el que el afecto, el amor y el cariño, habían sido sustituidos por el automatismo, la indiferencia y lo insulso? De muy poco. O de nada.

En mi pecho un cuchillo. En el suelo una nota. En ella, estas palabras:

"Sin humanidad, no hay humanos".

No esperaba que nadie lo viese, era tan solo la purga de mi conciencia.