miércoles, 23 de enero de 2013

Estereotipos

Cada persona es un mundo. Comportamientos, opiniones, gustos, deseos, ansias, pensamientos, ambiciones... las hay de todos tipos. Nadie tiene algo igual que otro. Nadie es diferente, pues nadie es igual. No existiendo la igualdad no puede existir la diferencia, puesto que al desaparecer un concepto necesariamente desaparece su opuesto a carecer de sentido.
La gama cromática humana es infinita, llena de matices, no habiendo un mismo rojo ni un mismo azul. Es la diversidad la que mueve el mundo. La oposición de contrarios, que decía Heráclito, es lo que actúa como motor del género humano. Es esta, la convivencia de diferentes, la esencia de la naturaleza del ser.

Hasta aquí, todo parece irrebatible, y todo lector deberá estar de acuerdo con lo que acaba de revisar. Verdades irrefutables, que atienden a la lógica y la razón. Pondríamos la mano en el fuego por estas sentencias que bien podríamos decir conforman una ley universal.

Pero es entonces, es aquí, una vez asumido lo verdadero de estas palabras, cuando introduzco el conflicto.

"No hay ninguno igual que otro". Es lo que se puede resumir de lo anteriormente asimilado. Entonces, un concepto más o menos reciente irrumpe en todo este clima de diversidad humana, y hace tambalear todos estos argumentos, planteando el siguiente incómodo dilema racional; el estereotipo.

El estereotipo, en el contexto antropológico, es el modelo de persona, que física e intelectualmente, tiene dos funciones: regir y ser amado. Rige al igual en condición (por ejemplo, el estereotipo de hombre rige a los que son hombres) y es amado por el de condición opuesta (las mujeres si seguimos este ejemplo).
Con la evolución de los convencionalismos sociales aparece el estereotipo, que va cambiando en función de lo que en el contexto social del momento se considera más deseable. Pero va más allá.

El estereotipo es un gran arma. Sirve a quien lo quiera utilizar, no importa con qué menester (véase a los gobernantes, los diseñadores de moda o los medios de comunicación) para convertir a esos seres llenos de matices en ovejitas más para el rebaño, cuyos balidos son indiferenciables unos de otros.

Siendo regido por o amando un estereotipo, se pierde cualquier atisbo de originalidad o independencia, y se sucumbe a la más insustancial y aburrida de las igualdades.

Pero amigos, que esta necedad no nos haga dudar de la necesaria diversidad inherente a la especie humana.
La ley que expone que "todas las personas son diferentes" no ha muerto, no ha perdido un ápice de vigencia y sigue siendo la reina.

"¿Entonces? ¿Ahora qué? ¿Cómo se resuelve el terrible conflicto que nos plantea la aparición del estereotipo en este panorama?"

Pues lo dicho. La ley sigue vigente y no se debilita. Solamente hay que introducir al estereotipo en este teorema, como si introdujésemos una "y" en una ecuación con el fin de despejarla. Veamos:

Todas las personas son diferentes. Quien sigue los estereotipos no lo es. Ergo los susodichos no son personas.

Dicho está. La lógica y la razón hablan por sí solas, no necesitan más sustento que ellas mismas.
Si eres contrario a los estereotipos, tranquilo, no eres el antihéroe. Simplemente eres persona. Ódialos, sigue odiándolos, que no hay nada más bello que ser humano y que estar vivo.