domingo, 15 de diciembre de 2013

Morir para contarlo

Empiezo a tener algo de sueño. El vino, la comida y la hierba han hecho mella en mis ojos. También puedo ver los ojos de los demás. Ellos hablan, yo simplemente observo. Ríen mientras cuentan una historia que le pasó a Damián, una historia que todos presenciamos, que todos sabemos y que todos hemos contado. Nos encanta contarla. Cuando hay que contar algo siempre es Gabriel el que se erige como portavoz e incluso se levanta para darle algo de dramatismo a la historia. De Nauzet no se pueden contar cosas si está Belén delante. Es un neurótico cabrón. Siempre se enfada, y aunque no lo dice, interpreta que lo hacemos para dejarlo en ridículo delante de ella. Creo que la quiere. Creo que se quieren. No obstante Damián disfruta riéndose de él y de sus desgracias. Damián posee el humor más básico que jamás he visto. El umbral de exigencia humorística más bajo del planeta. Todo le resulta cómico, con todo disfruta, pero sin embargo su debilidad es la desgracia ajena. No le juzgamos por ello, no podría evitarlo aunque quisiera. Yo, mientras tanto, los observo, envuelto en mi propia burbuja, en una atmósfera que nos hemos encargado de crear esta noche, que es la misma que otras noches que también son atmósfera, que también son humo y que también son ojos rojos y carcajadas violentas. Me sorprendo a mí mismo sonriendo y pensando en cuánto había echado de menos este tipo de nimiedades. Cualquiera puede vernos desde fuera y no ver nada, pero nada puede ser juzgado desde fuera. No sabes cómo es algo hasta que no te ves envuelto en su atmósfera.

Minutos antes había pensado en irme ya a casa, pero, pese al mareo y al amodorramiento, las risas no cesan, la música de Gabri no deja de sonar y yo sigo disfrutando con la voz de Mónica. Habla poco, pero no me gusta perderme una sola palabra de lo que dice. Si hablase mucho quizá no me interesaría tanto todo lo que cuenta. Bah, sí, me quedo aquí. Por fin tengo unos días para disfrutar en la ciudad. Cuando acaben las vacaciones dejaré todo esto otra vez y tendré que volver a currar, y me iré de aquí, me iré del barrio, me volveré a ir lejos, y me voy y solo yo me doy cuenta de que me he ido, y todos siguen igual sin mí y soy yo el único que mira el teléfono a cada rato buscando una noticia de Damián o de Nauzet, o de cualquiera de los de la pandillita del banco. O imaginando una llamada perdida de Mónica, la cual yo respondo solo por escuchar su voz. Muchas mañanas amanezco con ese sueño entre sien y sien, pero todas las mañanas el teléfono está igual de vacío. Es una mierda. No les culpo, por supuesto. Ellos tienen sus vidas y lo que desde luego no van a hacer es preocuparse por su colega, ese chico errático al que nunca le importó estar fuera de casa. ¿Por qué iba a estar mal él en una ciudad como Barcelona? Pero voy a tratar de pensar en ello lo menos posible. Me tranquiliza que, como yo, los que esta noche me acompañan tampoco andan al ritmo que las expectativas creadas por sus amigos y familias les marcaron, sino que siguen un paso ciego sin más perro guía que la noche, la droga y el sexo. No siempre fuimos un grupito de gatos que quedaban un sábado por la noche para contarse penas nuevas y añoranzas antiguas a la luz del vino y perfumados por el hachís más duro que nunca ha llegado a nuestras manos. Hablamos como si fuésemos a morir mañana. Queremos regalarle mucho de nosotros al mundo, y no sabemos cómo dárselo. Nos sentimos arropados, sí, pero sabemos que es cuestión de tiempo que acabemos dejándonos solos como ya nos dejaron solos los demás. Poco a poco todos se van lejos. Dos o tres manzanas más allá, o quizás en otro barrio, pero en mundos diferentes. Saludas por la calle con un soso apretón de manos a aquél al que en otro tiempo hubieses abrazado, y con el que, con suerte, si alguno de los dos hubiera juntado dinero, habrías dejado el mundo aparte para ir a por unas birras. La vida funciona así. Dicen que se llama tiempo, dicen que se llama madurez, dicen muchas cosas todos. Estabilidad es como lo llaman aquellos que antes nos acompañaban en estas reuniones y ahora viven algo más cómodamente, con menos frío y con mucha menos peste a hierba y a desidia. No sé lo que es la estabilidad, pero me veo muy lejos de ella. Gastón ha tenido un hijo con Blanca. Estos dos eran dos habituales en la pandillita. Un chaval de familia humilde, adicto al juego y a las broncas, a las salidas y a las mujeres, al vicio y a lo ilegal, con una niña de papá tempranamente rebelada que se dedicó a hacer todo lo que papi le prohibió, todo lo cual se encarnaba en Gastón. Pues tienen un crío y va a colegio privado. Y nuestro colega El Petas se ha casado por la Iglesia. No hace falta que explique de qué pie cojeaba El Petas.

Las chicas se han ido casi todas. Esa necesidad de estabilidad las ha empujado irremediablemente fuera de nuestro radio. Solo Belén, Mónica, Rita y Malena siguen viniendo con nosotros. Y las veo a todas tristes. Son las que menos se ríen con los chistes de Paco, las que antes se van, las que más tarde vienen...

Como ya he dicho, trataré de pensar en ello lo menos posible. Es una noche genial y somos felices aún. No nos va mal del todo. Somos gente preparada, Damián es jefe de cocina en uno de los mejores restaurantes de Andalucía, Nauzet será uno de los más brillantes economistas del país, Jacinto publica semanalmente artículos que levantan ampollas en la red y está llamado a ser uno de los más importantes juristas de Europa...

Además, aún somos jóvenes y tenemos sueños. Uno muere cuando deja de tener sueños. Son las 5 y pico ya. Además, Mónica ya se va y Paco y Jacinto están planeando largarse también. Belén y Nauzet se marcharon hace media hora y Malena tiene que currar mañana pronto. Gabriel dice que se queda, supongo que intentará follarse a Rita. Y una vez más, lo de siempre. Damián y yo, sentados en el quicio del banco, echando vaho por la boca y con el último humeante entre nuestros dedos. Hablando de qué haremos mañana, de qué tenemos planeado hacer este próximo verano, de si pretendemos encontrar pareja. Mi plan de momento es ir a dormir a casa de mi padre. Hace tiempo que no lo veo y si mañana me levanto medianamente temprano podremos pasear por el río y charlar de literatura, necesito que me recomiende algún buen libro. Y seguramente me llevará a comer a alguno de esos sitios que solía llevarme. Mi padre es un tipo entrañable del que quiero disfrutar mientras pueda. Mañana será un gran día. Además he juntado algo de pasta para dejar a mi hermano, que la necesita para pagarse un máster en Sevilla. Y seguro que puedo ir a ver al hijo de Gastón y de Blanca. También tengo pensado llamar a Mónica. Quiero estar con ella. No sé si ella también quiere estabilidad, pero si estabilidad es no caerse, trataré de mantener el equilibrio. Me despido de Damián y me voy. Cojo mi moto. A mi edad me sigo transportando con esta tartana. Mis colegas la llaman la tostadora valiente. Abro el cofre. Tengo un doble fondo dentro en el que esconder todo aquello que la policía no debería ver. Siempre procuro no encontrarme con demasiados monos por el camino. Sé por dónde suelen ir, es como si los oliera. Paso frío y estoy cansado, pero dormiré muy bien esta noche. Estoy agotado, y este hachís nuevo que Paco ha traído desde Huelva hará el resto. Mañana será un día grandioso. Damián y yo iremos al parque con Javi, el hijo de Gastón. Al mismo parque que íbamos los tres de pequeños. Ya no hay casi jeringuillas. Después iremos a la bodega de Cristóbal. Además comeré con mi padre y sí, tengo que llamar a Moni.

Me ciega una luz. Casi me caigo y cuando recupero la vista, miro hacia atrás. Otras dos motos van con las largas puestas y van como si tuviesen prisa. Sigo conduciendo. Sigo conduciendo. Sigo conduciendo, pero está claro. Vienen a por mí. No sé qué he hecho. Mi vida está marcada por lo que dejo de hacer, y no por lo que hago. Pero sí, vienen a por mí. Es gente de mi edad, puede que más joven. No son los rumanos que suele haber por el barrio, a esos ya los conozco. Son españoles y gritan. Gritan un nombre que no es el mío. Se han confundido de persona. Llevan bates. No es a mí a quien buscan. Yo salí esta mañana con algunas ganas de morir, pero ahora quiero comerme el mundo. No sé si me van a dejar disfrutar de mis vacaciones, si se van a dar cuenta de que no me buscan a mí. Me han tirado de la moto y no me dejan explicarme. Solo golpean, golpean, golpean. No sé si podré llamar a Mónica. Creo que la quiero. Siempre temí ver morir a mi padre, pero por nada del mundo querría que mi padre me viese a mí muerto. Estoy ya al lado de su casa. Sin duda va a querer morirse cuando me vea con los sesos adornando la acera. Este día era distinto, pero no sabía que de este modo. Ellos se han confundido, pero me muero igualmente.